miércoles, 10 de febrero de 2010

Cristina García Morales




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También le gusta leer a:
Heinrich Böll, Gonzalo Torrente Ballester, Thomas Bernhard, Isak Dinesen, Virginia Woolf, Albert Camus, José Moreno Villa, Juan Andrés García Román, Hannah Arendt, Julio César Jiménez, Camilo de Ory, Elena Medel, Gottfried Benn, Julio Cortázar, Javier Vicedo Alós, Dominique Noguez, David Leo García, Choderlos de Laclos, Raymond Carver, Tristan Tzara, Richard Huelsenbeck, William Faulkner, Carson McCullers, Giovanni Papini. 

Bio-bibliografía
Cristina García Morales nació en Granada en 1985. Es autora del libro de relatos La merienda de las niñas (Cuadernos del Vigía, 2008). Sus cuentos han aparecido en la colección Nuevos relatos para leer en el autobús (Cuadernos del Vigía, 2009), en las antologías Cuento vivo de Andalucía (Universidad de Guadalajara, Méjico, 2006) y Ficción Sur: Antología de cuentistas andaluces (Traspiés, 2008), así como en la revistas literarias Batarro: Microrrelato en Andalucía (2007) y Zut (Noviembre de 2007). En el curso 2007-2008 disfrutó de una beca como residente en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba). En 2002 ganó el I Certamen Andaluz de Escritores Noveles en la modalidad de relato, y en 2006 repite con el mismo galardón en el mismo concurso, pero esta vez en la modalidad de novela corta, aunque en realidad se trataba de un libro de relatos. Fue finalista en la modalidad de cuento de los Premios Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 2005. Ha participado con sus textos en el espectáculo Paisajes Sonoros, del 58 Festival de Música y Danza de Granada (2009); ha trabajado como dramaturga para Eutopía, Festival de Jóvenes Creadores (Córdoba, 2008) y para el Aula de Teatro de la Universidad de Granada, donde estudia Derecho y Ciencias Políticas e investiga sobre vanguardias (llora con el Manifiesto Dadá de Tristán Tzara), y ha sido contertulia del programa El Público Lee de Canal 2 Andalucía para el comentario de los libros El estadio de mármol, de Juan Bonilla, y Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Actualmente escribe su primera novela. 

Poética
Al llevar a cabo cualquier estudio, incluso el más libre y relajado, de la narrativa moderna, resulta difícil no dar por descontado que la práctica moderna del arte es de algún modo superior a la antigua. Con sus herramientas sencillas y materiales primitivos, podría decirse que Fielding lo hizo bien y Jane Austen aún mejor, pero ¡comparemos sus oportunidades con las nuestras! Sus obras maestras tienen sin duda un extraño aire de simplicidad. Y aun así la analogía entre la literatura y el proceso, por poner un ejemplo, de fabricación de motores de coches apenas es válida más allá de la primera ojeada. No es seguro que en el trascurso de los siglos, aunque hemos aprendido mucho sobre hacer coches, hayamos aprendido algo sobre hacer literatura.
Virginia Woolf, El lector común.


Textos

Cuentos extraídos del libro La merienda de las niñas, Cuadernos del Vigía, Granada, 2008. 

Café aguado

La sirena siempre me espera con el café recién hecho. Dice que la cama es demasiado dura y que se levanta todas las mañanas con unos dolores terribles en la cola. Con ella en casa la calefacción no hace ningún efecto: hay mucha humedad y tengo frío todo el día. Pero no me quejo. Avanzada la tarde la llevo a la playa en una silla de ruedas, tapándola con una manta de cintura para abajo. Cuando llegamos dejo la silla unida a una farola por una cadena, cojo a la sirena en brazos y la llevo hasta la orilla. Me pongo en cuclillas a su lado y la aviso cuando no mira nadie. Entonces ella me da la manta y se zambulle. Con la aleta me salpica. Yo permanezco ahí mirando hacia atrás de vez en cuando, vigilando la silla. Al cabo de unas dos horas veo el destello de las escamas al fondo, entonces me levanto y la espero con una toalla en una mano y la manta en la otra. A veces se olvida de quitarse la camiseta y al salir del agua la tiene pegada a los pechos, asfixiando los pezones. Se desploma en mis brazos colorada y jadeando, la siento en la silla, se duerme en el camino. Tiene tanto miedo. De pequeña la confundieron con una merluza y le clavaron un arpón. La rescaté, sé que me quiere. Le voy a comprar una cama de agua. 


