viernes, 29 de enero de 2010

Sergi Bellver



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Gonzalo Calcedo Juanes
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Fernando Cañero
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Esther García Llovet
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Ricardo Menéndez Salmón
Elvira Navarro
Gustavo Nielsen
Norberto Luis Romero
Eloy Tizón
Ángel Zapata 

También lee a:
Chéjov, Dostoievsky, Tolstoi, Pushkin, Kafka, Rilke, Roth (Joseph), Mann, Huxley, Orwell, Woolf, Poe, Conrad, Melville, Bierce, Faulkner, Nabokov, Shepard, Carver, Ford, Cheever, Wolff, Capote, Steinbeck, O’Connor (Flannery), Pavese, Buzzati, Calvino, Kavafis, Keret, Tagore, Kawabata, Stendhal, Flaubert, Céline, Yourcenar, Malraux, Breton, Baudelaire, Rimbaud, Gide, Artaud, Hamsun, Hrabal, Lem, Pessoa, Cortázar, Quiroga, Rulfo, Lorca, Hernández (Felisberto), Umbral, Martín-Santos, Monzó y Calders. 

Bio-bibliografía
Sergi Bellver nació en Barcelona en 1971. Escritor, editor y crítico literario, ha residido durante quince años en Madrid, ciudad en la que comenzó a trabajar como editor independiente. De vuelta en Barcelona desde 2010, es profesor de narrativa en la Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonès y continúa formando parte del claustro de la Escuela de Escritores de Madrid, al que se incorporó en 2008. Director de TEIDE Taller-Estudio Itinerante de Escritura, iniciativa pionera en España desde julio de 2009, ha impartido cursos y conferencias en eventos como el LILEC'09 de Almería, para el programa «Hoy por hoy» de la Cadena SER y en diversas instituciones públicas y bibliotecas.
Especializado en relato contemporáneo y en literatura de viajes, desarrolla una activa labor de crítico y dinamizador literario desde su bitácora personal (mencionada en el suplemento Babelia del diario El País y finalista de los Premios Revista de Letras en la categoría «Mejor blog nacional de crítica literaria»). Coordina la sección dedicada al cuento en el nuevo portal Culturamas y colabora con artículos, reseñas y otros contenidos en diversas publicaciones, como Otro Lunes, Calidoscopio y BCN Week.
Es el responsable de la edición y el prólogo de varios proyectos colectivos de narrativa que verán la luz a lo largo de 2010 en diferentes editoriales. Como escritor, y mientras ultima los detalles de su primer libro de cuentos, participa en La banda de los corazones sucios. Antología del cuento villano (edición de Salvador Luis Raggio) y en otra antología a cargo de Javier Vázquez Losada, ambas en preparación y con autores hispanoamericanos de primera línea.
Página principal: sergibellver.blogspot.com
Bitácora: alasdealbatros.blogspot.com 

