miércoles, 3 de febrero de 2010

Hilario J. Rodríguez



Mencionado por:
Sergio Sastre

Menciona a:
José Luis de Juan
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Sergio Pitol

También lee a:
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Bio-bliografía
Nací en Santiago de Compostela en 1963. Cuando vuelvo allí, nunca tengo la sensación de que haber nacido en esa ciudad me importe demasiado, tampoco me preocupa que fuese en el 63 y no en el 64, que es cuando de verdad se recogió una buena cosecha de vino. Santiago me parece húmeda, gris, desapacible, y 1963 un punto en la distancia, como la Tierra vista desde la Luna; y, sinceramente, prefiero la cerveza.
Mi papel en la vida ha ido cambiando según donde estuviera: a veces me conformé con ser hijo de una familia desgraciada, otras con trabajar para ganarme la vida, pero no me importaría ser un holgazán, los esfuerzos cansan.
He visto muchas ciudades, algunas me las habría ahorrado; aun así, siempre he procurado tener los ojos bien abiertos por si hubiera algo que mereciese la pena. Yo antes pensaba en viajar, quería moverme, ahora me doy cuenta de que debí haber parado en algún momento.
Comencé a escribir no por vocación sino por tedio, al aprobar unas oposiciones; sentí que algo se me había caído encima. Al principio me lo tomé muy en serio, luego menos en serio, durante un tiempo desesperadamente, y ahora procuro que la hierba crezca bajo mis pies, sin angustias, sin retórica.
Coordino libros y también escribo crítica de cine porque me divierte y porque me pagan, ya no suelo hacer casi nada por amor al arte, el amor lo reservo para cuestiones que no hacen al caso.
Es importante dejar claro que no me tomo el ensayo y la literatura de diferentes maneras. Lars von Trier: El cine sin dogmas (JC, 2003) es, a su modo, una novela. Y El cine bélico (Paidós, 2006) puede leerse como un libro de cuentos. No sé si les sucede algo parecido, aunque en una dirección distinta, a mis trabajos de ficción: Construyendo Babel (Tropismos, 2004), Mapa mudo (Traspiés, 2009) y El otro mundo (Ediciones del viento, 2009).
El futuro todavía no está escrito. 

Poética
Creo que mi tendencia natural es la novela de misterio: escribo libros que nadie sabe cómo catalogar.
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Entre la narrativa y la poesía, me sitúo en el territorio de la prosa, a secas.
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La novela es el género de los piratas y los marinos, de la gente que un día se despide diciendo que inicia una travesía y no sabe cuándo regresará. A diferencia del cuento y el poema, no tiene límites precisos; eso me gusta porque proporciona más libertad. En los cuentos y los poemas casi no hay margen para el error; en las novelas, sin embargo, cabe todo: aciertos y desaciertos, páginas mejores y peores, actos significativos y actos banales.
Muchas películas, sobre todo las norteamericanas, muestran un plano en el que alguien concierta una cita por teléfono con otra persona y en el contraplano ya se ve a esa otra persona abriendo la puerta de su casa, como si lo que hubiese sucedido en medio, entre que la primera persona colgó el teléfono y salió a la calle, no importara. A mí me interesan esas cosas que suceden cuando en apariencia no sucede nada, en nuestro tránsito de un lado a otro. 


