martes, 23 de marzo de 2010

Manuel Astur González



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Juan Soto Ivars
Aníbal García Arregui

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También el gusta leer:
Kurzio Malaparte, Knut Hamsun, Salinger, Capote, Bolaño, Vila-Matas, Buzatti, Amis, Coetzee, Umbral, Gombrowitz, George Perec, Shepard, Ramón Gomez de la Serna, M.Sebastian, Auster.

Biografía
Nacido en 1980 en un minúsculo pueblo de Asturias. He escrito narrativa breve, teatro y guiones para radio, cine y televisión, aunque desde hace 5 años escribo principalmente poesía y novela. Residente en Madrid desde el año 2000 he colaborado con diversas revistas y dirigido la revista cultural Arto!. Fundador del movimiento artístico Nuevo DRAMA, que se reúne todos los viernes en una tertulia bajo el nombre de Tertulia de la Retaguardia, actualmente preparo un volumen de poesía, está a punto de ser publicada mi primera novela “que no vuelva a crecer la hierba” y escribo incansable la segunda, “Putos y genios”. También soy crítico musical y dirijo  un programa de radio con una media de 90.000 oyentes en toda España.

Poética
Eso de jugarse la vida por cualquier superstición recién creada, cruzar los pasos de cebra pisando únicamente las franjas blancas, hacer equilibrios en el bordillo de la acera, consciente de que a cada lado está el abismo, incluso intentar fumar solo cinco cigarros al día. Es raro, pero cotidiano y vital, absolutamente necesario para la existencia. Exactamente igual que la poesía. 


Textos 


Haiku
Estoy en una azotea de un edificio en las afueras de Madrid. No tendría que estar ahí y ni siquiera sé por qué he subido. Está oscureciendo. Las golondrinas pasan rozándome la cabeza y susurrándome al oido que Dios existe. Cierro los ojos y respiro antes de saltar.
Ahora estoy en una habitación donde cincuenta ancianos lloran y se arañan la cara. Siento un dolor infinito, algo hace crak dentro de mi y grito.
Estoy borracho hablando con una chica en un bar, no la escucho, quiero morderla hasta que sangre. Me pido otra copa y el camarero se niega a servírmela. Le digo que soy poeta, que necesito visiones. Vomito en el retrete, me siento en la taza. Escribo en la puerta un haiku capaz de matarlos a todos.
Regreso a casa; mis amigos estaban esperándome. 


Mi obra
El conjunto de mi obra es una gran mierda, en serio.
He cagado en todas las ediciones de ARCO de los últimos 6 años.
He cagado en le Museo del Prado y en el Escorial. He cagado bien a gusto en la Mezquita de Córdoba.
He cagado en la National Gallery, en Londres, temblando, al borde de una crisis nerviosa.
He cagado leyendo de todo, gocé especialmente al limpiarme el culo con “Pálido Fuego”de Navokob.
He dejado lo peor y mejor de mí en un lago helado de Laponia y en la cumbre invernal del Pico Aneto (me reconforta pensar que mi caca seguirá, dentro de siglos, impoluta, como el primer día, hasta que en el año 2500 un descendiente mío la pise y el polvo que quede de mi se ría como nunca lo he hecho en vida)
De cagalera en el Museo Picasso y estreñido en una retrospectiva sobre Ramón Gómez de la Serna .Con gases en una sobre el teatro ruso. En el Teatro Real una mierda barroca que parecía de oro, en el Museo Botánico mis efluvios dejaron extasiadas a las plantas carnívoras. Han llegado a brotar las lágrimas de mis ojos en el Tissen.
Durante toda mi vida, hasta que hace poco, en la monumental estación de trenes de Helsinki, di mi obra por acabada y escribí en la puerta del retrete: “si en un mapa de Europa unieras con una línea fina todos los punto donde he dejado mi mejor mierda obtendrías el dibujo de un precioso escarabajo pelotero” .Por último, y por supuesto, firmé. 