Poética
Engañaría si dijera que sé perfectamente de dónde vengo y a dónde me dirijo cuando escribo. Todo lo que puedo anotar son síntomas, pero no me corresponde el diagnóstico. Con franqueza, tampoco me interesan demasiado los que controlan la logística del viaje literario hasta el último detalle, como si formara parte de algo externo a ellos, algo preparado para ser armado y dispuesto para funcionar. La escritura es trabajo, sí, un oficio a conocer, por supuesto, y requiere honestidad, sobre todo, pero antes con uno mismo que con nadie, sin concesiones al gusto ajeno. Sólo de ese modo podrá un lector encontrar luego algún atisbo de verdad, algún rastro de vida en lo que reciba del narrador. En mi caso percibo en la posibilidad del descubrimiento y del extravío el quid de la creación artística, el goce mismo de la escritura, aun con sacrificio. Me gusta pensar que no lo controlo todo cuando escribo ―mucho cuento, una novela y algunos viajes―.
Escribo para cuestionarme, para ensanchar mi perspectiva en cada pregunta, no para encerrar el mundo en un catálogo de certezas impostadas. Creo que la escritura debiera parecerse a la vida, no por copiarla con la brocha gorda del realismo y todos sus remedos supuestamente innovadores, sino por combinar ese deseo atroz de supervivencia ―cuánto se parece el escritor a la bestia que busca otra bestia para permanecer― con un decir no concluyente pero sí firme, con una prosa viva, fuerte e imperfecta como imperfecta es la vida. Vida y escritura en desajuste permanente. Impredecibles, porque escribir ha de pillarnos desprevenidos en algún momento. Escribo para olvidar el camino y hacer pie en algún territorio ajeno. Si no, todo queda en artesanía, producción y mercado.
Supongo que al pretender una poética un narrador debe urdir, entre otras cosas, cierta codificación de ese oficio de escribir o una suerte de carta de navegación de la creación literaria, pero la mía habrá de recoger por fuerza el inventario de un naufragio. Mi poética es un arsenal esparcido y me vale con salvar lo justo de la marea. Para no mentir más de la cuenta, diré también que soy de vocación diferida: fiebres altas en la adolescencia ―mi primer cuento tenía una puta, mucho Poe, el bajo de Iron Maiden, la Barcelona de Vázquez Montalbán y un transexual a lo Almodóvar―, luego una insoportable inmunidad al silencio ―quince años como un animal de granja, sin probar la tormenta― y de nuevo la enfermedad, la escritura, el compromiso, las naves calcinadas, ya para siempre. Así, apenas escribo con verdadera conciencia de lo que la literatura es desde hace muy pocos años, pero todo lo vivido hasta adquirir esa noción de la escritura me ha servido de mucho. Me ha dotado de paciencia y decisión a partes iguales, me ha liberado del ansia por publicar y me permite concentrarme en la ética del náufrago, en la verdad que habita cada una de mis derivas y ficciones.
No se trata del destino ―sé lo que quiero contar pero me importa más el cómo―, ni de las técnicas de navegación ―las conozco, por eso me gusta subvertirlas―, ni de los automatismos del barco ―madera muerta―, sino de la orilla que al mismo tiempo enfrenta y comunica la pulsión creativa con el conocimiento. No soy un escritor emocional. No soy un escritor racional. Soy, si acaso, un escritor que naufraga, a sabiendas, para ser otro. Decía Rimbaud que lo desconocido debiera alcanzarse por el desarreglo de todos los sentidos, y hay ―o, cuanto menos, quiere hacerse― en mi escritura una suerte de negligencia semiconsciente, una videncia que no repara demasiado en la opacidad de los moldes y las convenciones y sí en el flujo tonal que conecta discurso literario y experiencia vital. No me pidan pues la hoja de ruta o el atestado del naufragio. Que les baste con la sal en mi pellejo y la boca partida. 


Textos


 «Ajenjo» (2009) 
El chico sin brazos sueña con ser médico.
Dejó a la madre y a las siamesas en su granja de Ucrania y llegó aquí para comprender cómo juega la genética con las piezas del cuerpo: sus manos le nacen de los hombros como brotes en un tubérculo rancio.
Los otros estudiantes se mofaban de él, le empujaban para hacerle caer o le llamaban dinosaurio. Un día, el chico sin brazos embistió a uno de segundo y le arrancó la lengua de un mordisco, con una furia antediluviana.
Ahora, en su celda, cada noche atenaza el diccionario con sus manos terribles y aprende una palabra nueva.
Ya va por «ajedrez». 


