viernes, 19 de marzo de 2010

Juan Salido-Vico



Mencionado  por:
Álex Chico
Jordi Corominas i Julián
Sergio Sastre
Ginés S. Cutillas
Iván Humanes

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Sergio Sastre
Álex Chico
Jordi Corominas i Julián
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También le gusta leer a:
Pascal Quignard, Pierre Michon, Guy Davenport, Philip Roth, Gonçalo M. Tavares, Dostoievski, Kafka, Borges, Cortázar, Gombrowicz, Carver, Chejov, Camus, Arlt, Bolaño, Kawabata, Perec, Julio Ramón Ribeyro, Maurice Blanchot, Boris Vian, Arthur Schnitzler, Gesualdo  Bufalino, W. G. Sebald… 

Bio-bibliografía
Juan Salido-Vico (Badalona, 1975) es licenciado en Comunicación Audiovisual y  D.E.A. en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Recibió el Premio Arcipreste de Hita con su primer poemario, Víspera de ayer (Pre-Textos, 2005), y un accésit del Premio de Poesía Ciudad de Zaragoza con el cuaderno Gozne (Ayuntamiento de Zaragoza, 2009). Ha obtenido diversos premios de relato y ha sido seleccionado para participar en el ciclo de lecturas La Voz + Joven, organizado por la Obra Social de Caja Madrid. Ha colaborado con artículos y reseñas sobre cine y literatura en numerosas revistas culturales, y ha formado parte de diferentes iniciativas relacionadas con la poesía visual. Su obra aparece antologada en Nuevos relatos para leer en el autobús (Cuadernos del Vigía, 2009), Antología 30 (Pre-Textos, 2009), Paisajes extrañados (Universitat de Barcelona, 2010) y Poesía Errante (Delenda Est Carthago, 2010). Es coautor del ensayo Johnnie To: Redefiniendo el cine de autor (Ediciones Cine Asia, 2005). Mantiene el blog literario Improntuario, y coordina el ciclo de lecturas poéticas Els dilluns de la Cigale. 

Poética
Volver obsesivamente a la escena del crimen. 


Textos

La boca del lobo
(Texto incluido en Nuevos relatos para leer en el autobús, Cuadernos del Vigía, 2009).

 Dos perros pueden matar a un león
(Proverbio hebreo)