Una gran oportunidad
Un chico y una chica son los únicos supervivientes tras un cataclismo nuclear que ha destruido a la humanidad. Ella está durmiendo encima de un mostrador de una librería. Él coge una pluma de oro de una vitrina rota y una libreta de papel. Sonríe. Antes escribía mucho, tenía cosas publicadas, vivía de y para eso. Quizás sería bueno escribir lo que ha pasado, quién sabe, quizás con nuestros descendientes se vuelva a poblar la tierra, piensa, quizás esto que escriba pase a la posteridad como la obra más importante de la historia. Duda, parece quedarse en blanco. Suelta una carcajada. Empieza a escribir: “al principio era la oscuridad, después llegué yo, el verbo, podéis llamarme Dios. Escribo esto por medio de mi hijo, el primer humano nuevo, al que tendréis que adorar generación tras generación por haberos dado la palabra. Si no, os pasará como a los antiguos que fueron soberbios y despreciaron las palabras que les dio en mi nombre”. Para de escribir, satisfecho. Hay tiempo, se dice. Y despierta a la chica metiéndole directamente la polla en la boca.


Los Bárbaros 
Se fue la luz y a nadie, en la calle, pareció importarle. Se pobló la oscuridad de presentimientos y tan solo los perros ladraron a una luna sangrienta y unas estrellas redescubiertas. La ciudad entera calló en la noche y los borrachos cantaron canciones populares y romances olvidados. Alguien se batió en duelo por una mujer debajo de mi ventana. Algunos alborotadores pedían que rodara la cabeza de su, hasta ayer mismo, querido rey. Yo salí al balcón y comprendí, en cuanto percibí el olor de madera quemada y hierba seca, que era el principio o el fin del mundo. Cascos de caballos, miles de ellos, tal vez millones, se acercaban desde la lejanía, y escuché el ruido, un rugido, una tormenta, un crujido prolongado, producido por los gritos de los bárbaros que los cabalgaban y que volvían, por fin, a por lo que desde siempre había sido suyo y nosotros les habíamos robado.
Me quedé esperando, viendo como ardía el horizonte, observando a los niños correr entre lloros, llamando a sus madres, escuchando los gritos de las mujeres que estaban siendo violadas, el sonido, como un suspiro, de las cabezas que estaban siendo cortadas. Tranquilamente aguardé a que vinieran a por mi, a que tiraran la puerta de mi casa, que quemaran mis libros y que me recordarán lo que siempre ha sido la vida. A que me castigaran por no haber aprendido a escribir como el agua clara y no haber dado de beber a los sedientos.


Matemáticas
Esta tarde de domingo  hago cosas sin sentido para matar el tiempo. Como contar las palabras que he escrito desde que tengo ordenador, unos 7 años, y, por lo tanto, Word (que te dice el total de tus palabras). He escrito 333.535 palabras. Siete años son 61.320 horas. Por lo tanto he derrochado mi supuesto talento,  a una velocidad media de 4,8 palabras por hora. Cuatro palabras y media en velocidad crucero camino de la muerte. Cuatro palabras que podrían ser “amor, soledad, ego y noche”. Y media que podría ser “Felicidad”, sin terminar de ser dicha del todo, susurrada.


Asturias
La lluvia, hoy llueve, la lluvia y mi infancia y mi vida y mis huesos doloridos desde el primer minuto de existencia.
La lluvia presente. En el techo de mi habitación una mancha de humedad que parecía una cara sonriente, en el techo del cielo una mancha de humedad que parecía Cristo crucificado, en el techo de mi cabeza una mancha de humedad que parecía un recuerdo casi olvidado, huellas, pruebas de que hay que retejar, pero lo dejamos, siempre, para el próximo verano. En mi pelo, en mi ropa, la lluvia duerme por las noches en mi armario. Por las mañanas, camino del colegio, las farolas se multiplicaban por dos y veía mi rostro cansado haciéndome muecas desde el fondo de los charcos. En el quiosco del parque, bebiendo borrachos, en una casa abandonada, bebiendo borrachos, en unas obras, bebiendo borrachos, cualquier sitio era bueno para ocultarse. Y sin embargo era imposible no mojarse, vivir mojado, hablar nublado, pensar gris, no estar borracho, no estar siempre tan empapado que dieran ganas de arrancarse la piel y ponerla a secar en un tendal, en las ramas de un árbol, en unas rocas en la playa. Imposible no tener ganas de huir de Asturias, de quemar a cualquier vieja loca en la plaza del pueblo acusándola de bruja.


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