lunes, 12 de abril de 2010

Pepa Caro



Mencionada por:
Inma Arrabal

Menciona a:
Inma Arrabal
Montse Sanllehy

También le gusta leer:
La poesía de Mario Benedetti y Claudio Rodríguez. Las novelas de Mercè Rodoneda y Javier Marías y los cuentos de Julio Cortázar. 

Bio-bibliografía
No tengo nada publicado. El cuento corto obtuvo un premio de “Aula, escuela de letras” hace unos 10 años.

Poética
Cuando escribo poesía, escribo lo que veo, pienso y siento.

ILÓGICA DE LA VIDA AMOROSA

I
¿Qué nos traerá el mes de abril?
Si prometía lirios
que ayer se abrieron a destiempo,

y esta noche han muerto helados.

II
Te he dicho adiós tantas veces
que, sin darme cuenta,
me he ido quedando,
porque tienes la sonrisa tibia,
las manos calientes,
y la palabra generosa.

III
No puedo escribir un poema
con briznas de espejos rotos
¿Cómo podría más tarde,
recuperar la voz y contarte
lo que se dicen la rosa y la abeja?

IV
¿De quién será esta mano fría
       que me ha helado el recuerdo?

V
Sólo sabía de ti
que roncas cuando duermes.
que te duchas cada día,
que hablas cuando debes,
y callas cuando quieres.

Hasta que un día,
en un cambio de luces,
tu sombra  se asustó de mi sombra
y la mía de la tuya.

Quizá
algún día nos encontremos
sin espantarnos el uno del otro.

Entonces, el amor  nos habrá separado.

VII                           
Se me ha ido la vida
atropelladamente
en picoteos de frutos
que nunca fueron míos,
en visitar alcobas
en las que nunca encontré reposo,
en leer libros prestados
y escuchar vidas ajenas.
Aunque, algunas veces,
a las puertas del invierno,
he acolchado rosales
y hoy mismo
he escrito siete poemas
a cambio de cuarenta y tres,
coma, cincuenta y cinco euros,
lo que valen nueve libros de poesía.


Textos:

La Dieffenbachia

La Dieffenbachia es una planta de interior de hojas grandes, ovaladas, de colores desde el amarillo pálido con manchas oscuras hasta el verde manchado de blanco. Pero lo más interesante de la Dieffenbachia es que su savia contiene una sustancia altamente tóxica.

Es irónico que se haya integrado tan rápidamente en la decoración moderna. No son caras y, al primer golpe de vista, da la impresión de ser una planta de fácil cuidado, práctica: si crece demasiado, se corta y ella misma se regenera, como las colas de las lagartijas.
Sin embargo, AB no las amaba por estas cualidades. Para AB la Dieffenbachia era su laboratorio. Pensaba que un día le sería muy útil. Por eso, tenía una Dieffenbachia en aquellos lugares que más frecuentaba: la escuela, la casa de algunos amigos, el local donde se reunía con la Asociación Fotográfica, y por su puesto, en su casa.
En su casa y en la escuela, la Dieffenbachia ocupaba los mejores lugares:  cerca de la luz, fuera de las corrientes de aire, donde no pasara ni frío ni calor. AB las regaba con agua tibia, sabía qué cantidad de agua necesitaba cada una de ellas, limpiaba sus hojas, también con agua tibia, una vez a la semana, les ponía el abono que más les gustaba. Aunque no crean que les hablaba como algunos amantes hablan a sus plantas, no crean que las miraba como un enamorado mira a su amada o como un artista mira su obra. AB siempre tenía cerca la Dieffenbachia, como hemos dicho, completamente segura de que un día la necesitaría.

Aquella mañana, cuando AB entró en la sala de profesores después de las clases, María manipulaba la máquina de café.
-AB, por favor, ayúdame con estos vasos hasta el despacho.
-¿A dónde vas con tanto café?
-Tenemos reunión con X .
-¿ X? ¿Sobre qué?
-Rutinas del comedor.

AB se preguntó si habría llegado el momento. En pocos segundos  pensó en todas las posibilidades, en todos los pasos que debía dar. Si había llegado el momento, no podía dejarlo escapar, tenía que intentarlo. El primer paso consistía  en saber cuál era el vaso de X.
Vio que María ponía leche  en uno de los  cafés.
- ¿Leche?- dijo poniendo cara de extrañeza -¿Quién, a parte de mí, se atreve con la desnatada?-dijo en tono de burla, canturreando el anuncio publicitario de la leche.
- El de la leche es para X.
- Puaf! -hizo una mueca de asco-¡Voy a aborrecerla!

