jueves, 15 de abril de 2010

Iñaki Echarte Vidarte



Mencionado por:
Marina Sanmartín 

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Tambien le gusta leer a:
Reinaldo Arenas, James Baldwin, Juan Bonilla, Anthony Burgess, William S. Burroughs,  Raymond Carver, John Cheever, Jean Cocteau Virginie Despentes, Jean Genet, Agustín Gómez Arcos,  David Gonzalez, Christopher Isherwood, David Leavitt, Mario Levrero, Luisge Martín, José María Mijangos, Vicente Muñoz Álvarez, Norberto Luis Romero, Francisco Umbral, Gore Vidal, Enrique Vila-Matas, Tennesse Williams.

Biobliografía
Iñaki Echarte Vidarte nace en 1977 en Pamplona-Iruña. Diplomado en Literatura Creativa, especialidad Guión de Cine y TV en la Escuela Superior de Arte y Espectáculos TAI (Madrid).
Ha publicado Blues y otros cuentos (Ediciones de Baile del sol, 2009) y Huérfanos de cernuda. desestructuración cuer(po)ética, un libro a cuatro manos editado por O grelo (2009) junto con Francisco Brives.
Aparece en libros colectivos: 2000 mgs, Editorial delsatelite, Madrid, 2010; Elefante Rosa, Alea Blanca, Granada, 2009; Versus. 12 rounds, Editorial delsatelite, Madrid, 2008; Más allá del BOOM (nueva narrativa hispanoamericana), Lord Byron Editorial, Madrid, 2007 y El juego de hacer versos, el juego de hacer cuentos (Antología conmemorativa del 10º aniversario del Aula de Literatura), Pamplona, 2002; en prestigiosas publicaciones: NAV7, Cuadernos del matemático, Arquitrave, Rio Arga, Cuarto Creciente, La hamaca de lona; en diferentes revistas: El planeta de nuestra generación, Una vez en Pamplona/Iruñean behin, el desembarco; en publicaciones digitales: DosDoce, alex_lootz, afinidades electivas.
Entre 2005 y 2010 coordina la revista literaria alex_lootz, y una página web de reseñas de novedades editoriales. En 2009 organiza el ciclo de poesía Doña Antonia escucha a....
Ha colaborado en las páginas de cultura de la revista de tendencias Moxow y escribió la columna quincenal Mi vida en Heterolandia en dosmanzanas.com desde diciembre de 2007 hasta agosto de 2008.
Se puede encontrar una recopilación de sus textos en echartevidarte.blogspot.com.
Maneja el blog Un extraño en md desde agosto del 2006.
Continúa mirando a su alrededor, espantándose con lo que ve y escribiendo.


Poética
[…]

ausencia

Soy tan blanco
que cuando palidezco,
                                                          desaparezco. 



Textos

alrededor de los sabido

Se sentó con cuidado y puso los brazos sobre la mesa.
—Tengo algo que deciros. Seguro que ya lo sabéis.
Os lo habéis podido imaginar, os lo han podido sugerir, pero quiero decíroslo yo.
La madre no se permitió parpadear. El hermano sonrió maliciosamente. El padre adoptó el gesto severo de cuando recibe una noticia inesperada, por sí acaso.
—Lo que os voy a contar es la razón por la que durante todos estos años he sido inaccesible, distante, desagradable e incluso borde.
—Cállate —la madre arrugó la servilleta con cuidado—. Ya lo sabemos.
—¿Qué es lo que sabemos? —Dijo bruscamente el padre con la taza en la mano—. Yo no sé nada de lo que estamos hablando. ¿De qué estamos hablando?
—Estamos hablando de mí.
—Y, ¿qué es lo que no sabemos de ti? Lo sabemos todo. Eres nuestro hijo.
La madre se levantó de la silla y se puso a recoger la mesa.
—A veces creo que no te enteras de nada.
Él le puso la mano sobre el brazo y la agarró con fuerza.
El padre la miró con ojos suplicantes.
—Ya ha llegado el momento, ¿verdad?
—Hace mucho que está aquí. Ya deberías haberte hecho a la idea.
La madre se giró, abrió el grifo y empezó a fregar.
El padre miró la taza vacía.
—¿Puedo decir algo? ¿Puedo terminar?
—Hijo, ya no hace falta. Ahora no.
Blues y otros cuentos. Baile del sol, 2009. 


travesía por madrid (discurso personal y fragmentado de un cuerpo a través de la capital, 2008) --fragmento--

