miércoles, 28 de abril de 2010

Vicente Muñoz Álvarez



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También le gusta leer a:
L.F.Celine, R. Carver, Thomas Bernhard, H.P. Lovecraft, C.Bukowski, Edgar Allan Poe, Jack Kerouac, W.Burroughs, Malcom Lowry... 

Bio-bibliografía
Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966).
Narrador, editor y poeta.
Ha publicado poemarios: Canciones de la gran deriva (Ateneo Obrero de Gijón, 1999), 38 Poemash (Vinalia Bolsillo, 2000), Privado (Baile del sol, 2005), Estación del frío (Eds. del 4 de agosto, 2006), Parnaso en llamas (Baile del sol, 2006).
Relatos y novela: Monstruos y Prodigios (Premio Letras Jóvenes Castilla- León, 1995, Amargord Ed. 2007)), El pueblo oscuro (Las palabras del pararrayos, 1996), Perro de la lluvia (Iralka, 1997), Buscando la luz (Vinalia Bolsillo, 1998) Los que vienen detrás (DVD ediciones, 2002), El merodeador (Baile del sol, 2007), Marginales (Eje Ediciones, 2008), Mi vida en la penumbra (Eclipsados, 2008).
Y ensayo: El tiempo de los asesinos (Iralka, 1998).
Ha coordinado antologías como Golpes, ficciones de la crueldad social, con Eloy Fernández Porta (DVD ediciones, 2004), Tripulantes. Nuevas aventuras de Vinalia Trippers, con David González (Eclipsados, 2007), Hank Over: Resaca. Un homenaje a Charles Bukowski, con Patxi Irurzun (Caballo de Troya/Random House Mondadori, 2008) o 23 Pandoras: Poesía alternativa española (Baile del sol, 2009).
Su obra poética y narrativa figura en antologías como Dos veces cuento (Ediciones Internacionales Universitarias, 1998), Poemas para cruzar el desierto (Línea de Fuego, 2004), Voces del Extremo (Fundación Juan Ramón Jiménez, 1999, 2000, 2002, 2006), Cuentistas (Ateneo Obrero de Gijón, 2004), La venganza del Inca. Poemas con cocaína (Cangrejo Pistolero Ediciones, 2007), Poesía para bacterias (Cuerdos de atar, 2008), Qué nos han hecho (IslaVaria, 2008) o Palabras Malditas (Efímera Editorial, México, 2009).
Editó, durante los 90, el fanzine Vinalia Trippers.
Blog colectivo:

Poética
ARTE DE LA ENSOÑACIÓN
Escoger buenas lecturas, reciclar ideas, escribir diarios y cartas, sentarse ante el papel, aprender de los propios errores, mirar al frente, vencer el desaliento, dejarse llevar por la intuición, fijar el símbolo, ser imprevisible, escuchar la propia voz, centrar la acción, evitar falsos rodeos, pulir sombras, dejar puertas abiertas, romper lo lineal, templar el nervio, esforzarse en el arte de la ensoñación, recurrir a la infancia, a lo incierto, a la memoria, explorar nuevos caminos, buscar afinidades, construir casas de día para derribarlas al ponerse el sol, renacer de las cenizas, entusiasmarse, sufrir el oficio, celebrar los avances, llorar sobre el papel, no excederse, no acobardarse, no extinguirse, ver siempre más allá, parar el tiempo, ser arriesgado, concentrarse en silencio, psicoanalizarse, interpretar los sueños, romper folios, liberar complejos, escribir sin prisa, con demora, con tenacidad, tomar notas para conformar la trama, practicar otros registros, encontrar el signo, caminar despacio, avanzar con tiento, llenar de esfuerzo el vacío, ser inaccesible, estudiar el personaje, reencarnarlo, comprenderlo, evaluar sus actos, impacientarse, sosegarse, poetizar el vacío y el dolor, elegir el entorno adecuado, ser conciso, dominar la cadencia y el ritmo, recitar en alta voz, justificar el tono, la pulsión interior, iluminar lo oscuro, soñar con los ojos abiertos, escribir con ellos cerrados, huir de adornos, encarar la soledad, emborronar libretas, perfilar rostros, modelar paisajes, observar con lupa, adueñarse de otras vidas, formular preguntas, sugerir respuestas, dibujar olores, buscar correspondencias, encontrar analogías, subrayar, sincopar, enfatizar, gritar con tino, ensayar distintos tiempos, llegar al más allá, ser consecuente, rechazar poses forzadas, embriagarse de vida, carecer de límites, de metas, de fronteras, dejar fluir el propio caos, olvidar las oscuras golondrinas, prescindir de máscaras para mostrar la verdadera piel, escribir con sangre, impedir que tu existencia se convierta en algo inútil, cargarla de pólvora y apuntar certero al blanco.

Evitar que te alcance la explosión.


Textos

UNA VIDA MODELO 

Qué vacío descubre uno en sí mismo/ cuando uno mismo busca su yo interno./ Qué ser desagradable se contempla/ cuando su propio ser uno     examina.
José María Fonollosa. 

