viernes, 31 de diciembre de 2010

Aníbal García Arregui







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Bio-bibliografía
Aníbal García Arregui nace en Barcelona en 1982. Es licenciado en Psicología y Antropología y actualmente desarrolla una tesis doctoral en Antropología Amazónica y Antropología de la Tecnología.
Ha publicado diversos relatos en revistas universitarias y artículos científicos en el ámbito académico. Publicó su primera novela, Lora (Belaqva, La Otra Orilla), en 2008. Su segunda novela, Animal secreto, está aún inédita.

Poética
Trato de moverme entre el erotismo de los donuts y la prosa musical de Marcel Proust. Como nunca lo consigo, sólo puedo decir que mi poética es muy diferente a ambas cosas.


Texto


De moratones y agencias literarias: una historia casi real

Barcelona. Madrugada del 3 de enero de 2010. En el interior del metro acaba de terminar una pelea entre dos grupos de jóvenes. 
O quizá no haya terminado: ahora, otra vez, un tipo salta con el puño levantado y la furia de un lobo dibujada en el rostro. Fernando se vuelve hacia el hombre que tiene a su lado, y se compadece del golpe que éste va a recibir en una fracción de segundo. Eso te pasa por provocar cuando todo empezaba a calmarse, piensa Fernando, mientras siente una explosión opaca en las sienes y la luz del mundo que desaparece en la negrura y los gritos.
Por fin las chicas gritan por mí, se dice, antes de perder la conciencia.
Cuando abre uno de sus ojos, Fernando vuelve a escuchar gritos en el metro. Una morena de pelo rizado lo mira con cara de horror. Le limpia la sangre del rostro con un fular palestino. Primero piensa: vas a estropear tu pañuelo, nena, dame un beso y olvídate de la sangre. Pero algo le inhibe: ¿Por qué me mira con espanto? ¿Qué le pasa a mi cara? Finalmente, Fernando se da cuenta de lo sucedido: su ojo izquierdo estaba en la trayectoria del puñetazo. 
No sabe exactamente por qué estaba ahí. Fernando no es un ciudadano altruista. Fernando no es un héroe. Fernando nunca habría sido tan generoso como para interponer su ojo izquierdo entre un desconocido y el proyectil de nudillos de otro desconocido. Fernando es sólo alguien que está siempre en el lugar y el momento equivocados. Su mejor amigo dice que la mala suerte de coincidir en las coordenadas espaciotemporales de los sucesos más patéticos es, también, la causa de que Fernando sea escritor.

Una semana después, con el ojo aún morado, Fernando termina de corregir su segunda novela. No puede esperar. Quiere salir a la calle y buscar un representante. Le invade la engañosa ilusión de la obra recién terminada. Está seguro de su éxito. Le bastará imprimir dos veces su manuscrito para que dos agentes literarios se rindan a sus pies. Luego será él quien elija, piensa, mientras se calza una gorra y sale de casa. Ya en la calle se pregunta: ¿Será poco adecuado presentarme en una agencia con el ojo morado? No, la gente no le da importancia a estas cosas. Y además, el arte es el arte. 
Llama al interfono de la primera agencia. Cree que tienen una camarita. Responde una voz de mujer.
—¿Hola?
—Hola, traigo un manuscrito.
—Ah, lo siento. Es que sólo los recibimos por correo, no personalmente.
Ahora Fernando está seguro: tienen una camarita y no quieren dejarlo entrar por su ojo morado, porque les da miedo.
—Perdona, es que vengo desde los Pirineos especialmente para esto –miente, sólo ha tenido que coger el metro y caminar siete minutos.
Finalmente le abren. Arriba, en la cauta penumbra del pasillo, una chica muy agradable, pero asustada, le dice que tienen una habitación llena de manuscritos. Cuando dice que tardarán por lo menos cuatro meses en dar una respuesta y que casi siempre es negativa, le tiembla ligeramente la voz. A Fernando le tiembla ligeramente el alma, y las piernas.
—¿Merece la pena que os lo deje?
—La verdad, es un mal momento —dice la chica.

