miércoles, 16 de junio de 2010

Esteban Gutiérrez Gómez



Mencionado:
Vicente Muñoz Álvarez
Carlos Manzano
Angel Muñoz “Voltios”
Andrés Ramón Pérez Blanco "El Kebran"
Adriana Bañares Camacho

Menciona a:
Oscar Esquivias
Jon Bilbao
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Vicente Muñoz Álvarez
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Mario Crespo
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Juan Jacinto Muñoz Rengel
Miguel Ángel Cáliz
Jesús Ortega
Juan Bonilla 

También le gusta leer a:
Cortázar, Ignacio Aldecoa, Quim Monzó, Faulkner, John Irving, Carver, Cheever, Hemingway, Chejov, Juan Marsé, José María Merino, Julio Llamazares, Manuel Rivas, Delibes, Rafael Chirbes, Cervantes

Bio-bibliografía 
“Nací en Madrid en 1963. Bacø, mi dúplice y alter ego, nació 17 años después a los controles de Radio Juventud de Madrid y en garitos en los que se gestaban los grupos de rock & roll. Yo siempre soñé ser una estrella del rock. Siempre andaba imaginándome bañado de luz sobre un escenario, haciendo tronar la guitarra de Angus Young. Eso es lo que yo quería ser: un bala perdida, un canto rodado, un vividor. No sé cuándo ni cómo se me quitó la idea de la cabeza, sólo sé que acabé tragado por la literatura y aparecí en éste otro mundo. Dejé atrás los años de radio y los antros aquellos que se llamaban pomposamente a sí mismos locales de ensayo, y me convertí en un onanista del libro, un bebedor solitario, un mentiroso compulsivo. Me convertí en otro creador de ficciones. Aquél mundo corpóreo no era el mío, y escogí mi propio destino. Elegí fracasar. Me declaro cuentista.” 

Esteban Gutiérrez Gómez (n. Madrid; 1963) es un escritor español. Imparte talleres de creación literaria especializados en narrativa breve (cuento, relato y microrrelato), es asesor literario de la Revista Al Otro Lado del Espejo, dedicada en exclusiva a la narrativa breve e impulsor del Manifiesto por el cuento. Su blog El laberinto de Noé está dedicado al mundo de la narración breve.
Bacovicious,  es el blog personal del autor.

Publicaciones:
El laberinto de Noé (La Tierra Hoy, 2008)
El colibrí blanco (EH. Editores, 2009).


Poética

CUENTISTAS

Los jóvenes cuentistas toman cerveza. Se sienten a gusto acariciando los asientos de terciopelo rojo del café Gijón. De vez en cuando, una explosión de carcajadas rompe el ambiente de apacible tranquilidad que reina en el lugar.
Los jóvenes cuentistas están contentos, satisfechos de cómo les van las cosas. Están allí, en el templo literario de Madrid, para celebrar que tres de ellos han sido seleccionados para el premio Setenil al mejor libro de relatos publicado este año.
Los jóvenes cuentistas no imaginaban que llegaría tan pronto esta oportunidad. Todos ellos proceden de escuelas de creación literaria. Son muchas las escuelas y talleres que ahora se dedican a desarrollar el arte de decir las cosas bien dichas. Ellos coincidieron en alguna, pero ese no es el motivo que les une: se conocieron en foros y por sus blogs de Internet y decidieron que ellos eran el futuro.
Los jóvenes cuentistas tienen algo que decir. Siguen modelos estructurados en clases que fijan el modo de crear intensidad y tensión en el relato, saben que contar un cuento es saber esconder un secreto, que el cuento sobra todo lo accesorio y que lo escrito debe dirigirse al lector sin desviarse de su objetivo de sorprenderle. A eso lo llaman minimalismo. Pero también saben que lo importante es el fondo y todo lo anterior es suprimible si la trama del relato lo precisa. A eso lo llaman efectivismo.
Los jóvenes cuentistas charlan de aquellos principios y se felicitan porque en verdad nunca supusieron que el éxito llegara tan pronto. Se les oye hablar, cuando elevan el tono de voz, para solicitar la atención de los demás sobre tal o cual autor.
Los jóvenes cuentistas discrepan sobre sus influencias, pero convergen en determinar la importancia de Carver, Cheever y el resto de representantes del realismo sucio norteamericano sobre su producción literaria. Se felicitan de haber tendido la oportunidad de leerlos y los califican, sin ningún género de duda, de modelos a  seguir.
Los jóvenes cuentistas, tras una carcajada estruendosa, manifiestan la muerte de Cortázar y sus ensoñaciones, la necesidad de acabar con toda la saga iberoamericana que hizo del relato breve un género menor. Y sólo por un hecho. Lo importante es la realidad y no hay realidad fuera de la realidad –quizás eso lo dijo Carver–.