AB se felicitó por su buena suerte. Cogió el vaso de café con leche. En principio, se presentaba muy fácil, pero podía no serlo tanto. No debía llevar el vaso de X, sería demasiado evidente.
-Espera un momento. Voy a buscar una bandeja.

Salió al pasillo y se dispuso a cruzar el recibidor. Tenía una Dieffenbachia en la clase, pero estaban los alumnos; aquella quedaba descartada. Contaba con la que tenía en la  estancia  de la entrada, donde estaba el conserje. Era un hermoso ejemplar de tronco grueso. Había, no obstante, un problema: estaba allí el conserje. AB cruzó  la estancia con prisas. Al pasar por la Dieffenbachia fingió un tropiezo, se agarró a la planta  para no caer, y la rompió. El grueso tronco quedó partido. La savia empezó a salir, goteaba, se perdía, se perdía..! Sonó el teléfono y el conserje, que venía a auxiliarle, miró alternativamente a AB y al teléfono, como sin saber a quien atender.
-No es nada, coge el teléfono -le dijo AB, y recogió rápidamente del suelo la parte superior de la planta.
Mientras el conserje atendía el teléfono, AB fingía intentar arreglar la planta. Cogió el tronco partido y lo apretó. El jugo goteaba en el vaso. Eran gotas gordas y blancas, casi un chorro. Con el vaso en una mano y la bandeja en la otra se fue, de prisa, hacia la sala de profesores.
-Ahora la arreglaré- dijo al conserje  desde el fondo del pasillo, señalando a la planta.
Al lado de la máquina de café estaba los cuatro vasos llenos; uno de ellos, con leche. María estaba distraída buscando el azúcar. AB echó la savia de la Dieffenbachia en el vaso de café con leche y se puso el vaso vacío en el bolsillo. Después, preparó otro café con leche que no puso en la bandeja, sino que caminó con él en la mano después de darle un sorbo.
Entraron en el despacho donde estaba X con dos profesores más.
No saludó a X. Nunca le había ocultado su desprecio, así que no la saludaba. Incluso, si se presentaba la oportunidad, delante de los más íntimos no tenía reparo en mostrarle desprecio tal cual lo sentía.
-AB buscaba la forma de quedarse por si fuera necesario impedir que otra persona bebiera el café con el tóxico.
-Quieres quedarte AB? Le dijo uno de los compañeros .
-Si. Hay algunas cosas respecto comedor que me gustaría aclarar, después. 
Ya pensaría qué cosas. Sobre el comedor siempre hay algo que comentar o de lo cual quejarse.
Mientras hablaba, acercaba una silla a la mesa y observaba con el rabillo del ojo a X que ponía azúcar en el café. Lo bebió de un tirón, sin respirar. AB ya no tenía que preocuparse por el destino del jugo de la planta venenosa; pero decidió quedarse. No quería perderse el placer de presenciar lo que ocurriera después. No conocía los efectos que podía producir el tóxico. Era la primera vez que lo utilizaba.
Llevaban diez minutos de reunión cuando X empezó a frotarse los ojos. El vaso de café con leche estaba vacío. Cinco minutos más tarde, X dejó caer la cabeza sobre la mesa. María, que estaba a su lado, cogió la cabeza de X.  Los ojos le saltaban en la cara, abría y cerraba la boca como un pez agonizando. Parecía que iba a vomitar.
-Va a vomitar - dijo AB mientras apartaba los papeles de la mesa y, con ellos, los vasos de café.
- Estará mejor boca arriba, en el suelo - dijo alguien.
AB intentó pensar rápidamente. ¿Cómo hacer para que no vomite? No dijo nada porque preocuparse excesivamente hubiera despertado sospechas entre los compañeros. Todos ellos sabían que a AB no le importaba nada lo que le ocurriera a X, y que no movería un dedo para ayudarle.   
Mientras los compañeros se inclinaban hacia X, intentando entender qué le ocurría, AB cogió su vaso de café con leche y azúcar -lo había dejado en el suelo, un poco debajo de la mesa- y echó un poco en el vaso vacío de X. Lo enjuagó, de forma  que recogiera los restos de savia.  repitió la operación tres veces. No se preocupó de si le miraban los compañeros, todo lo que podían ver era que AB removía el café en un gesto quizás nervioso.
-Llama a una ambulancia - dijo Alex dirigiéndose a AB
-¿Yooo? -dijo mientras se sentaba en la silla más cercana removiendo el café del vaso -Por mí, puede reventar.
-!Está muy mal!- insistió mirándolos, muy nervioso, sin saber qué más decir.
-Me da igual! -dijo AB alargando el cuello hacia él y poniendo cara de enfado- Será uno de sus ataques histéricos.
Gemía, levemente, en el suelo. Intentó, sin conseguirlo, levantar un brazo. Alex corrió al despacho a llamar a una ambulancia.
