lunes, 15 de marzo de 2010

Marina Sanmartín Pla




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Javier Marías
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Tambien le gusta leer a:
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Bio-bibliografía
Marina Sanmartín Pla nace en Valencia, en 1977. Licenciada en periodismo, en 2001 se traslada a Madrid para quedarse. Desde hace más de cinco años, ejerce de librera y escribe sin parar, que es lo que más le gusta. En mayo de 2009, la editorial Baile del Sol publicó su primer libro de relatos, La vida después; y en noviembre del mismo año cuatro de sus cuentos fueron incluidos en la antología Mujeres cuentistas, también publicada por Baile. En la actualidad, ha abandonado la gestión de librerías con la intención de dedicarse a una novela que lleva mucho tiempo en mente. Por otra parte, en agosto del año pasado, crea su bitácora, La fallera cósmica, que ha sido considerado por la Revista de Letras y sus lectores “Mejor blog nacional de creación literaria 2010”.

Poética
Cada vez estoy más convencida de que escribo por necesidad; y creo que con eso se resume toda mi poética, porque no hay pauta común en mis relatos ni en mis artículos… únicamente ese impulso inicial que nace siempre de una pequeña tragedia personal o de un estado de ánimo aún desconocido. Es por eso que suelo escribir en presente, dada la inmediatez de lo que me inspira, y sobre las cosas más cercanas, las que me rodean: escribo sobre la ciudad, que es un ser vivo en el que nos incluimos; y sobre el sexo, sobre las atracciones que nos obsesionan y nos hacen perder el control. Me gustan las frases cortas, de estilo periodístico, y dedicarme a buscar imágenes que me “suenen bien”, que hagan “clic” en el cerebro del lector, permitiéndole que se identifique con ellas. Me gusta la vida cotidiana, porque siempre quedarán en ella rincones por explorar… y me gusta el mar, donde mis personajes suelen escaparse en busca de refugio, como yo lo hago. Por último, me doy cuenta de que necesito la literatura, la música y el cine de los otros; utilizar sonidos e imágenes, títulos de novelas para crear un mundo independiente, dentro de la narración. Eso es lo que necesito.


Textos 

UN BESO
(publicado en La Fallera Cósmica)

… recuerda el beso de S en el andén, porque fue verdad. Existió entre las llegadas y las salidas de los trenes, una noche fría del invierno. Cierra los ojos y vuelve a la estación, al momento en el que aún estaba vivo y sus sentidos, como radares de una sensibilidad altísima, encontraban placer en todas las palabras. Y se pregunta qué pasaría si pudiera desandar el camino, recuperar la rutina de relojes y palmeras de chocolate… pero no puede. La Heineken congelada se desliza entre sus dedos. El vidrio de la botella, como una piedra preciosa, filtra la luz de las farolas de la plaza de España y produce extraños dibujos en el borde de piedra de la fuente. Sonríe y bebe un trago largo, que le congela la garganta.
Está solo. Habita la madrugada sin ningún miedo, porque es él el depredador nocturno, el asesino caníbal que se cuela por las ventanas de los niños, el violador que no se detendrá ante ninguna súplica; él es la tristeza y la desesperación de la que hay que esconderse, ante la que se debe guardar silencio.
Aquel beso que no se volvió a repetir le marcó con la fuerza del hierro incandescente; fue lava al rojo vivo sellándole los labios para siempre, expulsándolo del paraiso... y el fuego, poco a poco, se fue convirtiendo en grados bajo cero.
Ahora su memoria es lenta, prematuramente envejecida por la pena y el alcohol que, no conformes con haber obtenido la victoria, le someten cada noche a la más humillante de las torturas. Un primer plano nos permite observar como mueve los labios formulando conjuros invisibles, que apestan a borracho sin ningún crédito.
Mañana, si todavía vive, los adolescentes le señalarán con el dedo, como cada tarde al salir del instituto; y se reirán de él, pero no le dolerá: el olvido fue una elección voluntaria; fue consciente la transformación en estatua de hielo.

**** 

(publicado en La fallera Cósmica)

Ayer jugamos a como deberían ser las cosas; y tú dijiste que siempre debería llover en los entierros. Entonces, no sé por qué, me acordé de la nieve aquella mañana en que apenas nos conocíamos, de cómo nos reímos; y se apoderó de mí una tristeza infinita, irreconocible; una prueba más de cuánto me has cambiado. Ahora huelo a tierra húmeda y en mis ojos ya no sobrevive ninguna esperanza. Sólo me queda el sonido monótono e insistente de la lluvia que, en medio de la noche, choca contra las palas frenéticas de los sepultureros.