El viejo cuentista, que ha estado escuchando involuntariamente todas estas conversaciones, levanta la mirada del libro que intentaba disfrutar, y niega con al cabeza algo que sólo él parece saber.
El viejo cuentista ya había renegado antes ante muchas de las afirmaciones que sus jóvenes colegas afirmaban sin dar un resquicio a la duda, pero lo de la muerte no, es demasiado: no ve la necesidad de repudiar a los maestros para intentar superarlos, y mucho menos matarlos.
El viejo cuentista coge la enorme cartera de cuero despellejado que tiene junto a él, mete el libro de relatos que estaba intentando leer y se levanta del asiento aterciopelado con la intención de abandonar el Café Gijón. En ese mismo momento, otra explosión de carcajadas le hace volver la mirada hacia aquel rincón. Los ve tan satisfechos, sentados tan anchos, con los brazos abarcando el respaldo de los asientos y las sonrisas tan a flor de piel; los ve tan pagados de sí mismos; los ve tan perdidos, que decide cambiar de opinión. Camina con su cartera de cuero despellejado colgando de la mano izquierda, casi a ras del suelo, a paso lento, pero seguro, recordando aquella teoría de los lectores macho y los lectores hembra, preguntándose si no habrá también escritores macho y escritores hembra (no tiene ninguna duda al respecto, pero le cuesta reconocerlo).

Los jóvenes cuentistas ven acercarse a un viejo muy alto y de aspecto cansino, barba blanca respetable y ojos calmosos de aguamarina. Dejan por un momento su distendimiento cuando éste se para frente a ellos y pregunta si se puede sentar. Los jóvenes se miran y cruzan sonrisas y, a pesar de que el rostro denota que no es bienvenido, uno de ellos ofrece con la mano, flácida y extendida, un sitio donde sentarse, en un extremo de aquel inmenso sofá corrido de terciopelo rojo.
El viejo cuentista ha apreciado la incomodidad de sus jóvenes colegas, pero está decidido a poner luz en su camino y les observa con detenimiento, negando con la cabeza el ofrecimiento forzado de un café, quedándose prendido de la tersura y el brillo de aquellas caras sin arrugas, de la fruición con la que fuman el tabaco rubio y la mucha rapidez de sus movimientos nerviosos. Tan sólo uno de ellos, una chica de pelo negro y estrechas gafas de pasta blanca, con cara pequeña y ojos vivos, parece observarle como él los observa a ellos.
Los jóvenes cuentistas no reconocen al viejo. Este no se asombra, hace años de todo aquello y, por entonces, el cuento era algo secundario, un paso previo y obligado para pasar a la novela. Por entonces, parece recordar, dedicarse a escribir sólo relatos era algo destinado al anonimato, valorable si acaso, como los cuadros de los grandes maestros impresionistas, algunas generaciones después.

El viejo cuentista se presenta y comenta que no ha podido dejar de escuchar los comentarios, que se alegra como ellos de su futuro éxito, y que él también escribe cuentos. No sólo eso, que los cuentos son su vida.
Los jóvenes cuentistas cruzan miradas y sonrisas de nuevo, alguno se atreve a repasar con mirada inquisitiva su aspecto un tanto desaliñado, incluso a forzar un gesto de hastío. Sólo ella, la morena de ojos vivos y gafas estrechas de pasta blanca, le pregunta de nuevo su nombre y, después, como si el nombre no volviese a decirle nada, le pregunta si ha llegado a publicar algún libro.
El viejo cuentista les habla entonces de aquella época en la que los cuentos se publicaban por semanas en los periódicos, y se cobraba por cuento cedido al editor, de cuando se organizaban noches de filandones en las tabernas más cutres de Madrid y las tertulias duraban varios días –los que duraba el dinero de ese cuento publicado– para desgajar un relato. Les dice que nunca perseguían el éxito, sino el disfrute de su escritura y de la lectura por los demás. Les narra alguna experiencia en juegos florales, y les habla de su amigo Aldecoa, al que ellos parecen reconocer, tan sólo de oídas, por ser marido de una escritora famosa.
El viejo cuentista sigue nombrando cuentistas y, a propósito de Aldecoa, les informa que es un referente del cuento del siglo veinte en España, por su carga social y sus descripciones cinematográficas, y que, de haber nacido en otro país y más exactamente en Norteamérica, hoy estaría considerado al mismo nivel que su admirado Carver.

