miércoles, 27 de enero de 2010

Juan Soto Ivars




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También lee a:
Knut Hamsun, Roberto Bolaño, Lawrence Sterne, Frederich Nietzsche, Mikhail Bulgákov, William Saroyan, Atiq Rahimi, Mircea Eliade, Cormac McCarthy, Milan Kundera, Truman Capote, Coetzee, Robert Walser, Dostoievsky, Thomas Pynchon.

Bio-Bibliografía
Juan Soto Ivars (Águilas, 1985). Coordinó la antología de relatos de viaje "Sobre tierra plana" (GENS, 2007) y dirigió el premio de relato Yoknapatawpha en sus dos ediciones. Es co-director del documental para la Institución Libre de Enseñanza "El verano más largo", que trata las primeras colonias pedagógicas de verano en España. Escribe en la sección de cultura de la revista Tiempo y colabora con multitud de publicaciones online sobre literatura y crítica literaria. Sus artículos sobre Knut Hamsun han generado diversas apariciones en actos sobre el escritor noruego (como los seminarios de la Embajada Noruega en 2009 o el programa de televisión "Las noches blancas" de Fernándo Sánchez Dragó en Telemadrid). Dirigió durante dos años la revista online El Crítico, fundada por Juan Carlos Suñén. Ganador de diversos premios (Radioteatro de RNE dos años consecutivos, Premio de Relato Noble Villa de Portugalete entre otros) y finalista de otros tantos. Su actividad en la red social Facebook ha sido el motivo de dos apariciones en periódicos de tirada nacional -El País, El Mundo- como entrevistado. En abril se publicará en Ediciones B el libro "Biografía de la Gran Vía" de Ignacio Merino, en el que ha colaborado con documentación y textos. 

Poética:
Yo escribo novelas y relatos y lo cierto es que no soy capaz de diseñar una poética convincente que los englobe. Cada obra tiene un propósito y por tanto requiere un estilo y una poética particular. Mi estilo está terriblemente sujeto al estado de ánimo, de forma que intento tener siempre varios proyectos simultáneos para ir encajando cada uno en el momento adecuado y no pervertir el estilo de unos con el ánimo de otros. "Música de taxi" es mi novela inédita sobre Tánger, donde viví y descubrí cómo puede una ciudad decrépita pero llena de ruido influir de forma ambivalente en el estilo creativo. La extensión del primer manuscrito (casi mil páginas, reducidas a 350 en el cuarto manuscrito) y la profusión de personajes expuestos de forma coral y con varios narradores, fue una imitación del ambiente tangerino actual. En la segunda novela, "Siberia", que corrijo para su próxima publicación en el momento de escribir estas líneas, el tono venía impuesto por la excitación que provocan las frustraciones con el sexo y la literatura del personaje principal, sentimientos que bebían de fuentes más cercanas. No creo que haya la más mínima relación entre ambas novelas, ni con la tercera. Actualmente escribo una novela sobre "El Edificio España" de Madrid, en la que el registro es el humor absurdo y el tratamiento de los personajes mucho más sarcástico.
Dicho todo esto, mi poética podría ser la siguiente: borrar en la medida de lo posible las secuelas de la novela anterior a la hora de acercarme a un nuevo papel en blanco.
Como lector de Hamsun y Bolaño, el interés que tengo es dejar constancia en la página de las terribles consecuencias que impone el sistema nervioso sobre la conducta y los propósitos de los personajes. Todo lo demás: elementos sociales, ideas políticas, descripciones de tipos o lugares, reflexiones, punto de vista, etc... está para mí subyugado a los personajes centrales, cuyo sistema nervioso articula el mío cuando me siento a escribir. 


Textos: 

