viernes, 12 de febrero de 2010

Víctor Charneco




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Bio-Bibliografía
Víctor Charneco nació en Zafra, provincia de Badajoz, en 1976. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, ha completado un extenuante periplo como periodista, director de comunicación y gestor cultural; actualmente ejerce en una cadena de televisión pública y dirige la creación de un Máster en Nuevo Periodismo para una universidad on-line. Es autor del libro de relatos Duelos, todavía pendiente de publicación, y está trabajando en su primera novela, que espera tener terminada para el próximo verano. Habitual del relato corto y las experiencias de ficción breve o hiperbreve, la actual es su incursión narrativa más ambiciosa.

Poética
Mantengo con la literatura una relación compleja, sólo desvelada parcialmente con el paso de los años; sé de ella desde siempre, y he atendido sus peticiones con frecuencia, pero no ha sido hasta los últimos años cuando su presencia se me ha ido imponiendo. Y podría decirse  que lo ha hecho a pesar de mis propios intentos –inconscientes- de sepultarla bajo escombreras de obligaciones profesionales, devociones juveniles y responsabilidades familiares. Sin importar el tiempo de mi desatención, siempre regresó a mí con idéntica fortaleza, revelándose en pequeños síntomas internos de malestar, que sólo después de la lectura de una obra hermosa se me mostraban en toda su crudeza: tenía arrumbado en mí lo que con mayor intensidad podía hacerme feliz –también lo que con más afilada fiereza me haría sufrir-. Después de cada aviso retornaba a la escritura, aunque nunca con la determinación o la constancia suficientes para imponerla con regularidad sobre el orden agotador de mis jornadas laborales; condenándome a acarrear siempre un poso amargo de insatisfacción, quizás nunca tan intenso como para llenarme de angustia, tampoco tan leve como para pasar inadvertido. Hace un par de años, una noche de copas, un amigo dio con la tecla adecuada, retándome a imponer mi criterio sobre la cobardía que, en sus palabras, atenazaba mi caudal creativo. Situado en el marco idóneo para una gran decisión (la noche, sin duda) y herido en mi orgullo de escritor postergado por el trabajador que invade su cuerpo, acepté el desafío: en un año tendría un libro para presentarles. El resto podría contarse con un punto de interés biológico y habla de las metamorfosis que se dan en nosotros a lo largo de la vida: el final de una etapa profesional financió mi viaje hacia mí mismo, tres meses en Nueva York, con el único objetivo de terminar la tarea titánica en la que había comprometido mi nombre. En uno de los lugares donde más prodigios tienen lugar, se dio el mío; no ya el nacimiento de Duelos, sino la transformación de quien le daba forma: nunca más un aspirante a escritor, ya un escritor con todo su equipaje de luces y sombras, atado a la pasión y doliente por ella.
La contemplación de mi poética con perspectiva me ha deparado una reconocimiento y dos sorpresas. Desde siempre supe de mi gusto por los perdedores, así que su descubrimiento en mis textos no me ha resultado extraño; me interesan sus motivaciones, el modo gracias al cual consiguen sobrevivir a su derrota, qué sienten y piensan, y aún más, hasta dónde podrían llegar movidos por el rencor o la esperanza de encontrar un mecanismo capaz de exiliarse de su condición de fracasados. Quiero creer en las mieles de la felicidad, pero sé de la capacidad germinal de la derrota, de cuya devastación siempre surgen seres más fuertes, complejos y determinados, de mirada profunda y gesto intenso, una suerte extraña de héroes contemporáneos. Hasta ahí sabía y es muy probable que por ese mismo camino sigan mis pasos, me gustan sus sombras y encuentro incomparable el calor de su luz.
Pero las dos características recién descubiertas son, en mi intelecto, más sorprendentes. Retrospectivamente he hallado la presencia constante y esencial de la muerte en mis textos; en la mayoría de ellos está, en ocasiones como un factor determinante, el punto de giro de la trama, en otras como un final inevitable, y hay algunas en donde aparece incluso como una salida para quien ha sufrido o se encuentra en un callejón sin salida. No suele tratarse, no obstante, de un elemento oscuro o negativo; su aparición ayuda a clarificar otros conceptos, a los que se opone con decisión, arrojando luz en la comprensión del lector o de los personajes. Finalmente, me ha sorprendido mi reiterada contraposición entre la realidad y la ficción, en ocasiones entendida a partir de lo onírico, de cuya presencia material no es posible levantar acta. Me interesan las reacciones de lo real cuando entra en contacto con lo ficticio, elementos no habituales del universo humano y ante los cuales los comportamientos de las personas no están tipificados; quiero vivir la extrañeza de personajes sometidos a un marco referencial nuevo, penetrar en su mente alucinada y comprobar cómo reaccionan cuando se les extrae de su contexto de civilización natural: el animal ante su instinto, en ocasiones contraviniendo su propio razonamiento.
Finalmente, diré que me interesa mucho explorar las posibilidades del lenguaje, no sólo desde la determinación de configurar una voz propia, sino atendiendo a la idea más profunda de alcanzar el máximo de su rendimiento, rondar sus límites; y si es posible, traspasarlos…


Texto

INFANTICIDIO
(Perteneciente al Duelo de Creación del libro inédito Duelos)