Los jóvenes cuentistas no dan crédito a lo que oyen. Reniegan con la cabeza, algo cohibidos, preguntándose si merece o no la pena un debate al respecto. Uno de ellos, al parecer por su desparramamiento sobre el sofá, el más ufano, pronuncia con voz altisonante que no admite contestación, que Carver es un Dios.
El viejo cuentista, que admiraba a Carver en su época, hace decenas de años, reconoce que lo es, pero que no es el único. Y deja caer sobre el cristal esmerilado de la mesa la sospecha confirmada de que casi todos sus cuentos fueron manipulados por su editor, dotándolos de esa desazón que los caracteriza. Dice, además, que se corresponde con aquella época norteamericana en la que los perdedores se convierten en héroes tan sólo por vivir día a día, y que eran muchos los que quedaban fuera de la sociedad de consumo y, por tanto, no existían. Y recalca, el viejo cuentista, que de eso hace muchos años y, ahora, todos somos perdedores.
Los jóvenes cuentistas lanzan nombres sobre la misma mesa de cristal con afán vengativo: Cheever, Hemingway, Fante, Bukowski, Barthelme. Hablan atropellándose unos a otros de aquéllas técnicas minimalistas y de teorías como la del iceberg, y de la necesidad de importar esos patrones de escritura por los que camina ahora aquí el cuento moderno.

El viejo cuentista asiente, conforme, y busca en la cartera un pitillo de tabaco negro. Pide permiso con la mirada en el mismo momento de encenderlo, se hace un cenicero provisional con una cuartilla de papel que saca de su bolso y dice, exhalando una gran voluta de humo por la nariz, que todo eso es historia, que deja su poso pero que, centrándose en el cuento norteamericano, ahora se escribe desde el desarraigo familiar que se da en la mayoría de los hogares, desde la sensación contrapuesta de ser dueños del mundo y tener temor por el recuerdo de los  atentados del 11 de septiembre, que ahora hay mucha más libertad para criticar toda aquella deshumanización, y que aunque se escriba desde ese conglomerado de sentimientos, el cuento sigue siendo algo que intenta cambiar la mente del lector. Deja caer, con mucha más suavidad, sobre la mesa nombres clásicos como Don de Lillo y Easton Ellis, y más cercanamente jóvenes consagrados como David Foster Wallace o Dave Eggers o promesas como Brady Udall, Gish Jen, John Fulton o Jhumpa Labari. También se pregunta, para finalizar, si no tendremos nosotros a día de hoy, en España, conforme están las cosas, motivos suficientes para intentar transformar con un cuento la sociedad que nos rodea, más o menos igual que la norteamericana, sin necesidad de invocar Dioses extraños. Y la pregunta golpea el cristal esférico de la mesita, tintineando en todos los oídos.

Los jóvenes cuentistas, en una cascada atropellada, nombran a  y a  y a  y a , y por supuesto que conocen la generación del desarraigo y los posmodernos, y claro que la sociedad no es la misma de entonces y por supuesto que aquí las cosas son parecidas y sí que la crisis del petróleo y sí que se desinfla la burbuja inmobiliaria, y el amor al consumo y que no se ahorra nada y el que pueda coche nuevo y la vivienda que ninguno tenemos y el nuevo concepto de familia y todo se convierte en una tormenta de ideas de las que parecen alimentarse los ojos brillantes e inquietos de la joven mujer morena de gafas blancas que vuelve a preguntarle su nombre y no, no le suena de nada.