Tumbado
El espacio es abierto. Está en el campo, ha vuelto al campo, llevaba años queriendo ver el contorno de las lomas y los saltos del valle arriba y abajo, lo llaman desfiladero, lo llaman encrucijada, esta tierra es el embudo en que todo termina depositándose hacia la nada y él ha querido venir aquí. Llamémosle Marcos, nombrémosle Marcos, nadie le diga nada. Ha venido solo a los crecientes riscos y a las hondas vaguadas. Ha bañado su cuerpo en el agua dulce, ha bebido tanta que está malo, no le importa. Marcos salta y rueda, no presta atención a las pequeñas heridas, no presta atención a las minúsculas arañas o abejas que pasean sobre su cuerpo, está tumbado, está durmiendo. Marcos no sueña.
Ha vuelto al campo, el monte lo llamaba, el monte y su sombra porque el monte es sombra, el monte es la parte que no toca el sol de la ladera, animales invisibles lo observan mientras duerme y en sueño son animales y es animal. Pero no hay sueño, no hay nada. Una araña de vientre rojizo escala su brazo y vaga entre los pliegues de la camisa. Teje entre dos brotes de algodón su telaraña. El artrópodo espera a que venga una mosca y aburrido marcha a otra hierba más pequeña. Deja a Marcos durmiendo sin haber tocado su piel, sin hablar palabra. La araña deja a Marcos.
La hierba crece despacio. Las nubes, algo más rápidas, marcan su lenguaje milenario en el cielo azul. Pero el azul también habla. Es cián, es marino, es profundo. El cielo es el ancho mar que no tocan barcos ni peces. El cielo, siempre ahí, es un lienzo. Marcos sigue durmiendo.
Ha regresado al campo para dormir. Ha pensado en dormir muchos días, ha permanecido noches en vela y ha caído rendido sin soñar. Marcos dormía y andaba, Marcos comía. Incluso tocó con las manos otros cuerpos y besó otros labios. Marcos esperaba.
Ha vuelto al campo para tumbarse en el monte, al llegar no reconocía arbustos ni rocas porque el monte no tiene memoria o su cerebro vegetal es más grande que el hombre. Recorrió el cortafuegos sierra arriba, descendió entre matojos un barranco pequeño, avistó desde un cabezo la casa solariega en la que cuando era niño cazaba serpientes y mataba avispas. Recuerda que tuvo un erizo. Un erizo que lo miró en el camino y fue a casa y murió. Le dio de comer tanto como pudo cazar. Pequeños insectos y alimañas. Quizás fue su primer envenenamiento. El segundo lo aplicó a su propio estómago.
Marcos caminó hasta encontrar el desmonte apropiado, sin ramas ni sombras, plataforma, museo del sol, se tumbó sobre piedras y descansó el cuello, descansó los brazos, Marcos quería dormir sin soñar. Marcos quería estar en el campo.
Ahora lo vemos dormir. Todavía hombre entre piedras. Todavía hombre entre arbustos. Una mosca revolotea sobre su nariz y se para. Marcos no se molesta. Duerme.
Para dormir hay que cerrar los ojos y para cerrarlos es necesaria una casa. Marcos buscó su casa y encontró pasillos, buscó su cama y encontró utensilios, buscó su silla y encontró conversación. Marcos ha vuelto al campo. Duerme. Está durmiendo. No lo despiertes.

El cuarto héroe
El campeón de este año de lanzamiento de libro se llama Rudolph Joppou y es de Kupo, nuestra gloriosa ciudad algodonera. Es la cuarta de las personas que nuestra ciudad ha dado al mundo, y la primera que entra en la Historia por la puerta del deporte olímpico. Yo jugaba con él cuando éramos niños a saltar enciclopedias y a footbook, y tengo que decir que era el mejor de todos, pero aun así me sorprende que haya ganado en la Olimpiada. Quiero decir que para mí es una sorpresa, una muy agradable sorpresa y un orgullo.
Vi su lanzamiento por televisión. Se atrevió con El sonido y la furia, peso medio, tapas duras, edición de lujo. Pudiendo haber optado por Carver o Salinger, mucho más aptos para su categoría, peso ligero, se atrevió con Faulkner. En mi casa hacía calor, se había roto el aire acondicionado. Me agarré a los brazos del sillón, la cámara enfocaba su cara decidida, sus ojos de perro cazador. Sus músculos se tensaron, un cuerpo bello y atlético, tomó impulso, lanzó el libro. La cámara lo acompañó en su vuelo, vi cómo cruzaba el cielo azul durante más de treinta segundos, las gradas hervían en un clamor de hormigas, el comentarista enloqueció cuando el libro aterrizó en el suelo al otro lado del estadio. La cámara volvió a Rudolph, que saltaba y hacía cabriolas de alegría, levantaba el puño. Sabía que la medalla era suya. Había conseguido el record mundial: 323,60 metros.
Quién iba a decírselo a Faulkner, quién iba a pensar que un peso medio iba a llegar tan lejos. Rudolph lo eligió a él contra los consejos de todos. Otros atletas lanzaban a Pynchon y otros pesos pesados, tomos gruesos preparados para atravesar largas distancias, o pequeños libelos aptos para aprovechar las corrientes de aire. Pero Rudolph había elegido a Faulkner. Y su elección lo convirtió en un héroe, el cuarto de nuestra gloriosa ciudad algodonera.
Que Dios lo salve y le de por siempre salud.

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