Madrid tiende a agrupar sus cuerpos en diversas zonas de la ciudad.  A pesar de que se entremezclan en el metro, mirándose con vulgaridad desde sus asientos, desafiando, al tiempo que se dejan arrastrar por las escaleras mecánicas, a los cuerpos que descienden. Detrás de esas miradas, duras y con cierto aire de brutalidad, hay, a veces deseo, a veces soledad, a veces maldad, a veces admiración, a veces desesperanza, a veces superioridad, a veces qué se sabe qué. Hay tanto detrás de esas miradas esculpidas en piedra que podríamos sorprendernos si nos paráramos un poco y consiguiéramos quitarnos las máscaras unos a otros. Madrid podría ser un carnaval (a veces lo es, pero dura poco), pero es una ciudad de autómatas, de cuerpos secos y duros. Madrid, ya lo dijo Dámaso Alonso: “es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”. Cadáveres que se apretujan en los metros, en los autobuses, en las calles más transitadas. Cadáveres que no se detienen, que se miran a los ojos, pero no tienen reflejos para cambiar su expresión moribunda por una sonrisa o por un brillo sensual sin centro.
Madrid, desbordada de cuerpos por todas partes, agrupa a la gente en lugares comunes. Algunos chicos, creyéndose hombres porque parecen hombres vistos desde fuera, se suelen reunir en Chueca, muestran cuerpo en verano, paseándose por la plaza una y otra vez, quitándose la camiseta en las discotecas y saliendo, poco a poco, agarrados de la mano del círculo delimitado por Fuencarral, Gran Vía, Recoletos y Génova. (De los que no muestran cuerpo, no van a Chueca, no se quitan la camiseta en discotecas y salieron hace mucho de Chueca apenas se tienen noticias oficiales). Otros hombres de otro tipo, pero que se sienten igual de hombres por parecerlo desde fuera, prefieren hacer cola en los bares del barrio de Huertas mientras hacen enrojecer a chicas de piernas largas y ojos grandes con piropos alcohólicos, o esperan a los amaneceres en las plazas de La Latina, sentados entre latas, litronas, condones y cuerpos exhaustos a los que no les quedan fuerzas para levantarse, o se visten de señoritos y van a las discotecas de la Castellana orgullosos por llevar los zapatos que les permiten entrar a sótanos oscuros que esconden sus defectos. Las mujeres, que siempre lo parecen porque lo son, casi desde siempre, están más dispersas, te sorprenden en cada esquina de la ciudad. Se ocultan y se muestran según les interese, pero siempre se encuentran, si sabes dónde buscarlas. Apoyan sus cuerpos entre sí, los muestran, los transforman, los desdibujan. Se aventuran por Lavapiés, entre cuerpos oscuros, cuerpos rasgados, cuerpos inmigrantes, cuerpos masculinos; enrojecen de vergüenza al  escuchar los piropos castizos y  alcohólicos de los muchachos de  Huertas o se sientan y dejan pasar lentamente las tardes calurosas de finales de agosto en las terrazas de los Austrias. Las mujeres caminan como si la ciudad no fuera suya, como si les diera miedo usarla, pero llegan a todas partes, se meten en todos los rincones y terminan en su casa igual de tristes que el resto pero sabiendo que han hecho todo lo posible por desterrar la tristeza de sus cuerpos.
Pero no parecen saber, nadie parece darse cuenta de que esa tristeza no habita en nuestro cuerpo, que esa tristeza está en Madrid, en sus calles como nervios, en las estatuas que coronan los edificios de Gran Vía, en  los adoquines centenarios que pisamos sin garbo y pundonor.
La tristeza está en los edificios de la Gran Vía, majestuosos, bellos y tristes, que, a veces, desaparecen al atardecer, cuando el sol se asoma todavía por encima de ellos y la Gran Vía se convierte en un destello cegador. La tristeza está en los baños de chicos del Fnac, del Corte Inglés, de todos los centros comerciales de Madrid donde las tristezas se unen, explotan y encharcan el suelo y las paredes. La tristeza está en los cuerpos abandonados y sucios que demasiado a menudo aparecen fugazmente entre las piernas de los turistas. La tristeza está en los compradores que, desde todos los puntos de la ciudad, se acercan al centro de Madrid. Cuerpos que nos parecen lejanos, cuerpos que dejamos atrás, respiren o no, estén a punto de dejar de respirar o lo hayan dejado de hacer hace horas. La tristeza está grabada a fuego en los cuerpos que caminan por la calle Montera, por Desengaño, por Loreto y Chicote, cuerpos que cuestan lo mismo, o menos, que una cena o que unos zapatos. La tristeza está en el fondo de nuestros ojos cuando volvemos de vacaciones, o cuando el despertador nos comunica, estridentemente, que es lunes otra vez. La tristeza está en el roce de nuestras manos, en el sonido de nuestros besos. La tristeza está en el traqueteo de los vagones del metro. La tristeza está en la suciedad de los zapatos al final del día.
La tristeza está, debe estar, impregnada en el asfalto, en los adoquines, en las baldosas de las calles de Madrid. La tristeza está, debe estar, atrapada en el aire, en la atmósfera de Madrid.
Huérfanos de Cernuda. Desestructuración cuer(po)ética. O grelo, 2009.