Textos

EL OTRO MUNDO
CAPITULO II

Eva hizo su primer viaje a América cuando tenía cinco años. Cogió con su madre el autobús que iba de Hinojal, su pueblo, a Cáceres. Fue un trayecto corto —de apenas cuarenta kilómetros— que a ella le pareció larguísimo. En aquella época no sólo se montaba gente en los pueblos, también en la carretera, al lado de los caminos, por eso se tardaba tanto, por eso y porque los autobuses eran de antes de la guerra. La mitad de la gente iba de pie, y nadie protestaba. Los padres tenían que llevar agarrados a sus hijos.
—Yo iba en el regazo de mi madre, mirando por la ventanilla y buscando la ciudad a lo lejos. Todos los niños queríamos ser los primeros en verla para decírselo a los demás, como si fuésemos en un barco y de pronto hubiésemos divisado tierra.
Cáceres por aquel entonces era una ciudad pequeña pero a Eva le parecía un mundo donde cabía todo. Había edificios de más de dos plantas, algunos de ocho o nueve pisos, y muchas tiendas. Un viaje allí significaba una blusa nueva, unos zapatos o un abrigo si el invierno venía riguroso y sobraba algo de dinero en la casa. Significaba asimismo desayunar chocolate con churros, que era algo reservado sólo para la Semana Santa y para las Navidades. De Cáceres Eva se iba con las manos llenas, para ella era como ir a América y encontrar una mina con un filón de oro. Algo parecido. Durante semanas ya no necesitaba más.
Su madre compraba harina y azúcar, que en Hinojal estaban más caros y a veces ni siquiera se podían encontrar en la única tienda que había en el pueblo. Gaseosas de sabores, yogures, latas de mejillones y otros productos exóticos para la época. Aquél era un viaje que se hacía una o dos veces al año como máximo y había que aprovechar.
Mi primer viaje a América fue diferente. Yo vivía en Vigo el día que fui allí por primera vez. Creo que tenía ocho años y me gustaban mucho las películas, igual que al resto de los niños de mi edad. Los domingos mis hermanos y yo solíamos ir al cine Disol, a la sesión de tres y media, que era infantil. El cine estaba cerca de nuestra casa y, poco más o menos, a él iba el barrio entero. Encontrábamos bastante a menudo a los hijos de unos vecinos de nuestro edificio, con quienes jugábamos cada tarde en la calle, después de hacer los deberes. Lo que más nos atraía de aquellos muchachos era que tenían cartucheras y revólveres como los de los vaqueros de las películas. De vez en cuando, si sus padres les daban algún duro extra para el cine, en lugar de chucherías compraban rollos de martinicas, para que los disparos de sus pistolas fuesen más realistas. Eran ellos quienes decidían el papel de cada cual si jugábamos a indios y vaqueros, y a nosotros nos tocaba ser indios invariablemente. Aunque no nos hacía gracia, mis hermanos y yo al final nos lo tomamos en serio. Hicimos nuestros propios arcos e incluso conseguimos unas plumas de gallina para ponérnoslas en la cabeza. Pero nuestras armas rudimentarias nada podían contra los flamantes revólveres de los vecinos.
Un año, cuando las vacaciones de Navidad estaban a punto de acabar, los Reyes Magos trajeron regalos inesperados, porque ni nuestras notas habían sido para echar cohetes ni creíamos que fuese a haber más sorpresas después de las que ya había dejado Papá Noel en casa. No recuerdo cuáles fueron los regalos de mis hermanos, recuerdo, eso sí, que el mío era un colt con una cartuchera preciosa y un cinturón lleno de balas de plástico. Bajé a la calle en cuanto terminé el desayuno. Aunque nuestros vecinos todavía no habían salido, no me importó, estaba dispuesto a esperar lo que fuera para decirles que en adelante no sería indio, al fin tenía un revólver. Cuando aparecieron, no traían consigo sus pistolas, las habían dejado en casa para poder jugar con los coches teledirigidos que les habían regalado los Reyes Magos. Al pedirles que subiesen a por sus armas, dijeron que nos veríamos las caras por la tarde. Si quería dejar de ser indio en los juegos, antes tenía que enfrentarme a ellos.
Eran tres y yo estaba solo. Había visto un par de películas donde un vaquero mataba a varios pistoleros, o sea que pensé que aun así podía vencerles.
Por la tarde, mis hermanos y algunos amigos de los edificios colindantes al nuestro se acercaron a mí mientras esperaba a que nuestros vecinos bajasen; se había corrido la voz de que íbamos a enfrentarnos, y nadie quería perderse el espectáculo. En cuanto los vecinos salieron a la calle, la gente se fue apartando para dejarme frente a ellos. Yo me puse en pie y les miré a la cara directamente, como había visto hacer en las películas. Entonces saqué el revólver aprisa, disparé un par de veces y me dejé caer al suelo, desde donde seguí disparando. También ellos dispararon, al mismo tiempo. Golpeaban el gatillo, de ese modo el sonido de las martinicas era más ensordecedor. Uno de los vecinos se fue al suelo y los otros dos se quejaron; les había alcanzado a los tres. Por desgracia, no había sido lo bastante rápido para esquivar sus balas y me habían acribillado. La calle entera estaba en silencio. Hubo un muchacho que se acercó a mí y me preguntó qué pasaba a continuación.
—No dejes que mis hermanos me vean así —le dije.
Y comencé a morir. Fue una muerte dulce que había visto en una película donde un viejo vaquero miraba las montañas de espaldas a la cámara y de pronto se desplomaba. Es posible que estuviese demasiado tiempo disfrutando de aquella muerte, en cualquier caso mis hermanos se cansaron de esperar y me pidieron que volviese a ser indio para jugar con los vecinos una vez más.
América es un lugar que se construyó mientras Eva viajaba en aquel autobús que hacía la ruta entre Hinojal y Cáceres, el mismo lugar que yo descubrí en las películas. Antes muchos chicos pensaban que allí se podían encontrar las cosas que uno no conseguía en su pueblo y que todo resultaba fácil, incluso morir con estilo.
Luego crecimos.
*****