AB se levantó de la silla.
-!Bueno! Ya nos ha estropeado el día!  -dijo suspirando profundamente, como si hablara para sí. Puso, con desgana, su vaso de café en la bandeja. Recogió todos los vasos de encima de la mesa y los llevó a la sala donde estaba la cafetera. Pasó varias veces su café con leche por el vaso vacío de X. Finalmente, tiró el café y dejo los vasos, apilados, en la bandeja. Pasó agua, varias veces, por el vaso que aún llevaba en el bolsillo y lo tiró al cubo de la basura.                                                      
Seguramente, no se haría una investigación minuciosa, pero si la hicieran, no encontrarían restos de savia de Dieffenbachia en ningún sitio. Estaba claro cuál era el vaso de X:  tenía sus huellas, y allí  no encontrarían nada que no fuera café, leche, y azúcar.  El vaso de X también tendría las huellas de AB, pero eso era normal, puesto que AB había ayudado a poner los cafés y también recogió los vasos de la mesa. “¿Por qué los recogió tan de prisa?” -podía preguntar alguien-. “Bueno, algo tenía que hacer, ya que no tenía intención de ayudarle”-sería una buena respuesta. En apariencia, para AB aquel suceso era un contratiempo que le ponía de mal humor, no tenía nada que esconder: allí estaban los vasos. No los había tirado ni limpiado, había dejado sus huellas en todos. No tenía intención de esconder nada.
Desde el pasillo vio a Alex buscando el teléfono del hospital. Estaba muy nervioso. AB quería hacerle perder tiempo. Sin embargo debía procurar que Alex no lo notara.
-No te preocupes tanto, X no lo haría por ti -le dijo con desgana.
 Alex cerró la libreta y miró a AB unos segundos, fijamente, sin parpadear... incrédulo.
-¿Por qué le tienes tanta manía?
-Mira, Alex - se acercó a él y respiró profundamente como si fuera a decirle algo muy importante, secreto, doloroso, algo que le costaba decir, algo que solamente diría en un momento como aquel-.Si le hubiera dado un ataque de apoplejía y se quedara inútil para el resto de su vida me daría una alegría; pero no me hago ilusiones, porque ya se sabe que mala yerba nunca muere.
AB hizo un gesto de desaliento y salió, despacio, del despacho. Alex se quedó tan desconcertado que todavía tardó algunos segundos más en llamar al hospital.
AB volvió al despacho donde X continuaba tumbada en el suelo. Las dos compañeras  le cogían  una mano cada una, sin saber qué hacer.
-¿ Habéis llamado al hospital? Casi no tiene pulso -dijo una de ellas dirigiéndose a AB
-Sí. Está llamando Alex- lo dijo con la misma expresión de desagrado con la cual entró y que intentó mantener hasta que llegó la ambulancia, quince minutos después.
-¿Le  acompaña alguien?- dijo el enfermero de la ambulancia mientras dirigía una mirada rápida al grupo.
María y  Alex intercambiaron miradas nerviosas.
-Ve tú- dijo María a Alex.
- ¡Dense prisa! -gritó el médico desde el interior de la ambulancia.
Llegó cadáver al hospital. Fue un paro cardiaco normal y corriente; sin ningún problema; sin ninguna sospecha; sin ninguna preocupación por las causas.
¿Qué le había producido el paro cardíaco?  No se sabía. “La muerte, como la vida... ¡es tan misteriosa!”  Esta fue la conclusión del médico-filósofo.
AB sentía algo que no sabía cómo expresar...algo así como decepción. ¡Había sido tan fácil! Y tan rápido, que no había tenido tiempo de saborearlo. 
Así, como pensando en algo que le preocupara, la encontró Alex al volver del hospital.
-Oye, no te preocupes. Aunque hubieses querido, no habrías podido hacer nada. Ninguno de nosotros pudo hacer nada.
-Ya -y ayudó con su expresión a que Alex pensara que se sentía algo culpable.
AB miró la Dieffenbachia de la maceta, cortada a media altura. Al lado, la parte superior de la planta echaría  raíces  nuevas en un jarro con agua.
Eran casi las cinco de la tarde. AB salió del centro escolar a paso ligero. Entró en una cabina telefónica e hizo una llamada.
-Hola, ¿estarás en tu casa esta tarde? ¿Si? Llama a Blanca y a Carmen para que vengan. Tenemos algo importante que celebrar. No, ahora, no.  Te lo contaré cuando llegue. No quiero perderme la cara de felicidad que pondrás. Estaré ahí dentro de  un cuarto de hora.
Salió de la cabina, sin prisas. Entró en una pastelería y compró un pastel de nata y limón, el más grande que tenían. Al salir, miró al cielo y movió lentamente la cabeza. "¡Este Dios! Es tan lento haciendo justicia que, a veces, hay que echarle una mano".
Carta al doctor 
Mariana Regio Mir
Dra. en cirugía

