martes, 4 de mayo de 2010

Adriana Bañares Camacho



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También le gusta leer a:
Roberto Bolaño, David Foster Wallace, Chuck Palahniuk, Lydia Lunch, Julio Cortázar, Anaïs Nin… 

Bio-bibliografía
Adriana Bañares Camacho (Logroño, 1988)
Actualmente está  cursando la licenciatura de Filosofía en la Universidad de Valladolid. Desde 2007 forma parte del colectivo literario COLMO y edita, junto a Patricia Maestro, la publicación independiente La Fanzine.
Ha publicado poemas y relatos en diversas revistas, tanto  impresas (Gárgola Vacas, Valladolid; Fábula, Logroño; Fedra, México…) como digitales (Hebe Magazine, Poe+, Groenlandia…), en fanzines (Degeneración Espontánea, Bazar Trémulo, Elefante Rosa…), en el diario digital chileno El Rancahuaso  y en  la antología de microrrelatos Microrrelatos /09 Bardeblás, (Burgos, 2009).
Tiene una novela publicada: La Soledad del Café (Ediciones Emilianenses, 2005).
Blog personal: http://awixumayita.blogspot.com
Blog de La Fanzine: http://lafanzine.blogspot.com

Poética
















Textos

Moscas y veneno
Apuesto lo que quieras a que antes tampoco sabían que éramos parte del vecindario, porque mi padre siempre se encargó de no mantener relación con los demás: a no ser que fuera para discutir, no hablaba con nadie.

Pero aquella tarde hacía muchísimo calor, un calor pegajoso, y nuestros cuerpos olían a sudor rancio, no a sudor sexual, no a sudor nervioso. Era un sudor denso, salado y corrosivo, casi venenoso.

Así que le echamos morro al asunto y nos fuimos al antiguo vecindario, porque allí sí teníamos piscina, y no en este nuevo barrio, tan limpio aún y tan caro que parece artificial. Cuando nos trasladamos nos pareció una idea estupenda, pero al cabo de unos meses ya dejaron de gustarnos las fuentes de aguas cristalinas, los coches brillantes y el asfalto casi impoluto, el parque de hierbín homogéneo. Y tan lejos del centro. Era como vivir una vida que no era la nuestra, como estar dentro de una mentira de Pin y Pon.

Volvimos a ser parte de la realidad, de la más sucia, entre aquellas personas imperfectas, podridas, y sus blancuzcas y mórbidas barrigas de amas de casa y obreros de construcción, tirados al sol como si éste les pudiera dar el ansiado pasaporte a la exquisitez.

Nosotros ya lo teníamos. Nosotros: yo con mi juventud y mi belleza; tú con tu madurez y tu experiencia.
Y semidesnuda, con mi desconcertante finura, y mirándote con una media sonrisa, me metí en el agua con el resto de los niños. Porque, sorprendentemente, desde el momento en que llegamos, me sentí menguar. Poco a poco fui sintiendo cómo me iba haciendo más joven hasta ser vergonzosamente púber. Y tú seguiste mirándome de la misma manera.

El agua, verde y densa, como nuestro sudor, repleta de moscas negras y gordas, muertas.
Y no sentí ningún asco. Qué asco iba a sentir si siempre me he sentido cómoda en la mugre de nuestros actos, que sobrepasaban con creces la densidad inmunda de aquella piscina.

Mis pechos de niña manchados por multitud de patas de insectos y alas de libélula, y mis párpados cerrados, manchados como el resto de mi rostro de verde, como el resto de aquellos niños. Pero a mí se me notaba más porque no lo obviaba como ellos: yo lo disfrutaba. Y por primera vez en mi vida vi en tu mirada algo ajeno al deseo: el asco y la vergüenza. Te vi arrepentido, y tan avergonzado. Por fin me veías como a tu hija, como a tu niña. Tenías que sacarme de allí cuanto antes. Antes de que los demás se dieran cuenta de quiénes éramos.
Pero no quiero que me saques. No quiero ser como ellos, quiero seguir contigo del mismo modo en que hemos estado durante estos años, y que me sigas enseñando lo que nadie sabe. Quiero seguir sintiendo esa vergüenza arrebatadora cuando nos corremos a la vez. No me saques de aquí.
Pero tú no me escuchaste, sólo me agarraste fuerte de los hombros, arrodillado en el bordillo, manchándote las manos al tocarme, delatando tu vergüenza.

Tengo veneno, tengo veneno. Gritaste. Tengo veneno.

