martes, 18 de mayo de 2010

José Manuel Vara



Mencionado por:
Adriana Bañares Camacho

Menciona a:
Adriana Bañares Camacho
Alfonso “Xen” Rabanal.
Vicente Muñoz Álvarez
Javier Corcobado
Paula Grau
Ángel Muñoz “Voltios” 

También le gusta leer a:
Bukowski, Burroughs, Lydia Lunch, Nick Cave, Ballard. 

Bio-bibliografía
En los años 90 creé el fanzine “Atrocity Exhibition”, que tuvo su paralelismo en la radio dentro del programa “Black Mass”, de Carlos Gutierrez en el año 96-97. Después la pequeña editorial  underground “Neurótika Books”. Lo compaginaba con la realización de cortometrajes (Festival de Sitges, Filmets, Arte y caos de México, Cotxeres de Sants…) y la colaboración literaria en diferentes fanzines de todo el país. Eran los “buenos tiempos”.
En la actualidad sobrevivo en el mundo de la construcción y sigo con mi “fanzine” en Internet. Desde el año 2007 organizo la Muestra de Video Independiente de Badalona (Pomarderground Fest) y desde este año el proyecto Óptica Orgánica. Sigo realizando cortos y videoclips e intentando sacar  adelante a mis dos hijos.
Bibliografía:
RESACA/HANK OVER: UN HOMENAJE A CHARLES BUKOWSKI
de VV.AA. CABALLO DE TROYA
Prólogo a LA SOLEDAD DEL CAFÉ, de Adriana Bañares Camacho.
Ediciones Emilianenses.

Links:
http://www.myspace.com/neurotikasubfilms
http://atrocityexhibitionfanzine.blogspot.com/
http://www.myspace.com/pomarderground
http://www.youtube.com/user/varaneurotika

Poética
 “Vara escribe desde dentro, desde lo más oculto en su ser, y en el ser humano en sí porque de hecho es esa decadencia, esa decadencia que tratamos de ocultar para parecer racionales, lo que en verdad nos hace humanos y de lo que está hecha la sangre: esa rabia contenida por la obscena obsesión de lo políticamente correcto hacia la violencia y el sexo más perverso, que tan oculto ha quedado en nosotros que a veces sólo es posible vomitar a través de la palabra, el ritmo y el alcohol (que se lo digan a Bukowski …)
La rabia, en ocasiones más romántica que un puto ramo de rosas, a veces tan desgarradora como el humo de un cigarro estando de resaca, nos la muestra Vara en sus escritos de un modo penetrante, (e incluso atormentado, diría yo…) que sin duda no dejará indiferente a nadie.
Porque nos muestra tal y como somos, cómo somos y qué realmente queremos ser aunque duela… aunque duela admitir lo que somos y qué es lo que marca el ritmo de nuestras arterias. Él lo deja ahí, puesto ante nuestros ojos en hojas de papel, tan puro como las ostias de la primera comunión… palabras capaces de revolvernos las tripas y el alma hasta ensuciarla de nuestros más bajos instintos y sentir, como nunca hemos sentido, la llamada de la naturaleza hasta querer vivir la vida hasta las últimas consecuencias, porque lo que siempre hemos querido desde que nacemos, es vivir eternamente, y las únicas vías que nos hacen tener contacto con la permanencia son el sexo y la propia muerte. Y José Manuel Vara nos pone frente a ella de una manera brutal, nos enfrenta a nuestras propias tensiones pulsionales, dejándolas al descubierto. Nos permite  regresar  al estado salvaje, animal… y verdaderamente monstruoso. Y a mí, y seguro que a ti también, ese estado… me encanta.”
                                                                Adriana Bañares Camacho