«La cordura» (2007)

—Entonces, ¿estoy loco?
—Creo que usted ya ha hecho su propio diagnóstico.
—Yo no hago nada, sólo me gustaría saber si estoy loco o no, si tengo la cabeza sana o soy un chiflado.
—No está enfermo, si es lo que quiere decir.
—Ya, pero tampoco cuerdo, ¿no es eso?
—Según su definición de cordura, no, desde luego.
—O sea, que estoy chalado.
—Si lo quiere ver así. Pero en ningún momento he dicho eso.
—Bueno, ¿y qué se supone que tengo que hacer?
—¿A qué se refiere?
—Pues ya me dirá, si estoy como una regadera, no me van a dejar ir por ahí, incordiando a la gente o subiéndome a las azoteas, supongo.
—Ya le dije hace rato que clínicamente está usted en pleno uso de sus facultades.
—Pero, ¿no me acaba de decir que no estoy cuerdo?
—No, dije que usted mismo lo rechaza, según su definición de cordura.
—Sí, claro, bonita manera de escurrir el bulto.
—Disculpe, pero ese no es el tema, aquí venimos a hablar de su caso y usted insiste en que esa supuesta cordura le parece miserable, burguesa y pusilánime, según sus palabras de antes.
—Tiene gracia, se está haciendo el loco.
—Estoy recordándole su propia incongruencia y tratando de abordar el tema con sentido práctico, eso es todo.
—Pues eso es precisamente lo que quiero, ser pragmático, ir al grano y saber qué demonios tengo que hacer.
—Puede usted llevar una vida perfectamente normal.
—¿Una vida «cuerda», quiere decir?
—Si lo quiere ver así, eso es exactamente, si es que se ve capaz de ello.
—¿Insinúa que no puedo? Debo estar de remate, entonces.
—No insinúo nada, sólo señalo que, teniendo en cuenta su concepción de lo que son la cordura y la locura, haría usted bien en tratar de asumir las cosas tal y como son.
—Ahora resulta que no sé distinguir la realidad.
—Cuanto menos la rechaza.
—O sea, que además de loco, soy un inmaduro.
—Ni lo uno ni lo otro, pero se refugia en su propio mundo, sus letras y sus utopías, y por eso el mundo real, el de ahí fuera, le parece absurdo y anodino, aburrido, previsible, o demasiado cuerdo, como usted dice.
—Tendrán que hacer algo conmigo, entonces, ya sabe, a la gente rara se la encierra.
—Creo que me habla usted de otras épocas, está muy confundido. Ahora todo es diferente, más científico y humano.
—Más cuerdo, claro, por supuesto, todo políticamente correcto y muy bien planeado.
—¿Qué quiere entonces, lanzarse como el Quijote contra los molinos de viento? Así no llegará a ninguna parte y sólo se hará más daño.
—Pero me sentiré mejor en la embestida.
—¿Cómo dice?
—Que el mundo está demasiado lleno de Sanchos.
—¿Por qué no intenta ponerme un poco más fácil mi trabajo y así me permite que le ayude?
—Porque estoy zumbado, ¿sabe? Siempre quiero darle otra vuelta más a las cosas, llegar donde los demás ni asoman el hocico, entregarme apasionadamente a un ideal, abandonarlo todo, ser fiel a mis instintos.
—Pues si está tan satisfecho consigo mismo, no entiendo qué hace en esta consulta, permítame que se lo diga.
—¿Satisfecho? En absoluto, decepcionado es como estoy. Y lo único que hago aquí es tratar de saber si de veras estoy loco o es el mundo el que ha perdido la cabeza.
—El mundo es el que es, caballero, y no le niego que algunas veces parezca desquiciado, pero usted seguirá viéndolo siempre así mientras no asuma que la voluntad y el deseo tienen sus límites, que hay cosas que, sencillamente, no pueden ser. Ha de concentrarse en pequeños retos, en el día a día, ser un poco más posibilista.
—Resignarme, quiere decir.
—No necesariamente, pero sí marcarse objetivos sostenibles.
—Conformarme, vamos.
—Si quiere reducirlo a eso, sí, al menos dejará de sentirse así.
—¿Así cómo?
—Desesperado.
—Qué sabrá usted lo que es la desesperación.
—Trabajo con ella todos los días.
—Pues no lo parece, es como si un minero saliera de la carbonera con las manos impolutas. Usted sabe de esas cosas desde lejos, me parece.
—Llevo veinte años tratando a pacientes como usted.
—Pues estoy seguro de que ha sacado un buen provecho, pero, lo que es a mí, esta consulta me está resultando completamente inútil.
—Siento mucho que piense eso.
—Ya me dirá, estoy como al principio, perdido.
—Creo que, de algún modo, usted se encuentra cómodo en ese extravío. Por eso resulta más difícil tratarle.
—Tratar mi locura.
—Tratar su caso, sin más. No se adelante.
—Luego, está sopesando la posibilidad de que esté chiflado.
—Estoy estudiando su historia.
—Pues no se meta en ella de lleno no vaya a mancharse, nunca se sabe.
—¿Qué quiere decir?
—Que igual le contagio.
—Las enfermedades mentales no son contagiosas.
—¿Lo ve?
—¿El qué?
—Ya lo ha dicho, estoy como una puta regadera.
—Pero...
—Muchas gracias, doctor. Que tenga un buen día. 