Veinte minutos más tarde y con sus dos manuscritos aún bajo el brazo, Fernando llama al interfono de la segunda agencia.
—¿Sí?
—Sí, hola, vengo desde los Pirineos a traer un manuscrito.
Fernando ha aprendido la lección anterior y prefiere mentir directamente. Aunque ahora su comentario le suena un tanto ridículo. Quizá demasiado épico. Por suerte la voz del interfono no se lo tiene en cuenta.
—Mmm, a ver, espera un momento.
Se cuelga el interfono. Fernando espera durante un minuto, quizá dos. Luego, sin  más, suena el timbre que desbloquea la puerta. Fernando entra contento, eufórico, y sube corriendo las escaleras. Cree que ya ha puesto un pie en la gloria.
La puerta de la agencia, sin embargo, está cerrada. Llama al timbre. No tenían camarita pero sí tienen mirilla. Una mirilla desde la que ver el ojo morado de un presunto escritor. Una chica bajita abre la puerta unos centímetros, sin  quitar la cadena de seguridad.
—¿Sí?
—Hola, creo que hemos hablado abajo. Soy el del manuscrito.
La chica no responde. Mira fijamente el ojo morado de Fernando. Él se quita la gorra. De pronto siente la urgencia de parecer lo más formal posible. Le gustaría llevar gafas redondas y un sombrero en la mano. Le gustaría oler a humo de pipa y perfume de caballero y dejar entrever Le monde diplomatique, en su versión francesa, doblado bajo el brazo. Debería haber pensado en disfrazarse antes de salir a buscar representante. Pero ahora ya es tarde para eso. Ahora debe enfrentarse a esa situación con su ojo morado, su gorra sucia en la mano y su aspecto indefinido, de estudiante de letras, que tanto podría ser un digno sucesor de William Faulkner como un psicópata analfabeto y acosador de agentes literarias. Debería haberlo pensado: para triunfar no se puede dejar ese margen de duda.
—Lo siento, ya no recibimos manuscritos.
La chica sigue mirándole con cierto terror en el rostro. Fernando se acerca un paso. Quiere preguntarle por qué. Pero la chica entorna aún más la puerta. Algunos sonidos de la agencia se cuelan por la finísima franja de luz que separa el mundo de los literariamente vivos del pasillo oscuro al que es relegado Fernando. El ojo de la pequeña agente, flotando en la franja de luz, sigue clavado en el ojo morado de Fernando. En un último pensamiento desesperado, Fernando se pregunta si su manuscrito cabría por el minúsculo espacio de la puerta entornada. Pero no, ni siquiera una novela corta cabría por ahí. 
Cuando sale a la calle, cae un intenso aguacero. 
Mientras regresa a casa con sus dos manuscritos bajo el brazo y empapándose de lluvia, Fernando se pregunta si el error ha sido buscar representante con el ojo aún morado. En el fondo todo depende de pequeños detalles, de salir el sábado por la noche, de estar tan cerca de un puñetazo en esa fracción de segundo. O quizá no. Tal vez el problema es del tipo básico, general: hay demasiados escritores y la equivocación es buscar el éxito en un mundo tan competitivo, superpoblado de artistas que venden barata su inteligencia. En todo caso, ¿de qué le sirve haber escrito esa novela?
Fernando se detiene. Una chica que sostiene un paraguas observa el charco que rodea la esquina. Parece atrapada. Analiza las posibilidades de sortear el charco sin mojarse las zapatillas. Tiene el mismo pelo rizado y moreno que la chica que le asistió tras el puñetazo en el metro. Fernando pasa por su lado, sin mirarla. Hunde los pies en el charco. Coloca uno de los manuscritos en el suelo. Apenas sobresalen del agua las últimas diez páginas. Un poco más allá, coloca el segundo manuscrito. También se hunde y sólo asoma la contracubierta de plástico negro y unas pocas páginas. Luego se acerca a la chica y le tiende la mano. Ella sonríe,  pisa un manuscrito y luego el otro. Pasa el charco sin mojarse. Fernando siente que ha escrito la novela más útil del mundo. Por primera vez ha sabido medir las palabras, encerrar su pensamiento en un número perfecto de páginas.
—¿Qué te ha pasado en el ojo? –pregunta la chica.
—Ah, ¿esto? No es nada. Es que dos agentes literarios se pelearon por mi última novela y traté de separarlos.
—Vaya, debes ser muy bueno.
A Fernando le tiemblan las piernas. Siente la plenitud del escritor: por primera vez toman en serio sus mentiras.



1 comentario:

Fernando Martínez dijo...

Me ha gustado. Aunque lo de ir directamente, a puerta fría, a buscar agente literario sea algo inverosímil, la situación está dibujada tal y como podría haber pasado. ¿Es autobiográfica? En definitiva, corren malos tiempos para los soñadores, sobre todo para los que buscan compartir sus sueños con otros muchos.
Un saludo.

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