Dr. Vila
Dispensario  Médico
BOLVIR

Bolvir, 20 de Abril de 1999

Apreciado colega:
Esta tarde ha pasado usted por delante de mi casa, en la calle Alta nº 22, y me ha dado las buenas tardes. No he podido devolverle el saludo porque en ese momento tenía las manos ocupadas.
Ya que es usted nuevo en el pueblo, antes de que nuestros vecinos le cuenten alguna de las historias que han inventado sobre mí después de aquella noche, le relataré qué ocurrió, luego podrá juzgar con más conocimiento si desea volver a saludarme.
Hace unos años, cuando vine a vivir a este pueblo, la parte trasera de mi jardín  lindaba con unos terrenos baldíos, ahora urbanizados. La mayor parte del año, las casas del vecindario estaban vacías, y una serie de circunstancias hizo que tuviera miedo de estar sola, sobre todo por la noche, así que decidí comprar dos perros. Quizás aconsejada por la moda, elegí  dos cachorros de  Rotweiller que, en poco más de un año, se hicieron grandes como caballos. El especialista encargado de adiestrarlos me decía: "son cariñosos con el amo y fieros con el enemigo". Me instruyó sobre cómo tratarlos, me enseñó una serie de sonidos para darles órdenes equivalentes a "ven aquí", "calla", "siéntate" y otro sonido más complejos que, para los perros, significaba  ."ataca" o... ¿Por qué no decirlo? "¡mata!".  Tomé nota de aquel sonido, aunque no me preocupé de retenerlo en la memoria. Aquello me parecía un invento del adiestrador para darse importancia, de manera que no hice mucho caso. No obstante, cuando periódicamente se los llevaba para reeducarlos, solía recordarme que la voz de ataque se mantenía vigente.
    Una noche de invierno, esperaba a un amigo a cenar y até  los perros porque a él no le gustaban. Cuando llamaron desde el baldón de la cancela, empezaron a ladrar desesperados. Al ir a abrir,  dos hombres, o quizá tres, se abalanzaron sobre mí,  me golpearon hasta dejarme sin sentido, cogieron algunas cosas y se marcharon. No sé con claridad que ocurrió después. Recuerdo, vagamente, que cuando recuperé la conciencia intenté, una y otra vez, llegar hasta el teléfono y pedir ayuda,  pero el dolor (tenía una costilla rota) me hacía perder el sentido de nuevo. No me explico cómo conseguí desatar a los perros. Sé (esto lo recuerdo bien)  que me encontraba en la entrada de la casa, en el suelo, sin poder moverme, había perdido las gafas y apenas veía. Ellos me olisqueaban, gemían conmigo. ¡Pobres!,  no sabían qué hacer.
     Alguien entró en el jardín; los perros salieron disparados hacia allí. Yo veía una sombra que se acercaba, que avanzaba hacia mí, a pesar de los animales, en medio de sus ladridos. Entre el dolor y el terror, sin pensarlo, sin querer, le aseguro que no sé cómo recordé aquella palabra: "¡laud!, ¡laud!" La repetí tantas veces como  pude, con todas las  fuerzas que pude reunir.
Los perros cumplieron mi orden.
    Unas horas después, pasó la Guardia Urbana en su ronda de medianoche y me auxilió.  Para mi amigo era demasiado tarde.
    Doctor, no crea a los  vecinos cuando le digan que los perros se comieron mi lengua; aunque es cierto que ya no la tengo. Ninguna ley quiso aligerarme de mi culpa y, si bien podemos atar a los animales, ¿qué cadena sujeta una lengua? Tuve que asegurarme de que nunca más actuaría por su cuenta.
Por eso, no pude devolverle el saludo esta tarde. Le ruego que me disculpe.
                        
                                Atentamente,
                                                                                   Mariana Regio Mir


1 comentario:

Sílice dijo...

Me alegra que estés por aquí, Pepa. Un beso.

Inma

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