Y te fuiste corriendo, dejándome sola, sucia, húmeda y desnuda, en el bordillo de la piscina. Pensé que nunca volverías a por mí. Pensé que me dejarías allí para que toda esa plebe me lapidara y me hiciera comer a puñados las moscas que infectaban su piscina como yo había infectado su vulgar vecindario.

Pero volviste, y lo hiciste con veneno. Y me limpiaste con él. De nada sirvieron mis gritos suplicando que me dejaras así. Me frotabas con tanta fuerza que quemabas mi piel. Me escocía todo el cuerpo, me quemaba toda la piel. Pero tú seguiste ungiendo mi cuerpo con veneno.
Cuando terminaste me tapaste con una sábana blanca y me llevaste en brazos al coche.

Y me prometiste amor eterno. 


M i c r o c o s m o s 
Bajo los guantes de látex mi piel se resquebraja. El tacto de las pipas agua sal sobre el guante es peculiar, pero me desespera. Se caen. Derramo pipas entre mis dedos. Y mi jefe, a quien le faltan un montón de dientes, tararea la canción chumbeta que ha puesto a todo volumen. Las ancianas que entran a la tienda en busca de ronchitos me piden que la baje, pero señora, no soy yo la encargada. Y le faltan dientes sí, un montón de dientes. Y pelo, y gusto musical. Es un adolescente en cuerpo de treintañero. Porque es treintañero. El típico treintañero hijo de empresario, niño pijo, inculto, la oveja descarriada que ahora tiene que hacer como que trabaja en la tienda de su padre para que éste no le eche de casa. Me tira los trastos, como un baboso. Intenta, como todos los babosos, hacerme reír, porque a alguien se le ocurrió alguna vez lanzar al mundo que a las chicas te las ganas haciéndolas reír. La Cosmopolitan, seguramente. Y yo sigo a lo mío. A puñados recojo las pipas, los maíces y las nueces de macadamia. Entra, entonces, una señora de cincuenta y tantos, peripuesta, con un caniche en brazos. No se pueden meter perros, señora, le digo desde lo alto de la escalera de mano. Ella, y el perro, que sin duda van al mismo peluquero, hace como que no me oye al tiempo que da un traspié a las patas que me sostienen y retiemblo desde lo alto, a punto de caerme. Maldita zorra reprimida. No tiene hijos, el perro lo sustituye todo. Ni hijos, ni marido; sólo una vida social basada en superficies y montones de caramelos de regaliz a precio de lechazo. De fondo sigue sonando techno y mi jefe, mientras la atiende, me pregunta si me gustan las mujeres. Le digo que sí, que me gusta todo, hasta los animales. Ella ni se inmuta, sólo refunfuña. Ha aprendido a comunicarse con el caniche. Y mi jefe se pone nervioso, se ríe, y cambia el disco por los Cuarenta Principales. Suena la misma canción que sonara´ dentro de media hora, por la que habrán pagado quién sabe cuánto. La canción que a gente como a mi jefe les derrite el cerebro hasta el punto de llegar a poner el sonitono en su móvil de última generación. La canción que retumba en su coche. La canción con la que se restriega contra las quinceañeras cada sábado en la discoteca en la cual, hace tiempo, antes de ser yonki – o durante – trabajaba como portero.
Se abre la puerta y entre mis manos envueltas en látex se amontonan cerebros rellenos de gelatina. Entra la nueva pubertad, los niños con chapas de My Chemical Romance, flequillos a plancha muy a la derecha, corbatas de a clock work orange y zapatillas de lona de más de sesenta euros. Buscan algo que les dé la clase que les falta: chocolate negro, muy puro, y regaliz. Esos niños, adolescentes antes de tiempo, intentando aparentar tener una cultura que no tienen. Niños, porque aunque luego se pongan ciegos en un bar, ahora están en una tienda de dulces. Todos somos llamados a nuestro estado natural.
Otro grupo entra. Pantalones cortos, como bragas. Medias transparentes y botines con muchísimo tacón. Los labios rojos y el pelo muy cuidado, sombra de ojos azul, o rosa, o marrón que no hacen sino acentuar su minoría de edad. Ríen, intentando aparentar, porque son pavas disfrazadas de hienas. Y una mujer que recién ha entrado, pasa por mi lado y mirándolas de arriba abajo suspira: Ay virgencita, que no se convierta en esto mi niña.
Son las nueve y media, cierro la última bolsa de patatas, me quito los guantes, que están llenos de aceite industrial, y mis manos, resentidas, piden a gritos crema hidratante. Ahora que ya he puesto el cartel de “cerrado”, mi jefe me mira tras el mostrador mientras friego con una fregona de palo bajo que me obliga a forzar las lumbares. Ha vuelto a poner el disco de antes, a atentar contra mi gusto musical, pero ahora que estamos a oscuras sube el volumen y me dice las ganas que tiene de fiesta. Las ganas, intuyo, de salir con unos tipos tan inmaduros como él, jugadores del World of Warcraft incapaces de vivir sin el arropo de los padres, a intentar follar con quinceañeras borrachas y, ante todo, ponerse hasta el culo de coca y perder los pocos dientes (y dignidad) que le quedan. 