ESCUCHANDO UN DISCO DE LOS EELS
45 rpm


Al colchón de mi cama se le salían los muelles. De noche sus tentáculos me abrazaban. Pasé la infancia sobre aquel pulpo.
*****
Con mi primer novio, intercambié nombres. Él se llamaba Susana y yo Carlos. Nos gustaba hacer imitaciones. Una vez fui a su casa y fingí ser él. Tenía un póster en una de las paredes de su habitación, una puesta de sol en alguna playa paradisíaca. Me pasé la noche mirándolo. Antes de separarnos, le pedí que me dejase ver por última vez aquella puesta de sol. Creo que fue la primera vez que dormimos juntos.
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Me matriculé en la Escuela de Bellas Artes pero no me admitieron, mi media en la Selectividad no daba. O sea que me presenté como modelo para los alumnos y entonces no hubo problema. Todo el mundo me pintaba muy aprisa, menos un chico ya mayor. Creí que era ciego o que sentía algo hacia mí. Aunque le llevaba varias horas terminar, nunca se sentía satisfecho. Luego comencé a trabajar en una cafetería.
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Escuchaba porque nunca sabía cómo intervenir en las conversaciones. Mis amigos venían a ver mis primeras obras en mi estudio y se iban sin nada que decir. Durante años las rompí todas porque me parecían mudas. Un día oí las palabras mágicas en un anuncio de la televisión, no recuerdo de qué producto: «No ocupa lugar». A partir de entonces ya no volví a romper nada.
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Del amor sólo tengo que decir que «todo este tiempo he estado contigo aunque no me haya movido de mi estudio».
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Nadie quería exponer mis obras. Mis padres me ofrecieron las paredes de su frutería. Yo entonces las imaginé entre peras y manzanas. Hablé con mucha gente que me prometió cosas y luego no las cumplió. Un hombre mayor que tenía un bar, me dijo que no le importaba hacerme un sitio. A la mañana siguiente de decírmelo, el bar estaba cerrado. Varios meses después colgaron un cartel de TRASPASO. No sé cómo, cuando ya me había olvidado de aquel hombre mayor, recibí una llamada suya. «He tenido problemas físicos y acabo de jubilarme, pero mi hijo trabaja en un bar adonde puedes llevar tus cosas.» Eso mismo día comencé a considerarme una artista de verdad.
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No era nuestra primera discusión amorosa. Me golpeó con la almohada y lo le lancé la lamparita de su mesilla. Gracias a Dios, no conseguí darle en la cara. Traje al piso que compartíamos una lamparita que encontré en casa de mis padres, era un regalo que ellos habían recibido al casarse.
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Últimamente he aprendido muchas cosas, todavía no sé cuáles.

1 comentario:

amor y libertad dijo...

mi enhorabuena por el blog afín al electivo, bien pensado y bien titulado

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