Se despertó cansado y con dolor de cabeza. Con dolor de brazos. Con una insoportable pesadez de espalda.
Eran las siete y diez de la mañana. Igual que todas las mañanas.
Hacía años que no necesitaba ya el despertador. Su reloj interno le marcaba siempre la hora, mecánica, rutinariamente, incluso los días en los que no tenía que ir a trabajar.
Buscó a tientas las zapatillas por la alfombra, para no despertar a su mujer, y salió sin hacer ruido de la habitación.
Mientras se duchaba, enjabonándose lentamente y recibiendo el agua tibia en la cara, pensó de nuevo en lo mismo.
La cosa, ciertamente, estaba llegando a un punto extremo. Tenía cuarentaiséis años, una mujer y dos hijas que alimentar, y no podía soportar más su trabajo.
Se sentía desmotivado y atrapado por la cadena voraz del consumo, por el sistema falso que, como a tantos otros, le quisieron vender: sé productivo, sé responsable, cásate, cómprate un piso, aparenta ser buen padre, buen marido, endéudate, vive por encima de tus posibilidades, de tus necesidades, créatelas, hazte esclavo de ellas, aguanta, revienta, envejece, muérete...
Llevaba casi veinte años trabajando en la misma fábrica, hipotecándose en ella, desgastándose por dentro y por fuera, y se sentía sin fuerzas para continuar haciendo lo mismo.
Había tocado fondo.

Mientras se afeitaba, con la toalla enrollada en la cintura, contempló su rostro en el espejo: las bolsas hinchadas de los ojos, las arrugas en la frente, las manchas parduzcas en su piel. Sin duda alguna, aparentaba más edad de la que realmente tenía.
Desayunó un café y unas galletas, se tomó una aspirina, se vistió en la habitación procurando no hacer ruido y salió de casa.
De camino a la fábrica, siguiendo el recorrido de todos los días, volvió a pensar en lo mismo. Nunca le había resultado divertido el trabajo, pero hasta ese momento había podido siempre con él. Lo consideraba un mal menor, un medio para costearse una forma de vida. Sin embargo, desde hacía algún tiempo, todo había ido cambiando en su cabeza. El trabajo le resultaba, más que nunca, insoportable e inútil, su autoestima se había derrumbado y sentía un desinterés creciente por la mayoría de las cosas que le rodeaban. Como si todo, de la noche a la mañana, careciera por completo de sentido, sus valores, sus esquemas, sus proyectos y su maquinal forma de vida.
Quizá tenga que ser así, pensó, quizá no deba preocuparme, darle vueltas, quizá sea simplemente que me estoy haciendo viejo...
Se detuvo, como cada mañana, en la Churrería del Sur, un pequeño quiosco entre las moles de hormigón, y le sirvieron en la barra su copa de orujo acostumbrada.
Bebió un sorbo y hojeó por encima el periódico: crímenes, guerras, pobreza, descensos en la Bolsa, corrupción política, programas de televisión... Le pareció el mismo guión de siempre, las mismas noticias repetidas una y otra vez, el mismo montaje, la misma dinámica, la misma información: una realidad plagiándose absurda y despiadadamente días tras día.
Bebió otro trago apoyado en la barra y miró a su alrededor. También aquellas, las de sus compañeros, le parecieron de algún modo las mismas caras, las mismas facciones veladas por el mismo cansancio, por la misma náusea, por el mismo miedo. Todos tenían semejantes problemas, semejante trabajo, semejantes familias, veían los mismos programas de televisión y conversaban invariablemente de las mismas cosas. Todos, de una forma u otra, tenían marcado en sus rostros el sello apático de la resignación.
Apuró la copa de orujo y siguió andando por la avenida. La mañana estaba encapotada y ventosa, desapacible, y todo el mundo se dirigía apresuradamente al trabajo, cientos de personas circulando como autómatas por las calles, dispuestas a desempeñar su tedioso papel en el engranaje forzado de la sociedad.
En el fondo - se dijo - les debe pasar a todos lo mismo. Tarde o temprano tienen que pensar que nada tiene sentido, que nada merece realmente la pena... Pero que hay que seguir aguantando...
Cuando llegó a la fábrica, una enorme nave de facturación de piel, se dirigió al vestuario y, como todas las mañanas, se cambió en su taquilla de ropa: un mono de color gris, gafas y guantes protectores y un calzado ancho y holgado.
Entró en la nave, saludó a sus compañeros de turno y conectó su máquina de barbear y cortar piel.
Mientras daba forma al cuero, manejando cuidadosamente las cuchillas, pensó en lo que estaría haciendo entonces su mujer. Habría desayunado ya y estaría vistiéndose para ir al trabajo, otra fábrica semejante a la suya donde, igual que él, había desperdiciado toda su juventud. Imaginó su cuerpo envejecido y cansado enfundándose en la ropa, sus piernas blancas e hinchadas, salpicadas de venillas rojas, deslizándose en las medias, su melena recogida en una insulsa coleta, su cara ojerosa apresuradamente maquillada. La imaginó despertando a las niñas y despidiéndose casi al instante de ellas, bajando a la calle y corriendo bajo el cielo asfixiante y gris de la mañana. Y le pareció, de nuevo, que las cosas no tendrían por qué ser de ese modo.

Entonces, súbitamente, como si despertara al fin de un sueño, decidió hacer lo que había estado planeando casi a diario desde hacía varios meses.
Acercó su brazo a una de las cuchillas, lo situó por encima de la protección del guante de malla, ya a pocos centímetros del codo, y lo introdujo sin pensárselo en la cortadora.
No sintió apenas dolor. Sólo un intenso fuego.
Vio su mano en el suelo, moviendo convulsivamente los dedos en el interior del guante, y su brazo seccionado que comenzaba a sangrar: pequeñas flores brillantes, al principio, que progresivamente fueron aumentando de tamaño hasta teñir su vista de rojo.
Cayó de bruces, golpeándose contra el piso en la frente, y pese a todo, en lo profundo, se sintió en parte aliviado. Inútil al fin para la sociedad.

Antes de gritar, imaginó unas largas y bien merecidas vacaciones.

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