Textos

El insomnio de Chica Tormento

    Chica Tormento entró en el lavabo iluminado con velas y cogió una de las muchas cajas de tinte rojo. Hoy le apetecía. Tapó el lavabo con el tapón y echó agua de una de las botellas apiladas al lado de la bañera. Sabía que eran necesarias para beber, para subsistir, pero pensó que hoy era el día. Abrió la caja, vertió el líquido en el agua y cogió la brocha. Se la fue pasando por el cabello de forma metódica. Tenía tiempo. Hoy, como tantas otras noches, tampoco podía dormir. Mientras se teñía el pelo miró de reojo la ventana del cuarto de baño, escrupulosamente cubierta de cinta americana.
    Chico Superviviente se despertó de su sueño. Había sido un sueño inquieto, poblado de monstruos. Como sucedía en la realidad, en el mundo que les había tocado vivir. Vivir después de la bomba. Sobrevivir.
     Se incorporó del colchón donde dormía empapado en sudor. El típico sudor frío causado por el miedo. Un miedo que ya formaba parte de su personalidad, como una segunda piel. Miró hacia el pasillo. Vió a chica Tormento al fondo, saliendo del wáter. Vestía tanga negro y se acababa de teñir el pelo de rojo. Hoy era uno de esos días. Avanzó hacia él como siempre, como si flotara. Le gustaba su manera de caminar, tan sutil, tan extraña, como andaría un fantasma.
     Chica Tormento vió a chico Superviviente mirándola. Recordó el día que entró en su vida. Cuando salió a buscar provisiones en la tormenta. La tormenta los protegía de las bestias. Eso lo había aprendido hace ya mucho tiempo. A las bestias no les gustaban los rayos ni el agua enfurecida con ese ligero toque de ácido. Lo encontró en un viejo centro comercial, agazapado en la oscuridad, con los cabellos completamente blancos. Le tendió la mano y se lo llevó a casa, al igual que su mochila llena de cajas de tinte rojo. En ocasiones, no había suerte con la comida.
     Ninguno de los dos sabía de donde habían salido las bestias.
     Ninguno recordaba de dónde procedían ni quiénes habían sido antes de la bomba. No quedaban fotos. No quedaban recuerdos. Sólo existían las bestias, los sueños angustiosos de chico Superviviente y el insomnio de chica Tormento.
     Chico Superviviente la miró mientras se acercaba al colchón y cogía algo de ropa de debajo de la almohada. De fondo, pudo escuchar la lluvia.
      -¿Vas a salir?- le preguntó bajo el manto de canas de su pelo.
     -¿Tú que crees?.
     -¿Sigues sin poder dormir?.
     Ella se rió. Aunque fue una carcajada hueca. Como a desgana.
     -¿Sabes?. Creo que lo que me pasa es que no quiero dormir. Ya perdí la fe en los sueños. Tú deberías hacer lo mismo.
     -¿No quieres que follemos antes de irte?.
     Chica Tormento lo miró. Le gustaba follar con él. Pero, hoy no le apetecía. Hoy era uno de esos días. No le contestó. Se vistió con prisa. Cogió una vela y fue a otra habitación. Se puso sus botas y cogió uno de los fusiles. Y su mochila. Se la puso a la espalda y se encaminó hacia la puerta de salida pasando a través de ventanas condenadas con cinta americana para no dejar filtrar la luz, para impedir que las bestias del exterior pudieran descubrirles. Abrió la puerta sin mirar atrás, sin mirar a chico Superviviente. Sabía que si lo miraba éste intentaría convencerle con su miedo para que no saliera, y no podía consentirlo. Necesitaba más tinte rojo. Hoy era uno de esos días.
     Chico Superviviente la miró cuando cerraba la puerta tras ella. Cogió una almohada y la apretó contra su pecho, mientras miraba como ardían las velas que iluminaban la casa. Su guarida. Escuchó con atención y deseó con todas sus fuerzas que no dejara de llover, porque si cesaba de llover las bestias volverían a salir. Y no quería tener insomnio. Como chica Tormento.

fin


Rojo pesadilla 
(extracto)

   (…)
   Rojo.
   No. Es blanco. Habitación de hospital.
   Batas blancas volando a mi alrededor. Por todas partes. Sonrisas. Una voz amable de hombre. Mi médico. Me confirma mis más terribles temores. Es decir, me da el alta. Y me aconseja que aproveche mi tiempo y que no cometa más tonterías. Asiento con la cabeza. No le estoy haciendo el menor caso. Después de eso, se va. Desaparece como si nunca hubiera existido. Entonces, me quedo solo. Solo, a excepción del miedo que comienza a brotar desde lo más hondo de mis entrañas. Y todo a causa de ella. De ella y la habitación roja.
   De repente, dejo de escuchar los sonidos. Escucho nada.
   Voy hacia la ventana y miro hacia abajo. Hacia la calle. Disfruto con la atracción que me produce el abismo que se muestra poderosamente seductor ante mí. Vértigo. Abro la ventana. Con tranquilidad. Sin prisas. Sin nervios. Siento que tengo todo bajo control. Absolutamente todo. Miro hacia abajo. Cuando consigo reaccionar, me descubro cayendo. Cayendo. En el vacío. Hacia la calle. La huída de la habitación roja. La huída definitiva. Finalmente, me estrello contra una superficie no demasiado dura, aunque lo suficiente como para que mi cabeza estalle por dentro.
   Rojo. Rojo muerte. Ese es el color del techo del coche sobre el que me estoy desangrando. Hasta la consumición del último hálito de vida. Del último suspiro.
   Frenazo. Salgo despedido en un dramático vuelo final.
   Mi alma, si es que alguna vez la tuve, escapa de mi cuerpo, de tal manera que puedo verme tirado allá abajo, sobre un asfalto increíblemente gris oscuro. Gris caótico.
   Entonces, dejo de ver. De percibir con claridad. De lo único que soy consciente es de la oscuridad que comienza a engullirme con voracidad animal.
   Negrura.
   Es como si me precipitara en el interior del agujero de su culo. El culo de ella.
   Es mi último pensamiento.
   Luego, muero.
   Muero. Concluyo. Y esta vez es algo irreversible.

   (…)