Edad Legal.
Comer pollas. “Comer pollas” no siempre ha de entenderse de forma literal.  Pueden comerse de muchas formas. Peloteo, atención, marear la perdiz, lograr que el otro se haga la picha un lío. Que el otro, en su ilusión, ya tenga la polla chupada.
Así hay quien logra títulos académicos, trabajos; en definitiva: objetivos. Mientras unos optan por el esfuerzo y se parten la polla por aprobar (o suspender dignamente sus asignaturas hueso (entiéndase en mi caso: lógica en la licenciatura, dibujo técnico en bachillerato y matemáticas en la E.S.O) otros se limitan a caer bien al profesor. Fingen aprecio y admiración aunque realmente no lo sientan. Encandilar al profesor que ya ronda la cincuentena y tiene esa estúpida crisis de mediana edad que suelen tener los hombres. Y no, ellos no pueden poner de excusa la menopausia. Y sí, la tienen. No la menopausia, pero sí la crisis. Por eso un día se ven reflejados en su mujer menopáusica y se sienten viejos e inútiles; impotentes por no haber logrado darle un hijo a esa mujer. Se sienten inútiles como ese esperma que aguarda en su interior a la espera de morir en una paja producto de ver la revista Edad Legal o un vídeo porno en Internet. Amateur.
Y ven entonces en qué han desembocado todas sus aspiraciones de juventud. De qué sirvió enfrentarse a los padres para estudiar (o no, o lo que fuera) una carrera, de qué ha servido la casa que compró en el pueblo. No quería huir de la ciudad sino de sí mismo. Y como de él no puede huir, porque durante todo este tiempo su cuerpo ha sido su cárcel, ¡y él sin darse cuenta! Decide huir de su mujer menopáusica (a la que no pudo dar un hijo) que, según él, padece ese maldito síndrome del nido vacío desde qu se fuera su hijo de dieciocho años, fruto de un anterior matrimonio, a estudiar una carrera antes de convertirse en un calzonazos, perdedor y cobarde como su padrastro.
Y se va, y ella se queda sola con su nido. Y él se mira en el espejo y se gusta un poco, y decide retomar su vida. Clases de alemán, un viaje a Berlín y una escapada a la playa. Pero sigue siendo perdedor. Un viejo perdedor. Quiere beber de la fuente de la juventud, parar el tiempo y hacer algo importante con su vida. Algo de lo que sentirse un poco orgulloso antes de pudrirse en una residencia, rodeado de auxiliares de dieciocho años y sudamericanas que leen la Pronto mientras él en una cama se está meando encima.
En una de esas estúpidas clases de alemán a las que acude para perder el tiempo de su mísera existencia, reconoce a la jovencita que protagonizaba sus fantasías masturbatorias, al cuerpo que deseaba cuando a oscuras hacía el amor con su mujer. Sin ganas. Y ella le ve a él, y ve cómo la mira. Y él ve que ella le ha visto. Ella es la fuente de la que quiere beber. Ella es quien podría hacerle sentir más joven. Y ella piensa en la maldita trigonometría, las funciones y su puta madre. Piensa que en breves serán  los exámenes finales y necesita aprobar esa maldita asignatura para entrar en la Universidad.
Y ella le saluda, pero no como a un profesor sino como a un amigo.
Hola, soy la excusa perfecta, la aventura que estabas esperando. Soy la jovencita que girará el volante de tu vida y lo estrellará sin airbag. Te daré inseguridad y adrenalina, sexo sin tabúes, y, antes de que te puedas dar cuenta, destrozaré tu familia y tu carrera. Te desplumaré y dejaré tirado como una colilla. Yo lograré mis objetivos y saldré indemne. ¿Qué dices?
Y él acepta el trato. Acepta el suicidio porque la agonía va a ser más dulce que lo que haya podido ser toda su existencia.
Con saber algo de ti me basta para sanarme.


3 comentarios:

KEBRAN dijo...

BUENOS RELATOS
(COMAMONOS LAS POLLAS,JJAJAJ)
UN ABRAZO
KEBRAN

Óscar R. Cardeñosa dijo...

Grande awi, gracias por la reseña.

Voltios dijo...

madre mia adriana

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