jueves, 4 de marzo de 2010

Ginés S. Cutillas



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Bio-bibliografía 
Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973) 
Ingeniero informático por la Universidad Politécnica de Valencia y licenciado en Documentación por la Universidad de Granada.
Autor del libro de cuentos "La biblioteca de la vida" (Fundación Drac, 2007) y del libro de microrrelatos “Un koala en el armario” (Cuadernos del Vigía, 2010). Su obra ha aparecido también en varías antologías de relatos y microrrelatos, como "Ficción sur" (Traspiés, 2008), "A contrarreloj II" (Hipálage, 2008) o "Por favor, sea breve 2" (Páginas de espuma, 2009).
Entre los galardones que ha recibido se encuentran el Premio Internacional de Minicuento El Dinosaurio 2007 (Feria del libro de La Habana), el de la Feria del libro de Granada 2006, el de relatos de la Fundación Drac 2007 y el microrrelatos Literatura Comprimida 2006. Colabora en diversas revistas literarias, como "El oteador de los nuevos tiempos", "Prometheus", "Spejismos", "En sentido figurado" o "Papeles de humo". Fue crítico literario en "La Opinión de Granada".
Actualmente vive en Barcelona.
Su página web es www.ginescutillas.com

Poética
Escribir.
“13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas.” Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo.
Naturalmente, lo que no dice ocupa más de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que lo fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cada una de ellas. Sin estos sobreentendidos primordiales, la escritura resultaría imposible.
Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja pregunta de para qué sirve la literatura. Sirve para contarlo. Todos aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración. Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.
(Juan José Millás) 


Textos
     

     Las manos

     Mi mano se encontró con la de aquella desconocida entre las paradas de Entença  y Hospital Clínic. Aquejado de una vergüenza infinita, no me atreví a mirarla de reojo hasta cuatro paradas después, justo en el momento en que me di cuenta de que había pasado la mía.
     Me levanté de improviso pensando que la inesperada unión se truncaría, pero ella me siguió sin soltarse. Como dos colegiales, llegamos hasta la puerta y evitando el reflejo en el cristal, esperamos a que el tren se detuviera.
     Tomé la iniciativa. Con un ligero apretón le indiqué que me siguiera hasta la terraza de un bar. Nos sentamos en la misma mesa. Ella pidió café, yo cerveza. Ninguno rompió el silencio y, aunque nuestras palmas permanecían unidas, nuestras miradas seguían sin cruzarse.
     A la hora de pagar, y ante la ausencia de presentaciones, pedimos cuentas por separado  dirigiéndonos de la misma forma al desconcertado camarero.
     Fue ella la que tomó entonces el control. Me arrastró de la mano hacia un paseo por la avenida de Gaudí, donde una paloma suicida hizo que levantara los brazos y casi provoca la ruptura de nuestro enlace y del mutismo que comenzaba a parecer pactado.
     Durante horas anduvimos juntos. Elegimos los mismos caminos, las mismas tiendas, el mismo restaurante.
     Fue una decisión unilateral la de vivir en mi casa. Recuerdo con cariño la primera noche en que el pudor hizo que nos ducháramos por turnos; mientras uno estaba debajo del agua, el otro esperaba paciente al otro lado de la cortina.
     Tenemos dos hijos. A uno le puse yo el nombre, el del otro lo desconozco. En cuanto reúna el valor suficiente, le pediré a Carlitos que pregunte a su madre por el suyo y el de su hermano. 


     Un pequeño problema

     Dejé de usar reloj el día en que mi mano izquierda desapareció. Me costó mucho hacerme a la idea de su pérdida pero pensé que la mano derecha sería suficiente para los quehaceres diarios.
     Más complicada fue la desaparición de las rodillas, pues aunque los pies seguían estando allí, no existía nexo alguno con el resto del cuerpo, así que tuve que abandonarlos en el zapatero. El sitio más lógico que supe encontrar.
     El día que desperté sin cadera, me planteé ir al médico. Éste no encontró explicación a lo que me estaba ocurriendo. Analgésicos y descanso fueron sus consejos. Pero no funcionaron.
     A la cadera le siguieron el brazo izquierdo, el torso, la espalda y los hombros. Lo que provocó la caída del brazo derecho que aún desembocaba en mano. Él solito reptó hasta el zapatero y se metió dentro, supongo que por aquello de no sentirse solo.
     Y allí estaba yo, con la cabeza y el cuello pegado al suelo cual seta silvestre.
     Lo último que acerté a pensar, antes de desaparecer completamente, fue: “Quizá ella me esté olvidando”. 


     El equilibrio del mundo

     Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida.
     Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones en que –con tanto crío– me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulato. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad, me llegaron transformados: la chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aun así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.
     El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser sus pseudohermanos– fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas, a decir verdad.
     Ahora, ya en el lecho de muerte espero, cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

3 comentarios:

Cristina García Morales dijo...

"La biblioteca de la vida" es una pequeña joya de bolsillo que consigue que nos comparezcamos de un nazi (ya sé, Ginés: la cabra tira al monte).
Ánimo con el koala y el resto del elenco dadá, tan grandioso.
Y pobrecita seta silvestre. ¿Son imaginaciones mías o se parece a ti?

isabel dijo...

De la escritura de Ginés, destaca la naturalidad con que hilvana la extrañeza. Tras leerlo, nada es escabroso, condenable o impensable. Puedes despertar junto a un elefante o hablar con los jacintos del parque o tratar de volar y volar de hecho. Todo es posible, todo puede asumirse, así que tomemos decisiones cuerdas: compremos un colchón más grande, levantemos nuestro sombrero al pasar junto a las flores y permanezcamos atentos al tendido eléctrico.

Miguelángel Flores dijo...

Esta es la manera de escribir que amo. Escribir absurdamente, ilógimante, extrañamente, pareciendo no decir nada, para estar contando realmente la vida.

Voya a seguirte Ginés. Un saludo

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