domingo, 7 de febrero de 2010

Laia López Manrique



Mencionada por: 
Jordi Corominas i Julián
María Zaragoza
Juan Salido-Vico

Menciona a:
Hipólito G. Navarro
José María Merino
Yaiza Martínez
Jordi Corominas i Julián
Carmen Moreno
María Zaragoza
Natalia Zarco
Sergi Bellver
Pilar Pedraza
Ángel Zapata
Enrique Vila-Matas
Lolita Bosch 

También lee a: 
Jorge Luis Borges, Cesare Pavese, Cervantes, Roland Barthes, Anton Chéjov, Fleur Jaeggy, Katherine Mansfield, Leonardo Sciascia, Guy de Maupassant, Italo Calvino, Virginia Woolf, James Joyce, Clarice Lispector, William Faulkner, Silvina Ocampo, Franz Kafka, Raymond Carver, Alejandra Pizarnik, Gilles Deleuze, Djuna Barnes, Sandro Penna, Platón, Mary W.Shelley, Charles Baudelaire, Juan José Arreola, Ezra Pound, Carson McCullers, Baruch Spinoza, E.T.A. Hoffmann, Descartes, Truman Capote, Marguerite Duras, Luis Cernuda, Honoré Balzac, Luigi Pirandello, Maurice Blanchot, Stefan Zweig, Friedrich Nietzsche, Vladimir Nabokov,  Thomas Mann, Anna Akhmatova, Jesús Aguado, Leopoldo María Panero… 

Bio-bibliografía 
Laia López Manrique nació en Barcelona.
Es licenciada en Filosofía y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la UB. Sus intereses literarios se centran, principalmente, en la poesía y el relato breve. Ha publicado textos críticos, reseñas, poemas, relatos y microrrelatos en varios medios y soportes, como las publicaciones Panfleto Calidoscopio, Revista Literaturas, Lletra de Dona, la sección Literaria de la revista Tendencias 21 y diversas antologías. En 2005 obtuvo el segundo premio del concurso de microcuentos “El Basar” por su relato Tres, publicado en el volumen colectivo Microvisions (Montcada Comunicació, Ajuntament de Montcada i Reixach, 2005). En el año 2009 obtuvo el Premio Voces Nuevas de poesía de Ediciones Torremozas y participó en las antologías poéticas Voces Nuevas XXII Selección de Ediciones Torremozas y Aldea Poética IV SXO-Poesía Lúbrica de Ediciones Opera Prima. Actualmente se dedica a la docencia de la literatura y a la preparación de su primer libro de cuentos.

Poética
Para mí, la escritura tiene que ver con un acto de desvelo, con una cierta compulsión y con una insistencia en la desmesura a través del rasero, siempre desbordado, del lenguaje.
Comencé a escribir poemas y cuentos muy temprano, entre otras cosas, para convocar a los fantasmas que había leído. Convocarlos, digo, y no espantarlos, porque la escritura es, también, una forma de arraigo. Y el arraigo, ya se sabe, es una forma de exilio.
Cuando escribo poesía, dirijo mi ojo izquierdo a las metamorfosis internas de ese cuerpo llamado realidad. Las luchas intestinas, las mutaciones del deseo, las señales, los puños  que encierran soplos de aire denso. La palabra de la poesía es siempre acerada y exacta, y por ser exacta, es múltiple.
Cuando escribo cuentos, dirijo mi ojo derecho a las envolturas externas con que se viste el cuerpo de la realidad. Los detalles, las acciones, los movimientos, la cristalización de los deseos en formas acabadas y mortales que arman una historia. La palabra del cuento es siempre fugitiva y precisa, un susurro de hojas batientes entre las cuales se ha colado un clavo.
Así como la lectura y la escritura definen un solo movimiento,  el ojo izquierdo y el ojo derecho definen una única mirada. 


Textos

LA ESPERA (publicado en la sección Literaria de la revista Tendencias 21)

