martes, 20 de abril de 2010

Carlos Manzano



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Bio-bibliografía
Nacido en Zaragoza (España) en 1965 y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Ha publicado las novelas Fósforos en manos de unos niños (Septem Ediciones. 2005), Vivir para nada (Mira Editores, 2007) y Sombras de lo cotidiano (Mira Editores, 2008). Tiene también publicados en la editorial electrónica Bubok (www.bubok.es) la novela Las fuentes del Nilo y el libro de relatos Cicatrices (la descarga de ambos libros en formato digital es gratuita), así como una reedición de Fósforos en manos de unos niños. Ha participado en el libro colectivo Relatos para el número 100 (Mira Editores, 2008) con el texto "Auxilio en carretera". Finalista del I Premio Letras de Novela Corta con la obra Las fuentes del Nilo (2003). I Concurso Literario Villa de Benasque para autores aragoneses con la obra El desierto (2004). Finalista del X Concurso de relatos cortos Juan Martín Sauras con la obra No declararé en tu contra (2005). Coordinador de la revista electrónica de literatura Narrativas. En 2007 publicó diversas colaboraciones en el suplemento cultural Laberinto del diario Milenio-El Portal de Veracruz (México). Ha realizado diversas exposiciones de fotografía desde el año 1992.

Poética
No resulta fácil diferenciar los distintos fragmentos que configuran la vida de cada cual. No sé si poseo una vertiente independiente que podría denominarse “escritor”, al igual que no creo que posea ninguna llamada “viajero”, “comedor”, “paseante” o “amante”. Soy todo eso al mismo tiempo o no soy nada. Tampoco me siento capaz de establecer la suficiente distancia respecto a mí mismo para observarme como un objeto extraño y por tanto enjuiciable. No sé por qué escribo, qué busco en la escritura ni adónde quiero llegar. Ni siquiera sé si quiero llegar a algún sitio; en todo caso, escapar de la vulgaridad y la necedad reinantes. ¿Se escribe por placer, por resentimiento, por vanidad? ¿Por cobardía? Quizá lo único que puedo decir es que detesto las respuestas tajantes, claras e inequívocas, las “verdades como puños”, porque no puedo concebir una forma más flagrante de mentira.


Textos

LA FOTOGRAFÍA 
Miro la fotografía como si fuese el último eslabón que me une a la vida, como si no me quedara nada más que eso: su imagen perfecta, su belleza inmarcesible, su sonrisa eterna.
No me conformo con pensar que al menos durante un tiempo hemos llegado a compartir algo, que su vida y la mía han oscilado sobre un mismo eje, que hemos asumido un proyecto común –un proyecto minúsculo si se quiere, puede que hasta insignificante, pero tan real y tan vivo como mi deseo lacerado y brutal–. Cuando por fin decidió que se iba, que me dejaba aquí solo y abandonado, cuando se convenció de que ya no podía ofrecerle nada más, supe que con ella se iban también todos mis sueños esquivos de adolescente, mis ansias de pasión y de vida, mi futuro ya para siempre extraviado. Otra vez –una vez más, diría yo– me quedaba a solas con mi cámara, el más fiel de mis compañeros, el único ser que nunca me ha fallado y que jamás lo hará.
Ahora tendré que acostumbrarme de nuevo a los silencios de este viejo estudio, a mi minúscula vida de fotógrafo de barrio, reconocerme en el tipo vacío y ajado que era antes de que ella entrara por la puerta. Mucho me temo que hasta dentro de algunos meses ya no necesite hacerse más fotos de carné.


NUBES DE POLVO 
Una nube de polvo y estruendo me trajo el primer recuerdo inesperadamente, de sopetón: consignas breves y primarias, eslóganes ridículos inflamados por la rabia y decenas de brazos rígidos como estacas elevándose amenazantes hacia el cielo. Fue al intentar refugiarme en el portal, sucio de sudor y de miedo, cuando me asaltó la segunda imagen: el rostro ensangrentado de un joven abatido y la mano enérgica, implacable, descargando todo su odio irracional. Mi vida entera ha sido una lucha constante por borrar toda mancha de mi biografía, por ocultar al mundo ciertas vergüenzas que hubieran impedido el reconocimiento y el éxito profesional al que al final he tenido acceso. Y tengo que decir que había logrado mi propósito sin muchas dificultades. Pero al caer de rodillas, tras ser alcanzado en los riñones por el bate salvaje de mi agresor, en mi cabeza se reprodujo como si lo estuviera contemplando ahora mismo el tercer y más indigno de los recuerdos: mi propia imagen patética, la camisa azul, las gafas oscuras, las botas de cuero, el pelo corto y las cadenas rojas de sangre pendiendo de mi mano derecha, reflejada en el escaparate todavía intacto de aquella vieja librería cuyas vitrinas teníamos la orden de destrozar. El golpe terrible, casi mortal, que recibí en el rostro justo en ese instante me impidió seguir escrutando en mi memoria. Aquel joven uniformado que me apaleaba con saña fue incapaz entender por qué, en vez de expresar el dolor más extremo o retorcerse en una mueca de pánico, mi rostro se adornaba con una sonrisa irónica y socarrona, antes de verme inmerso en una profunda y delirante nube blanca de donde tal vez –según me pareció escuchar a uno de los enfermeros que me recogieron del suelo– no iba a poder volver a salir nunca más.


NO ERA MAL TIPO 
No era mal tipo. Se contaban entre sus debilidades las raciones de madejas y de criadillas que preparaban todas las tardes en el bar de abajo y las magras con tomate que con tanto esmero le cocinaba su mujer, las cuales ingería con entusiasmo y voracidad, hasta dejar el plato completamente limpio. Llevaba siempre las camisas llenas de manchones y no le importaba bostezar en público sin llevarse siquiera la mano a la boca. Pero siempre cedía el asiento a los mayores en la consulta del médico y se preocupaba de subirse la cremallera del pantalón cada vez que salía del váter. También solía frecuentar el club que había en uno de los bajos de su calle y formaba una pareja estupenda con Manolo Esnaola en las partidas de guiñote que todos los sábados y domingos tenían lugar en el bar de Benito. Pero era un trabajador aplicado y constante, de los que siempre responden cuando el jefe los necesita. Algunas tardes –las menos– bebía más vasos de vino de la cuenta y eso acentuaba su agresividad y su mal carácter. Pero todos los años, por el cumpleaños de su madre, le enviaba un ramo de flores a la residencia y cada semana, religiosamente, le compraba el Diez Minutos a su mujer. Y es que hay cosas por las que, por encima de todo, un hombre merecería ser recordado siempre.

1 comentario:

carlos de la parra dijo...

Un retrato hermoso del verdadero supermán.
El hombre de todos los días,el que quizás incluso llegue a encontrar la felicidad,adquirida
por la gracia de ser él mismo.

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