martes, 19 de enero de 2010

Sergio Sastre



Mencionado por:
Alex Chico
Juan Salido-Vico
Aníbal García Arregui


Menciona a:
Fernando Clemot
Alex Chico
Hilario J. Rodriguez
Juan Salido-Vico
Juan Ramón Santos
Antonio Serrano Cueto
Javier Morales Ortiz
Gemma Pellicer
Carlos Manzano
Sergi Ferrè
Puerto Gómez
Julio Llamazares
Gonzalo Hidalgo Bayal
Luis Mateo Díez
Enrique Vila-Matas
Aníbal García Arregui

También le gusta leer a:
Italo Calvino, Julio Cortázar, J.L.Borges, Primo Levi, W.G. Sebald, Kenzaburo Oe, Franz Kafka, Oliverio Girondo, Naguib Mahfuz, Li Bai, Stanisław Lem, Matsuo Bashō, Omar Khayyam, Pio Baroja, William Shakespeare, Miguel de Cervantes, Mahmud Darwish, Augusto Monterroso, Gustave Flaubert…


Texto/s:

      El cuento equivocado

      Vemos a Isabel entrando en su piso y dirigiéndose al dormitorio. Viene de una manifestación contra la guerra, y como llega acalorada por los gritos y carreras, se dirigirá a la ventana y la abrirá para que entre un poco de aire fresco.
      Sin embargo, nada más entrar en la habitación se sienta en la cama. La vemos llevarse las manos a la cabeza, como si algo le preocupara, e incluso dirigir la mirada hacia la ventana aun cerrada. Pasan los segundos, y sigue sin mostrar ninguna intención de que vaya a levantarse y abrirla. Entonces el narrador comienza a sentirse inseguro. Ya no sabe si la afirmación de que Isabel abriría la ventana de forma inmediata era algo que ella debía hacer, como si se tratase de un futuro ya escrito, o si solo era la formulación de una idea, o de una posible intención. En todo caso, ese gesto no realizado lo cambia todo, y trastoca la línea narrativa. Si Isabel no abre la ventana, quizás no esté acalorada. Si no está acalorada, es posible que ni siquiera venga de la manifestación, ni de los gritos y las carreras por la calle.
      El narrador piensa que quizás fuera mejor volver a comenzar desde el principio. Pero ya es demasiado tarde. El relato sigue avanzando y ahora vemos a Isabel en la cocina, donde se está recalentando un café. Saca la taza humeante del microondas y se dirige al salón. El narrador aun mantiene la callada esperanza de que Isabel abra la puerta del balcón, que corra el aire, y todo vuelva a la normalidad. Pero ahora Isabel ha depositado la taza sobre la mesita y se acerca a las estanterías, donde comienza a revisar sus discos. Coge el segundo por la izquierda, que es uno de los viejos discos de Serrat cantando en catalán, que tanto le gustaban de niña, y que ha vuelto a redescubrir en los últimos meses. Introduce el disco en el equipo de música, se sienta en el sofá, y se pone a ojear una revista. Cuando comienzan a sonar los primeros acordes del disco resultan ser de una canción de Madonna. A Isabel no parece sorprenderle, y continúa pasando las páginas sin prestar tampoco mucha atención a la lectura, pues de haberlo hecho se habría dado cuenta de que en vez de fotos de novedades editoriales, y entrevistas a pintores, allí no había más que vestidos de noche, y consejos para no engordar.
      Isabel sigue bebiendo de su café, y mirando la revista. Todos sus movimientos resultan mecánicos, como ensimismada, con la cabeza en otra parte. Parece como si pudiera estar aun conmocionada por la experiencia vivida en la manifestación, por los adoquines sueltos, la policía levantando las porras, y las rápidas carreras a esconderse en los portales. No se da cuenta de aquella no es su vida, de que aquellas no son sus cosas. Serán de su compañera de piso, pero esto el narrador lo dice con la boca pequeña, y cierta timidez, porque en el fondo sabe que Isabel vive sola.