*** 

LA VIDA DESPUÉS
(relato publicado en La vida después. Baile del Sol, 2009)

Te descubro por casualidad, al entrar en la habitación en busca de unas braguitas que llevarme a la ducha. No te das cuenta de que abro la puerta y me quedo observándote en silencio. Estás en la ventana, todavía en pijama, mirando a la calle sentado sobre el baúl azul, estampado de flores amarillas. Fumas. Te has liado un pitillo antes de llegar hasta aquí para salirte del mundo y contemplarlo desde fuera con esa expresión tan tuya de cargar con el peso de todos los secretos.

Mientras me acerco a ti para abrazarte, sé que te gustaría que esto pasara en blanco y negro; que tú y yo nos moviéramos dentro de una película de la Nouvelle Vague. Como Seberg y Belmondo, sin otra cosa que hacer en este domingo de otoño que enredarnos entre las sábanas de nuestra cama deshecha y perdernos en un diálogo que, de tan cotidiano, sonaría al público artificial... sí, tendríamos público y actuaríamos “al margen”. Me lo explicaste una vez, seguro que ya no te acuerdas, cuando nos queríamos con la fuerza del principio de las historias. Hacíamos cola delante de la taquilla de la filmoteca y, para entretenerme, me explicaste que con frecuencia los personajes de la Nouvelle Vague actúan en circunstancias de excepcionalidad, “dentro de un paréntesis”. En aquel momento me pareció que salía con el hombre más culto del planeta; ahora estoy detrás de ti y voy a abrazarte para contarte al oído lo que se me acaba de ocurrir, pero tú te adelantas y me pides que te deje solo.

Si fueras Belmondo, ese “déjame” querría decir cuánto me quieres; equivaldría a la petición solapada de un abrazo que, aunque también sería rechazado, en el fondo me agradecerías. Sin embargo no voy a adivinar más.

Me pides que me vaya y me despiertas, así que salgo hacia la ducha y te dejo descalzo con la tarde que cae, envasado al vacío, fuera de tiempo mientras empieza la vida después de nosotros.

**** 

I WILL SURVIVE
(publicado en La fallera cósmica)

Vuelvo a Madrid, a los dos Labriegos, a los amigos que han compartido conmigo los últimos años y han pisado cada una de mis huellas. Vuelvo y encuentro la Gran Vía con sus luces de neón, como siempre, a medio gas; las obras de Callao y los gusanos de gente que, sin saberlo, se coordina en una danza extraña, entrando y saliendo de las bocas de metro, atiborrando los dos lados de los semáforos, anónima. Aquí nadie tiene nombre, ni siquiera yo lo tengo. Dejo en casa toda mi tristeza. No hablo de ella, aunque a cada trago de Crianza me golpea el esternón, como la onda expansiva de una bomba.
Alvar me recoge en mi portal. Apenas son las ocho de la tarde. Lo último que he visto en la tele, antes de que viniera a recogerme, es a Jorge Javier anunciando las delicias del Sávame Deluxe. Cuando vuelvo a las doce y media, Jorge Javier sigue en la pantalla, con Asdrúbal, ese intelectual denunciado por "una chica despechada". ¿Es que no hay ningún presentador más?
Le cuento a Alvar algunas de mis penas. Anita, le doy nuestro regalo. Y luego van llegando Calamar, Silvi, mi hermana, Iñaki, Ramón... nos bebemos dos botellas de vino en nuestra mesa del Labriego Auténtico. Fumamos. Nos reímos. Arreglamos un mundo que nos lo pone muy fácil, porque en el tiempo que pasamos sin vernos, con la inestabilidad de un castillo de naipes, se vuelve a desmoronar. Me siento querida y, a la vez, mi reflejo en la ventana del bar se convierte en una radiografía que me revela lo que escondo en mi interior: soy la canción más desgarradora de La Quinta Estación; soy el andén después de la despedida; la playa de Alcocebre en verano, cuando amanece y se van a dormir los últimos adolescentes, cuando vuelve a quedarse sola y en silencio; soy cada uno de los trayectos de RENFE desde Recoletos hasta Alcalá... soy Hiroshima y Nagasaki, como páramos calcinados al paso de la ola nuclear. Por dentro, me recorre el viento de los cementerios.
Y es en el dolor donde reside toda mi fuerza.
No habrá más lágrimas, sólo palabras-cuchillo lanzadas sin piedad; piedras contra la experiencia, golpeándonos la piel.
Me voy a dejar crecer las uñas a cambio de vomitar con sangre un collar de recuerdos sin digerir... tampoco habrá resentimiento, ni venganza... me limitaré a escribir un cuento.
Voy a sobrevivir.

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