    Hacía horas que no cesaba de caer la nieve. El viejo alzó una punta de la cortina y se entretuvo fijando la vista en las ramas del árbol más cercano. Es posible que encontrara cierto consuelo en la monotonía de ese ritmo. El viento sopló oblicuamente, barrió unos cuantos copos, las ramas se agitaron. El reloj de pared dio las diez. El viejo se apartó de la ventana y se acercó a la mesa. La pipa reposaba junto a la bolsa de tabaco turco. Un libro abierto, con las tapas hacia arriba, recogía la luz insuficiente de una bujía cercana. El viejo agarró una silla y la acercó al fuego. El aroma dulzón del tabaco se mezcló con el de la leña. Prosiguió la lectura. “Biniamin es un lobo que devora. Por la mañana comerá su botín. Por la noche dividirá los despojos”. Elsa entró en la habitación. “Sus caballos son más rápidos que leopardos, y de dientes más afilados que los lobos de la noche”. Elsa entró sin hacer ruido, y se detuvo a unos pasos del viejo. “Por eso el león de la selva les atacará, y el lobo de las planicies les despojará”. Elsa abrió los labios, dudó, decidió sentarse. La nieve no cesaba de caer y Elsa callaba.
    Un golpe en la puerta sacó al viejo de su sopor. Elsa se puso en pie de un salto, aunque no se apartó de la silla. Alzo él su mano derecha y se llevó el índice izquierdo a los labios. Un nuevo golpe. El viejo se acercó con determinación a la puerta, la abrió. Un hombre medio congelado entró sin mediar palabra y corrió hasta el fuego. Sus cabellos eran un ovillo de escarcha y una gruesa capa de nieve cubría sus botas. Sus manos, tan desprotegidas como su cabeza, brillaban enrojecidas. Una especie de manta rodeaba su cuerpo, desde los hombros hasta los tobillos. El viejo indicó a Elsa que calentara algo de comer mientras cogía una botella de un estante. Después de unos minutos el hombre se incorporó. El viejo le alcanzó un vaso, que vació de un trago, y le ofreció asiento a la mesa. El hombre se despojó de su manto. Me llamo Fritz, dijo, mientras un uniforme militar aparecía como un fantasma en medio de la habitación. El soldado se sentó. Yo soy Karl, y ella es Elsa, dijo el viejo.
    El visitante sorbía la sopa, Karl y Elsa le observaban con detenimiento. Era muy joven, casi un niño, en realidad. De vez en cuando alzaba la cabeza y fijaba la mirada en algún punto impreciso, sin acabar de atreverse a cruzarla con la de sus anfitriones. Cuando hubo acabado el plato, comenzó a contar su historia sin que nadie le preguntara.
    Fritz habló sin interrupción durante algunos minutos. Pertenecía a la “organización” Werewolf, el grupo de resistencia creado por Himmler en 1945 ante el avance de los aliados en territorio alemán. Aunque había transcurrido ya casi un año desde el fin de la guerra, algunas decenas de sus miembros permanecían aún en sus refugios, desde donde planificaban atentados contra los traidores de la nación. Fritz era el único que había logrado salir con vida de una de esas operaciones, destinada esta vez a eliminar al alcalde colaboracionista de una población cercana. Por lo visto trataba de refugiarse de nuevo en las montañas. Pero no sé por qué os cuento todo esto, añadió.
    El muchacho miró por primera vez al viejo. Yo también soy, en cierto modo, el último de los míos, dijo al fin, mientras se alzaba una de las mangas de la camisa y dejaba ver un número de cuatro cifras grabado en el antebrazo. Fritz se giró hacia Elsa, quien en ningún momento había dejado de observarle fijamente. ¿Y tú?, le preguntó. La chica asintió. Fritz se puso en pie, se acerco al fuego, extendió las palmas. El viejo hizo ademán de incorporarse, pero el soldado se lo impidió, colocando brevemente uno de sus pies descalzos sobre sus rodillas. Dio luego unos pasos por la habitación, se acercó a la ventana, descorrió la cortina. Permaneció de pie, de espaldas a la pareja, en silencio. A continuación volvió a la mesa, se sentó de nuevo, tomó otro vaso de vino. Tamborileaba con los nudillos, la mirada fija en Elsa, desviada de vez en cuando hacia el viejo. El fuego crepitaba y la nieve seguía desfilando parsimoniosa tras los cristales del ventanal. Tráeme las botas, ordenó de repente. Elsa obedeció sin dejar traslucir emoción alguna: se acercó al hogar, recogió las botas aún mojadas, se arrodilló y las enfundó en los pies del soldado. Fritz le alzó la barbilla y la observó detenidamente. Los ojos de la muchacha seguían ajenos a la situación, inexpresivos.
    El soldado acabó la botella. Después se levantó y comenzó a caminar de nuevo por la habitación, haciendo crujir el piso con los tacones de sus botas. Por último recogió la manta que el viejo había extendido junto al fuego y se dirigió la puerta. A medio camino se detuvo. ¿Sabéis que podría mataros como a perros?, dijo entonces, con una voz sorprendentemente pausada, mientras apoyaba la palma derecha en la funda de su pistola. Dos perros pueden matar a un león, respondió el viejo mientras se incorporaba. El soldado soltó una carcajada, que cortó en seco. Dame algo para el camino, ordenó, señalando una hogaza. Elsa cogió el pan y se lo acercó. Fritz se apoderó del alimento con una mano y con la otra agarró la muñeca de la joven, quien apenas varió de expresión. Tras mirar otra vez al viejo, la soltó y salió de la cabaña.
    Apenas se hubo marchado el soldado, Karl volvió a su silla, abrió de nuevo la Torá y siguió leyendo: “Porque en el campo la encontró, la doncella desposada gritó, pero no había nadie que la salvase…”. Elsa salió de la habitación y regresó poco después. Terminó de abrocharse el abrigo, se ajustó la capucha, abrió la puerta. Una lámina de nieve cubrió por tercera vez los tablones del zaguán.
    No tardó la muchacha en divisar a Fritz, aprovechando la espléndida luz que proporcionaba la luna llena, y en escasos minutos lo alcanzó. El soldado sonrió y dejó que se acercara. Se besaron con crudeza. Elsa le cogió de la mano y le condujo campo a través hasta una minúscula cueva.
Se tumbó sobre la manta mojada, se quitó la blusa. Fritz encendió una cerilla y recorrió sus brazos. Tú no tienes marca, observó. Elsa negó con la cabeza mientras le atraía hacia sí. Fritz se abalanzó sobre sus labios, pero Elsa lo esquivó para colocarse encima de él. Fritz sonrió de nuevo y extendió sus brazos en cruz. Elsa le abrió entonces la camisa y con una de sus largas uñas le grabó una cifra sobre el pecho. Más abajo trazó la palabra “caleb”, “perro” en hebreo. Fritz aullaba de dolor mientras trataba en vano de liberarse del cuerpo de Elsa, cuyo rostro, en la penumbra de la cueva, parecía deformarse progresivamente. Una dentellada bastó para desgarrarle el cuello.
    Sonaban las doce y media en el reloj de pared cuando la puerta se abrió de nuevo. Elsa pasó en silencio junto al viejo, dejó caer un trozo de tela sobre la mesa y prosiguió sin detenerse, camino de su cuarto. Karl se levantó y agarró el retal con avidez. Luego se dirigió a un rincón, levantó una tabla suelta del suelo, extrajo un pequeño cofre, rascó el barro adherido al águila bordada y la guardó junto al resto.


Tesoro
(Inédito).

Contempla las evoluciones de los trabajadores con evidente fascinación. Su interés, sin embargo, no ha de asociarse al aburrimiento o a la nostalgia del trabajo. A diferencia del resto, el anciano de la gabardina marrón espía desde hace años las excavaciones de su ciudad sólo en espera de un pequeño milagro: sabe que algún día una pala ha de chocar contra el auténtico final de este cuento.

1 comentario:

Olga B. dijo...

Conocía el primer tesoro y me ha encantado leer el segundo.
Felicidades, Juan. En muchas líneas o en cuatro, aquí hay un narrador. Y mucha afinidad;-)

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