    Finalmente vemos como cierra la revista con desgana y apaga la música. Coge la taza de café y vuelve al dormitorio. Pasa junto a la ventana, que sigue cerrada, y enciende el ordenador. Toma otro trago de café mientras espera que el ordenador termine de arrancarse. Después abre su correo y conecta el Messenger por si le llegara algún mensaje instantáneo. Mientras ella revisa con naturalidad sus correos, el narrador se da cuenta de que todos ellos están dirigidos a Marta. El narrador no sabe quién es Marta, a no ser que sea la persona que tenemos delante, y se halla equivocado de personaje desde el principio, lo que explicaría la extrañeza de su comportamiento.
      Rápidamente se enciende la lucecita naranja del Messenger. Su amiga Laura está al otro lado, preguntándole cómo ha ido todo.
      “Mal”, contesta Isabel, aunque quizás se llame Marta. “Ha acabado peor de lo que imaginaba. Ha sido muy violento.”
      “Al menos ya lo habéis dejado claro”, responde la amiga.
      “Ya. Pero ahora me siento fatal.”
      “Tranquila. Has hecho lo que tenías que hacer. No podías seguir así. ¿Qué le dijiste?”
      “Pues eso. Que llevo enamorada de Emilio mucho tiempo, y ha sido muy difícil tomar una decisión, y que esperaba que aun así nosotros pudiéramos seguir siendo amigos.”
      “Y se ha enfadado.”
      “Muchísimo. Me ha llamado de todo.”
      “Bueno, tú tranquila. Ahora nos vemos tu y yo y nos vamos de fiesta.”
      “He quedado con Emilio.”
      “¿Ahora?”
      “Sí.”
      “JAJA. No pierdes el tiempo!!!”
      “No seas cabrona. Estoy acojonada.”
      “¿Y eso?”
      “Imagina que ahora él me dice que no.”
      “No seas tonta. Emilio es buen chico. No va a ser tan idiota de dejarte escapar.”
      “¿Eso crees?”
     “Tú cuéntale que has discutido con Juanjo, y deja que te consuele. Ya verás… esta noche dormís abrazaditos!!!”
      En ese momento suena el timbre de la casa e Isabel, o Marta, da un pequeño bote en la silla.
      “Ya está aquí. Luego te cuento.”
      “A por él, tigresa!!!”
      “jajaja”
      “Suerte, mi niña, y no tardes en decirme lo que pase.”
      “Ok. Luego te llamo.”
      Vemos como se levanta de la silla, se detiene un momento en el espejo, y se despeina ligeramente, con cuidado, como si quisiera parecer algo más triste, y que Emilio se enternezca un poco al verla. Se dirige a la puerta, y la abre.
      “Hola Marta”, dice el chico, y entonces el narrador se da cuenta de que efectivamente lleva todo este tiempo con el personaje equivocado. No es que no quiera continuar con la vida de Marta, que no duda tendrá sus momentos interesantes, pero como todo aquello tenía tan poco que ver con lo que imaginaba que iba a contar, aprovecha que aun está la puerta abierta para salir de la casa, y bajar las escaleras, y de nuevo en la calle se dirige hacia el lugar de la manifestación. Seguramente ya no encuentre a nadie allí, y se haya quedado sin historia, porque intentar pasarse ahora por la casa de Isabel, la verdadera Isabel, no sería más que un llegar tarde o con la historia a medias, y lo más posible es que al final el narrador acabe entrando en una cafetería a leer el periódico, o metiéndose a ver una película en el primer cine por el que pase.

2 comentarios:

Lourdes dijo...

Sergio, muy original tu relato, muy bien trazado...he disfrutado con su lectura.
¡Mucha suerte con tus Afinidades Narrativas!

Sergio Sastre dijo...

Muchas gracias, Lourdes. Seguiremos adelante.

Publicar un comentario