Nunca sabes cuándo vas a abandonar la infancia. Saldrás de ella, eso es seguro, pero nadie te advierte del momento y el modo en que lo harás. Yo dejé de ser niño el día, desafortunado, en que abrí la puerta de la habitación de mis padres diez minutos antes de lo recomendable. Tenía nueve años y los zapatos gastados de perseguir sueños. Una breve mirada al hábitat hostil de los adultos me desgarró el mundo almidonado de mis madelman. Me quedé mirando sin entender, con las rodillas llenas de heridas frescas, fragantes de vida, heladas en el gesto de la carrera. Sólo quería decirle a mi madre que había marcado el gol gracias al cual había ganado mi equipo. Hoy era el héroe. Ya nunca más el último a quien elegían.
Recuerdo la penumbra viscosa de la habitación tras la puerta cerrada, su poderosa llamada atrayéndome. En casa nunca se cerraban las puertas. Papá lo prohibía. Pero Papá no estaba en casa a esa hora. Abrí a la carrera, todavía fresco y despreocupado, acelerado en el latido que luego se convirtió en eterno en mi boca. Entré casi gritando el nombre de mi madre, y en la confusión inicial lo primero que fijó mi mirada fue su expresión de espanto. Luego noté el calor de los cuerpos, un olor acre, mezcla de sudor reciente y de algo no asimilado hasta algunos años más tarde como el aroma del sexo. Primero fue la poca luz, luego el rostro asustado de mi madre; más tarde el intenso perfume de los efluvios corporales; y sólo después la espalda musculada, las nalgas blanquísimas, como de gelatina, el perfil reconocible, los ojos ofuscados de mi tío.
El tiempo pareció detenerse. O al menos se paró para siempre en mi memoria; el recuerdo de los segundos larguísimos, extensos y pegajosos como un chicle, las imágenes secuenciadas de esa tarde criminal. Mamá se quedó perpleja, incapaz de articular una palabra; paralizada en el gesto de cubrir con la sábana la desnudez del amante, su propio pecho enardecido; la teta con la cual me había amamantado a mí cuando sólo era desvalimiento, y que desde ese día sólo puedo identificar con la lascivia traicionera de la mujer. Nunca más la madre. Ella se congeló en ese gesto y fue mi tío quien me gritó que saliera de la habitación, que nunca más abriera una puerta cerrada sin pedir permiso. Que ya no era un niño.

Ahí empecé a dudar si una parte de mi tiempo se había terminado.

Más tarde fue él quien se sentó frente a mí y, con el gesto deliberadamente endurecido, me reprendió con cruel severidad. “No contaremos a nadie lo que has hecho para no disgustar a tu padre, a los abuelos. Ellos te consideran un niño ejemplar y nosotros no queremos que dejen de pensarlo; ya no podrían quererte igual. Te guardaremos este secreto y trataremos entre todos de olvidarlo cuanto antes. Le has hecho mucho daño a tu madre, ahora ella está muy disgustada contigo. Confío en tu capacidad para meditar sobre esto; has de poner mucho de tu parte si quieres conseguir su perdón pronto”. Y se marchó, dejando tras de sí una estela de perfume reciente y acusador.
El resto de la tarde el silencio se solidificó en la casa, convirtiéndola en una densa sucesión de estancias apenadas. Mi tío se marchó dando un portazo y mi madre se recluyó en sus tareas diarias sin dirigirse a mí, casi como si la falta me hubiera convertido en invisible. Cuando me llamó para la cena, el timbre de su voz era neutro, algo doliente, supuestamente ofendido. Ante mi padre actuó con normalidad, interesándose en las minucias de su trabajo, que siempre rechazaba por tediosas. Nada más terminar la comida del plato, me mandó a dormir, antes de hora, sin explicaciones ni tregua, con un gesto un tanto displicente. Como si realmente hubiera tenido la culpa de algo distinto del asesinato, violento y accidental, de mi infancia.
Luego, en la cama, fui consciente de todo lo sucedido. A la culpa, intensa y dolorosa, injertada en el alma por la agresión de mi tío, le siguió el asco, una clarificadora sensación de repugnancia. Durante horas me persiguieron las nalgas acusadoras del hombre, su palidez enfermiza, la falta de pudor con la cual las había exhibido ante mis ojos alucinados. Hacia el amanecer de mi primera noche de insomnio fue la pena la que se apoderó de mi mente. Progresivamente fue anegando las exclusas de mi cerebro, inundándolas de una atroz sensación de pérdida. Fue entonces cuando entendí lo que había sucedido esa tarde; un infanticidio, el mío propio, el de mi niñez antes feliz; la muerte del tiempo de las ansias algodonadas, incapaces de regresar de nuevo después de esa jornada tristísima. Me detuve en la contemplación de las estanterías repletas de muñecos y juegos, y los sentí como algo extraño; los miraba con cariño por las horas de diversión y entretenimiento brindadas durante años, pero también, y eso era lo nuevo, con la nostalgia que nos provocan las viejas ropas apolilladas, recuperadas del arcón familiar con un retraso de años o siglos. Eran juguetes, nunca más mis juguetes. Estaban en el cuarto de un niño, nunca más en mi cuarto. Pertenecían al hijo de una mujer, nunca más mi madre. Y los observaba un adulto incipiente, recién germinado, emergido desde el huevo quebrado, pero con tiempo suficiente para mirar a los ojos a la crudeza de la vida de los mayores.
A la mañana siguiente vestí mis primeras ojeras; estrené mi hermetismo actual. Y escribí las líneas inaugurales de un diario que nunca he de terminar.

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