El viejo cuentista se levanta, coge la cartera de piel despellejada y se despide con un alzacejas a modo de saludo, sin querer saber los nombres de los allí reunidos. Sin efusiones y despacio, con paso lento pero seguro va alejándose de allí, su cartera llena libros a juzgar colgando de su mano izquierda, casi a ras del suelo, y tan sólo vuelve la cabeza para decir que nunca, nunca, vuelvan a decir que Cortázar está muerto.

(Relato perteneciente al libro inédito “La esfera”)



Textos

Aquel lapicero de Cinzano

Las noches son interminables y ya no se revuelve en la cama como antes. Está quieta, boca arriba, con los párpados apretados a la espera de que los cubra de oro la luz. No quiere dormir. Prefiere pensar, ocupar la mente con el zumbido de las moscas en la cocina, con los ladridos lejanos en el páramo, contando los descorches del yeso de la fachada que caen al suelo –frutos vencidos por la helada-, como la muda vieja de las serpientes. Pero el sueño vuelve y, otra vez, la ve correr por el sendero del río, camino de casa. Entonces, despliega las pestañas como para despertarse, pero la luz no ha llegado. No es que no quiera soñarlo, es que sabe que nunca podrá dar una explicación. Ella lo sabe. Está resignada desde hace mucho. Ella sí, pero la otra, la niña que la habita mientras duerme, no. Noche tras noche, durante más de ochenta años, demandando una respuesta. Como una mortaja, el silencio profundo en el que despunta redentor el rumor de la nevera, vacía y vieja como ella, le hace estremecerse. Son las peores horas, justo antes del amanecer. Las más solitarias y crueles del día. Cierra de nuevo los párpados con fuerza hasta que llegue la hora de poder sentir el calor sobre la piel. Y la niña vuelve con su sonrisa desdentada y su voz de terciopelo, y le guiña un ojo precioso color caramelo para que la siga. Es ella. Ella misma. Se reconoce de nuevo, hace mucho tiempo, antes de aquello. Pide explicaciones, la acusa de hurtar su felicidad. Siempre ahí dentro, siempre igual, al intentar dormir. Ella, la misma. Justo antes, justo la noche antes. ¿Por qué? ¿Qué quieres de mí? No, ya no es posible; las cosas del pasado no se pueden cambiar. Ya me gustaría a mí poder hacerlo, o poder olvidarlo. Y, mientras tanto, la orina caliente sobre sus muslos, resbalando por el plástico del cobertor. Como antes de aquello, como hace años. Nunca nadie lo supo. Entonces nunca. Se levantaba y cambiaba las sábanas, las enjuagaba en la frialdad del agua del pilón y tiraba la paja mojada en el suelo del granero; luego volvía con haces nuevos y brillantes a confeccionar el colchón. Antes de aquello, cuando la vida era diferente, cuando existían los colores. La niña le guiña un ojo y se ríe buscando la complicidad en la travesura de la orina. Al instante, como descendiendo de un vuelo, se ve en el colegio, levitando desde el techo, observando como la niña mira fijamente a Magdalena. Fue a ella a la que quitó el lapicero de colores, su tesoro, aquel regalo que alguien le hizo, la mina arco iris y el grabado de Cinzano. Fuiste tú, le dice Magdalena a la niña, tú. Y, enfurecida, araña su cara con odio una vez más, y le saca los ojos con dos pinturas de madera. Ya no se ríe, la niña de pelo azafrán que tenía vitrales de caramelo, que es ella, ya no se ríe. De repente el calor, la débil luz que reconforta, los párpados acariciados. Y ahora le da miedo no poder mirar. El trino de los pájaros y el despertar del gallo León, le confirman que todo ha pasado. Ya pronto vendrán a rescatarla del tormento. Ya oye la llave que descorre el cerrojo del portal, el cacharrear en la cocina, los pasos suaves de zapatillas venciendo el entarimado del corredor. Con los párpados cerrados, calientes, pero cerrados, escucha recriminaciones cariñosas de voces familiares. Entonces sí, entonces se despide de la niña hasta más tarde, no sabe porqué cogió el lapicero, no sabía el drama que iba a ocasionar un simple lapicero tornasolado de Cinzano, y deja que la levanten de la cama, que la laven y cambien el cobertor de plástico, y deja que curen sus heridas de la cara, sin hacer caso a las advertencias de noches futuras encadenada a una cama del sanatorio, y deja que besen las cuencas vacías de sus ojos.

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