Cecilia

El centro comercial había quedado en penumbra, sólo brillaban las luces de emergencia, la gente se atropellaba y ascendían los gritos. Es el momento, le dije, he subido el volumen, ya, Cecilia, ahora. Cecilia, que sonreía pero que se moría de miedo, carraspeó, tanteó el micrófono como si se le hiciera raro, como si fuera la primera vez que se lo ponía, acarició la esponjilla y entonces habló. Señores clientes, dijo, y la voz de las ofertas de pantalones de caballero dos por uno, la voz de ustedes son nuestra razón de ser, la voz de relájese en nuestra cafetería, la voz en imperativo amable, esa voz dijo señores clientes y todos la identificaron, cesó el barullo, se mandaban callar unos a otros. Cecilia hizo una pausa, observó los monitores: todo el mundo miraba hacia arriba, todo el mundo alzaba el cuello esperando un mensaje salvador, o la amenaza. Señores clientes. Me llamo Cecilia, tengo treinta y cuatro años. Me encanta levantarme por la mañana y encontrar zumo de naranja recién hecho. Mi madre lo hacía cuando no tenía que trabajar. El resto de los días iba con mucha prisa, pero los fines de semana yo olía las naranjas recién exprimidas desde el pasillo, tan ácido y luego tan dulce, porque le echaba azúcar. Un día, de mayor, no le eché azúcar, y me gustó. Sabía igual que el olor del pasillo. Ahora entiendo a mi madre. Qué pereza ponerse a hacer zumo, y más con el exprimidor manual, porque en mi casa no había eléctrico. Cecilia lo decía igual que si anunciara las rebajas en moda de bebé. Soy Cecilia. No soy una grabación. Sus últimas palabras fueron graves y bien separadas, y soltó fuerte el aire. Gracias por su atención y disculpen las molestias. Reestablecí las luces y el hilo musical; Cecilia bebió agua.


Vocación

Hay que reconocer que el que mejor folla es el fascista. El fascista te coge y te pone contra la pared sujetándote fuerte el culo, que me duran una semana las marcas de los pulgares. Le salen unos gemidos sordos, apretando los dientes, y mira directo a los ojos. Susurra “grita, grita”, y una grita sin importarle los del cuarto de al lado.
Los otros, bueno, hay de todo. El nacionalista me ata a la cama y al comunista le encanta el sesenta y nueve. Mueve bien la lengua, pero una se acaba cansando de tanta simetría. Yo prefiero dejarme hacer y concentrarme en mí misma. Soy del partido liberal.
El más divertido es el anarquista. En cualquier parte: en los baños, en el guardarropa de la recepción, en el ascensor, en los garajes… Y si estamos haciendo cola y él está detrás de mí, me baja un poco la cremallera y me toca por el lado que pega a la pared. Parece que lo que estamos es teniendo una conversación muy intensa, yo así, con los labios dentro de la boca. Después no se lava las manos.
En cuanto a mis compañeros, saben llevar el ritmo. Saben acelerar y aminorar en el momento exacto. Aminoran hasta desesperarla a una y luego, antes de darte cuenta, otra vez con la espalda retorcida. Y más acentuado el ciclo cuanto más capitalista, mi colega: un día se me queda dormido, otro día me hace sangrar.
Con el socialista y el conservador no tengo mucho contacto. Los veo pusilánimes, no sé, sin iniciativa. Sus discursos no son buenos, no convencen a nadie. En cambio, al fascista casi le aplaudo, el cabrón. Tan bien afeitado, ese mentón ancho, esa cadencia tan medida al hablar. Las mujeres de otros partidos coinciden conmigo: que es el que mejor habla y el que mejor folla.
Yo también estoy bien valorada: que soy delicada pero que no tengo pudor. Me gusta esto. Siempre he querido dedicarme a la política.


2 comentarios:

José Luis Muñoz dijo...

Maravillosos relatos, Cristina.

elhombrepalabra dijo...

Qué bonito encontrarte por aquí, Cristina. Espero algún día pertenecer a este selecto club ;)

(Tomás) Conde Ruano

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