lunes, 25 de enero de 2010

María Zaragoza



Mencionada por:
Fernando Clemot
Jordi Corominas i Julián
Laia López Manrique
Cristina García Morales
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Fernando Clemot
Jordi Corominas i Julián
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También me gusta leer:
Julio Cortázar, Marguerite Duras, Anaïs Nin, Gunter Grass, Roberto Bolaño, Truman Capote, Oscar Wilde, Sylvia Plath, Tennessee Williams, Arto Paasilinna, Homero, Nabokov, Harper Lee, Vassilis Vassilikos, Eurípides, Juan Rulfo, Victor Hugo, Poe, Julio Verne, Boris Vian. 

Bio-Bibliografía:
Nació en Madrid en 1982, aunque se crió en Campo de Criptana, Ciudad Real. De madre maestra, su primer juguete fue un libro de cartón. Desde entonces desarrolló su pasión por las letras, que a la edad de siete años le llevó a ganar su primer concurso de cuento a nivel escolar. Ha publicado en tres antologías: La roca de Sísifo, en la antología de Jamais (2000), Carta de amor de un hombre aburrido y Grita fuego en Capítulo tres: Lee (Cuentos del claustro alto, 2005) y El pito del sereno en la antología del museo arqueológico de córdoba (2006). Su cuento El sol del patio fue seleccionado para publicarse en la revista de los patios de Córdoba en el 2005. En el 2000 publicó su primer libro en la editorial TAU, una recopilación de relatos titulada Ensayos sobre un personaje incompleto. En el mismo año se instaló en Madrid, donde comienza psicología y filología hispánica. En el curso lectivo 2004-2005 fue becada en la tercera promoción de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores donde escribió Realidades de humo (Belacqva, La otra orilla, 2007). De nuevo con Belacqva publicaría al año siguiente su novela Tiempos gemelos. Ha adaptado a cómic su relato Cuna de cuervos (Parramón, 2009) junto al dibujante Didac Pla. En la actualidad escribe simultáneamente el guión de cómic, una novela y un libro de relatos.

Poética:
Hablar de mi poética es complicado y algo que nunca he hecho. Supongo que, como todo escritor, tengo un universo propio en el que los detalles y las búsquedas se repiten de texto a texto, dando como resultado unos nexos comunes que engloban todo lo que escribo. Supongo que sí, y lo hago porque mis lectores han sido capaces de ver lo que yo no veo. Me dicen que soy oscura, que siempre hablo de la peor parte del ser humano, y descubro que debe ser cierto porque siempre me ha interesado no lo que la gente muestra, sino aquello que pretenden ocultar a toda costa: sus miedos, sus deseos, sus inquietudes, sus miserias. Es eso lo que busco y lo que reflejo, de tal forma que mis textos suelen tomar el cariz de pequeñas pesadillas que atrapan a sus protagonistas o de sueños perfectos en los que no saben cómo desenvolverse por ser justo lo que habían deseado. Me dicen también que siempre hay en mis relatos un toque de ciencia ficción o de magia y yo debo suponer que es por el poco interés que me produce la realidad en sí misma a la hora de escribir. Ya son reales los miedos de los personajes, son reales sus deseos y sus inquietudes, ¿para qué entonces encuadrarlos en situaciones reales por completo? Incluso en los momentos en los que esbozo un contexto completamente real, finalmente dejo un espacio a la duda, a que el lector invente si lo que está leyendo es una realidad o un sueño o un juego de la mente del personaje.
Por otro lado está el especial cuidado que pongo en la construcción de los personajes, llegando incluso a renunciar a la historia que había vislumbrado sacrificándola para salvar la coherencia de sus protagonistas. De tal forma que me resulta tan complicado olvidarlos que los transporto de una historia a otra, haciendo que protagonistas de unos cuentos aparezcan como secundarios en novelas posteriores o a la inversa. La única forma de hacerlos desaparecer es la muerte, otra de mis referencias, muchas veces en forma de protagonista, desde que la descubriera por accidente cuando era pequeña. El descubrimiento de lo que era la muerte me impactó tanto entonces que a día de hoy está presente en todas y cada una de mis narraciones, en ocasiones tan viva y dialogante como cualquiera de los demás.
Finalmente es la creación de atmósferas, las casualidades, los referentes culturales, musicales, cinematográficos y de cómic, la reflexión y el deseo en su sentido más amplio, arrollador e inevitable, lo que más me interesa como escritora, llegando en ocasiones a jugar con el lector, entregarle pistas en las que podría verse reflejado, para hacerle partícipe por completo de una historia en la que sólo él debe completar los huecos. 