alex lootz en madrid

En medio de la multitud le vi pasar, con sus ojos tan rubios como la cabellera. Marchaba abriendo el aire y los cuerpos: una mujer se arrodilló a su paso. Yo sentí cómo la sangre desertaba mis venas gota a gota. Vacío, anduve sin rumbo por la ciudad. Gentes extrañas pasaban a mi lado sin verme. Un cuerpo se derritió con leve susurro al tropezarme. Anduve más y más. No sentía mis pies. Quise cogerlos en mi mano, no hallé mis manos; quise gritar y no hallé mi voz. La niebla me envolvía. Me pesaba la vida como un remordimiento; quise arrojarla de mí. Mas era imposible, porque estaba muerto y andaba entre los muertos.
LUIS CERNUDA

No conocí de verdad a Alex Lootz hasta que nos reencontramos. No era el mismo al que conocí, allá en el Reyno de Navarra. Su alegría correteaba por las estrechas calles del Casco Viejo, con cierto aire de bohemio trastornado. En Madrid, el semblante de Alex Lootz era la sombra amarga de la decepción.
Recuerdo ese reencuentro, sumergidos en un movimiento humano incontrolable: masa madrileña, de todos los lugares, imbuida en una bandera multicolor. Era un día de junio, y la gente se mezclaba y corría con alegría, júbilo y felicidad. Sin pudor, sin distinciones. Pancartas, letreros optimistas. Hombres seductores, mujeres algo duras, reflejos (falsos) de juventud, niños sólo ojos sorprendidos. Risas por todos los lados. Camiones vibrantes. Música a miles de decibelios, mezclada con la que ya había pasado o pasaría después. Circulación en multitud de direcciones que confluía en una única y palpitante idea común. Por aquella Gran Vía, mezclado con la euforia, caminaba, rumbo a la Plaza de Callao, donde debía terminar esa singular hecatombe indemne. Allí, en un lugar incierto nos reencontramos, como miembros de una misma masa que nos aisló y nos dejó solos entre ese multitud. Alex, con su pelo rubio, pegado al rostro humedecido, con su ropa blanca, salpicada de manchas de indeterminados colores. Con todo el descuido que nunca le había acompañado. Me miró, y de repente, sus ojos, oscuros como nunca, se escondieron con timidez. Llevábamos mucho tiempo sin vernos y ambos habíamos cambiado, pero ese fino hilo que algún día nos había unido, todavía permanecía en su sitio. No sé si Alex iba con alguien, pero yo me olvidé de mis acompañantes y me sumergí con él en ese momento. Alex alargó su delicada mano, casi transparente, y se agarró a mi brazo para no perderse. Estaba frío como la nieve. Juntos, nos dejamos engullir por aquella alegría que se contagiaba nada más sentirla. Caminando despacio, como después haríamos a menudo. Era una sensación extraña; desde que me cogió del brazo noté que esa alegría que se expandía en todas direcciones, y que antes me había poseído, nos evitaba. Su andar era triste, el leve roce de su mano era triste, su voz era un eco triste del pasado. Todo en él emanaba una tristeza más fuerte que toda aquella alegría. Recuerdo, estremecido, aquel movimiento, aquel abrirse a lo largo del gentío, aquel vacío a nuestro alrededor.
Alex y yo caminando solos entre la gente. Allí comenzó todo de nuevo. Salimos de la muchedumbre, y nos sentamos en el portal de un callejón oscuro y algo siniestro.
"¿Reconoces este sitio?" Miré a mi alrededor. Llevaba poco tiempo en Madrid y apenas lo había investigado. Le contesté que no y le miré a los ojos. Sus ojos, claros y brillantes, parecían ahora dos cuevas sin fondo. "Nadie lo reconocería si no fuera por esa estúpida placa." Y con su brazo señaló una pared sucia, medio derrumbada, donde se adivinaba parte de una placa deteriorada por el tiempo. Alex sonrío sin demasiadas ganas. Yo no pude evitarlo y, sin saber la razón exacta, sonreí. Sólo lo comprendí después; lo único que deseaba era un leve reconocimiento, aunque fuera perdido entre las grandes alabanzas, aunque fuera olvidado al instante. Alex quería ser recordado, ya no por la masa, sino por algún anónimo entusiasta, convertido en un devoto admirador. Conmigo, al menos, lo ha conseguido.

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