 Estación de Sants, un jueves de abril de 2004. Alberto fuma un pitillo en el área de no fumadores, espanta a una mosca que le espía la oreja, se mira en el escaparate limpio de una tienda de souvenirs. Crece, se hace pequeño, silba una canción antigua. La destroza. Esperanza, esperanza, sólo sabe bailar cha cha chá.
 (En esa misma estación, hace muchos años, la vio llegar, de la mano de su madre. Llevaba un vestido rojo con una mancha en el cuello, y su madre sostenía una maleta de piel gastada. Avanzaban despacio. Lo recuerda. Ésa es mamá, dijo su padre, y ésa es la hija de mamá. Se llama Marina. Cuando estuvieron cerca, él le tendió la mano. Ella lo abrazó. Sus manos sudaban. Las manos de las mujeres, a veces, sudan. Su madre lo tomó en brazos, le arrugó la cara con sus besos. La distancia muele el amor. Un perro ladraba, seguro, en alguna parte.)
 Si Adelita se fuera con otro. Alberto se rasca la pierna. Quiere verla otra vez envuelta en un vestido rojo, como la primera vez. Parecía una muñeca, pero tan viva, flotando en celofán. La mosca vuelve. Ya no es una niña. El tren llegaba a las cinco, y ya ha pasado media hora. No le ha comprado bombones. Recuerda que le gustan los bombones de licor, se lo dijo una noche, la última, en la habitación, tumbada en la litera de arriba. Cómo ha podido olvidarlo. No se lo perdona.
 (Con los ojos prietos, el cuerpo tenso sobre la almohada, la espera. Ella se acerca. No quiere mirarla. Cree que va a morir si la mira. Cree que está enfermo. Ella se tiende sobre él. Las manos le sudan, las pasa despacio por el torso, los brazos, el vientre, las piernas. Siente su cuerpo hostigado por la densidad del otro cuerpo. Tan graciosa pero no eres buena. Encima de él, ella levita. Es mi sudario, piensa Alberto. Debería vestirse. El rojo siempre le sentó tan bien.)
 Un tren de mercancías. Un tren de pasajeros, sin pasajeros. Una mujer que pasa del brazo de un tipo con corbata le saluda. Todas las miradas le parecen un plagio de la suya. Le gustaría tocar el piano, le gustaría llevarla al mar. Marina, tú me conduces, nos ahogamos juntos, como dos peces traidores. La seguiría por tierra y por mar. Lo haría. Empachado de deseo, los relojes no existen. Ya es tarde. El tren llegaba a las cinco. Al menos podría haber avisado.
 (La noche de la cena de fin de curso, hundido en una butaca, la espera. La televisión emite anuncios de televenta. Son las tres. Sus padres duermen, el gato ronca en la cama. Por primera vez, siente miedo. Su padre suele decir que son las mujeres las que esperan a los hombres, y no al revés. Pero con ella, él ha dejado de ser un hombre. Ahora es otra cosa. Es un loco. Un animal obsceno, mordido por un pánico atroz. Tiene que inventar un nombre falso, ocultarse en las faldas del sofá, pactar con algún diablo que le facilite las cosas. Está envenenado. A las cuatro y diez, ella abre la puerta, tambaleándose. Tiene los ojos rojos. Está borracha. Le pone un dedo en la boca para que no proteste. Se acompañan al cuarto, tomados de la mano como dos amantes. El gato huye.)
 Si es por tierra en un tren militar. No le gusta la canción. A ella no le gustaría. Quiere que la vida sea simple, que no haya gritos, que no haya mendigos por las aceras. Quiere apartarse, como ahora le aparta un hombre con prisas, le quita de en medio. Son las seis de la tarde. El tren llega con retraso. Es costumbre en ella retrasarse, retraerse, recapitular. Se dirige al mostrador de un café, pide un cortado. Entonces dan el aviso. Tren con destino a Barcelona-Sants, procedente de Asturias, estacionado en vía 3. Sale del café sin pagarlo. La camarera le llama, pero él ya no escucha. Baja las escaleras de dos en dos. La garganta le hierve. Vía 3. En el andén localiza su cintura erguida, fina, bajo una americana beige. Hay una mano rodeándola. Se detiene en seco. Esa mano. No la conoce. El corazón bombea sangre descreída. Qué sed de esos labios, y es otro quien la besa. Otro, el dueño de esa mano. Ella tiene los ojos cerrados. Olvidé los bombones. Todos los perros lloran. 


UN PASEO POR EL AMOR Y LA MUERTE (publicado en Oficio de Brevezas, Acumán, 2004)

 Jugaron al golpe de estado de los soldados de plomo. Al día siguiente, mataron a las negras jugando al ajedrez. Dos semanas más tarde, uno era Billy el Niño en el Fuerte Apache y el otro, un indio disléxico que no terminaba de morir. Violaron a tres barbies, hicieron presos a más de diez peluches y juraron servidumbre eterna a un videojuego de estrategia militar. Cuando jugaban a médicos se sacaban las vísceras, y la gallina ciega era siempre desplumada en la sala de torturas. Al final convirtieron su cocina en una cámara de gas y se ahogaron juntos, abrazados esta vez, queriéndose tantos, mientras sus padres sacaban a pasear al perro.

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