Texto/s:

EN MITAD DE NINGUNA PARTE

    No tengo miedo. Aún no. Espero no tenerlo. No llegar a ese momento en el que me arrepienta y sufra el peor de los tormentos. No creo que llegue nunca. Mi decisión es firme. No me tiembla el pulso.
    Deslizo un dedo por su cuerpo frío que yace a mi lado. Ese cuerpo que tantas veces amé y que ya no le sirve. Que me da un calor que ya no es humano. Un calor que viene del frío de la muerte.
    Tanto la quise que mi vida sin ella dejó de tener sentido cuando se fue. Sin una despedida. Sin nada a lo que me pudiese agarrar. Un último recuerdo. Esa mirada del adiós, que se dice. No se fue apagando poco a poco, como una mecha que flota en un charco de cera. Se murió de golpe. Cesó de respirar. No abrió más los ojos. Simplemente. Sin un suspiro más alto que otro. Discreta, como ella era. Tan dulce que hasta la muerte fue dulce con ella.
    Vivía al otro lado del mundo y mi madre solía recordarme que la distancia hace el olvido. Y yo decía que la distancia hace el recuerdo. Que se ama más la posibilidad de verla, de oír su voz, de hacerla temblar como el otoño hace temblar las hojas.
    Ella solía decir que yo era terriblemente leal y terriblemente hermoso. Y que lo que me hacía hermoso era el mismo hecho de que yo veía lo bello de la gente.
    -Tú los haces bellos a través de tu mirada. –Me decía.
    Y yo besaba su recuerdo. Los restos de su perfume en mi camisa. La imagen de cada despedida inevitable. La lenta fotografía de su sonrisa luminosa entre las lágrimas.
    A veces creo que no la amé a ella. Amé el amor que sentía por ella. El deseo de verla emocionarse. Y eso hacía nuestra unión inquebrantable, como no se puede partir algo que es como es desde que el mundo es mundo.
    Creo que renunciamos a todo porque no podía ser de otra forma. Porque el todo no era lo demás, sino nosotros. Así que, en cierta forma, no renunciamos a nada por estar juntos, en mitad de ninguna parte, dónde no conocíamos nada que nos uniera o nos pudiese dividir. Y sin embargo, era todo tan familiar en aquel lugar. Porque ella hacía los lugares acogedores con su presencia. Con sus ganas.
    Desde nuestra ventana veíamos la montaña y los árboles y la nieve cuando nevaba. Y ella encendía velas por toda la habitación y sonreía al mirarme.
    -Te quiero. –Solía decir abriendo su lado de la cama.
    Una de aquellas noches ella habó de la muerte como si ya supiera que se moría. Habló de los faraones de Egipto. Y le pareció hermoso que fuesen enterrados con sus esposas vivas. A mí me pareció terrible.
    -Amor constante más allá de la muerte. –Dijo.
    -Muerte constante más allá del amor. –Dije yo.
    -Romántico. –Contestó.
    Luego bajó la mirada y se encendió uno de esos cigarrillos americanos que ella fumaba. Dijo que si yo muriese pediría a la persona que más la quisiera después de mí, que la metiese en una caja con mi cuerpo, la clavase bien y nos enterrase juntos.
    -Tendría que ser en esas montañas. –Dijo mirando por la ventana.
    Estaba tan hermosa que no pude evitar fotografiarla.
    -Nadie que te quisiera haría eso por ti.
    -Alguien que me amase de verdad lo haría. –Dijo ella.
    -Tu novia está loca. –Dijo mi madre cuando se lo conté.
    Debí notar algo cuando rozó mi dedo por encima de la sábana.
    -Mi cuerpo desnudo contra el tuyo, por toda la eternidad. Un leve roce me bastaría para sentirme afortunada cuando se me fuese acabando el aire. Besaría tus labios y te querría para siempre. Porque el amor verdadero es eso, carecer absolutamente de miedo.
    Cuando aquella mañana no despertó, ni siquiera pude llorar. Sólo abracé su cuerpo, que seguía oliendo a ella, a su aliento, a su corazón, y me quedé así, desnudo contra ella. Apretando los ojos con fuerza, esperando que, al abrirlos, ella me esperase del otro lado con una sonrisa dibujada en su pálida cara de muñeca.
    Pero no ocurrió.
    Y en ese momento supe que ella tenía razón. Que no soy yo sin ella, como ella no hubiese sido ella sin mí. Que mi alma había muerto con su último aliento. Que mi cuerpo se movía por inercia, absolutamente vacío.
    Debía haber alguien dispuesto a hacer aquello por mí. Alguien que me amase de verdad. Casi tanto como ella me amó. Y me llevó un día entero encontrarlo.
    Y ahora estoy aquí, en una caja clavada, mi cuerpo desnudo contra el suyo por toda la eternidad. Un leve roce me basta para saberme afortunado y ya casi se me acaba el aire. Beso sus labios, consciente de que la querré siempre. Porque el amor verdadero es eso y no tengo miedo. No tengo miedo ninguno a su lado, aunque escuche ahí arriba, a lo lejos, cómo mi madre nos echa por encima los últimos puñados de tierra.    

4 comentarios:

Cristina García Morales dijo...

María Zaragoza goza (claro) de una dulce salud sádica. María me gusta por nena oscura.

Un abrazo.

Jordi dijo...

Me gusta lo que dices y me gusta que vayamos encadenados de afinidad literaria...tb me gusta paasilinna

maria dijo...

Cristinita, te debo por lo menos un achuchón, así que por lo menos cuando te pases por Madrid te lo daré, que soy un maldito desastre, disculpa (prometo no ser sádica entonces pues)

Me muero con Paasilinna, Delicioso suicidio en grupo me hizo morir de la risa y resucitar varias veces

joel_flores777@yahoo.com.mx dijo...

maría, gracias por mencionarme. no esperaba más.

besos.

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