«Deriva del hombre-rana» (fragmento, 2008)
[…] Los ruidos comunes de las tardes, la cháchara indescifrable de un televisor lejano, el fregar de platos en la galería, la copla fundida en alguna radio, se los había llevado el agosto a otros vecindarios, a repetir las mismas liturgias banales en cualquier hormiguero de la costa, y me habían dejado el silencio del edificio para poder escuchar el goteo recio de la lluvia sobre las uralitas del patio, su rumor más dócil sobre las aceras vacías y el rasgado ocasional de algún coche sobre los charcos del asfalto.
Aburrido, disgustado con la incómoda ociosidad del pescador amarrado en el puerto, sin poder salir a faenar, ni a cruzarme con otras miradas disidentes por el centro o a huronear en las pocas librerías abiertas del casco viejo, me quedé en casa, solo, dejando que las horas se ahogaran en una pereza insondable. El calor había remitido por la lluvia, pero no la sensación de agobio, embozada en un sudor que no llegaba a mojar pero me mantenía húmedo y pegajoso, imaginándome el tacto de un salmón acostado sobre una hoja de higuera en el mercado. Me quedé desnudo y tendido en la cama, la almohada ―ya sin lado frío de tantas veces vuelta― doblada bajo la nuca, la barbilla hincada contra el esternón y con un vaso de agua apoyado en el pecho. Observaba el leve temblor del líquido a través del vidrio barato, del mismo vidrio marrón que los platos traslúcidos del estofado de todos los miércoles, el mismo color gastado de las lentejas de cada jueves, el mismo tono de la bandeja, de un tosco y oscuro sucedáneo del ámbar, que traía la pescadilla rebozada de todos los viernes. El vaso era de la misma miel sucia y amarga del descontento. La superficie del agua tiritaba al son de mi respiración y aquél mar en miniatura seguía las lentas mareas de mi pecho, infinitos transbordos de ida y vuelta desde mi hastío. Podemos llegar a ser realmente absurdos cuando derrochamos el tiempo en ese ensimismamiento estéril del tedio. Y sin embargo, en ese momento, todo el universo cabía en un vaso rayado de vajilla proletaria, posado y en equilibrio en el suave bajío de mi pecho. Toda mi atención de bestia domada por su propia mansedumbre traspasaba esa materia y flotaba de un lado al otro como un pedazo de corcho, descifrando los paisajes de mi cuerpo como si fueran planetas imposibles, confundiendo mi sexo con una anémona engarzada sobre un erizo borroso, vislumbrando los islotes de los dedos de mis pies sobresalir al otro lado de aquel breve horizonte marino, recortados contra las vetas de la pared. Mi mente bogaba sin fijar el rumbo, arrobada en preguntas difusas y respuestas sin sentido, que iban formando algo espeso en mi cabeza, una extraña noción de ser anfibio en este mundo […]

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