sábado, 23 de enero de 2010

Jordi Corominas i Julián





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Bio-bibliografía:
Jordi Corominas i Julián nació en Barcelona el 28 de abril de 1979. Licenciado en Humanidades, empezó su trayectoria literaria publicando en 2005 la novela bilingüe, catalán-castellano, Una dona que sap jugar AMB els peus, a la que siguió el mismo año la biografía histórica Macrina la madre, editada en Italia por Jaca Book. Entre sus libros más recientes cabe mencionar Colors (2008, Abadía editors) y la coedición de Matar en Barcelona (2009, Alpha Decay). En 2010 publicará su poemario experimental Paseos simultáneos (Vitrubio) y probablemente el libro de relatos El mayordomo de la muerte.
Asimismo Corominas participa intensamente en varias revistas, siendo cofundador y coeditor de www.panfletocalidoscopio.com, además de ser editor adjunto de Bcn Week y colaborar con asiduidad en Revista de Letras, Literaturas.com y Culturalia. Por último, Corominas dirige el proyecto artístico Loopoesia junto a su socio Neill Higgins, ambos embarcados en una aventura músico-poética basada en la experimentación y la mezcla de varias artes sobre el escenario.

Poética
Hablar de mi poética es una especie de reto mental, porque pese a su hermanamiento creo actuar diferente en función de si escribo narrativa o poesía. Aún así supongo que hay varios puntos que obsesionan mi escritura.
1.- El espacio: Delimitarlo con precisión para lograr que pueda ser una metáfora, o casi, del Mundo, y no importa si el escenario es una ciudad, un bar o un pueblo inventado.
2.- El tiempo: Entre mis sueños está condensarlo para que se funda con el espacio. Tanto en novela como en poesía intento que sea una de las claves fundamentales de mis estructuras, sin él muchas cosas perderían sentido, aunque no darle importancia causaría el mismo efecto porque el reloj, como quien dice, siempre se impone.
3.- El detalle: No en un sentido de describirlo hasta la extenuación, pero creo firmemente en prestar atención especial a lances, efemérides o puntos que la mayoría ignora o ve borrosos, pequeñas partículas mucho más decisivas de lo que pensamos, sean a nivel humano o espacial.
4.- Pasear: Cada vez más, algo que ignoraba cuando empecé a escribir, me he dado cuenta que los tres primeros puntos de mi poética se condensan en el acto de pasear. Es algo que adoro, y mis personajes suelen sumergirse en las calles mientras transcurren sus historias. De este modo el espacio adquiere ciertos simbolismos a partir del detalle y con el ritmo narrativo o poético marco con más precisión la cuestión temporal, con la que tienen mucho que ver el día y la noche.
5.-Hiperrealismo: Desde siempre los tres elementos mencionados en primer lugar se llevan mi particular palma en la búsqueda del hiperrealismo. El paseo ejerce de complemento, y puedo afirmar que en mi modesta opinión puedo alcanzar antes mi objetivo mediante la poesía, pues la narrativa se ciñe a unas formas más limitadas, difíciles de violar.
Postdata en la muerte: En mis novelas en catalán nunca maté a una mosca, las defunciones eran metafóricas y mostraban una metamorfosis del individuo y el lugar. Salvo en casos muy contados si la muerte te adentra como tema prefiero tratarla desde un punto de vista anómalo o que se relacione con el cambio.


Texto/s

Fragmento de Caterina Jaén, perteneciente al libro de relatos El mayordomo de la muerte (Inédito)

Rita redujo la mecha y fue a la nevera para coger la botella de vino. La dejó al lado de los alimentos y el mortero. Aplastó la carne con el martillo y dibujó una nueva sonrisa, como si la frase que acababa de soltar fuera una caricia. Caterina permanecía de pie, apoyando su espalda en el mármol, las manos en los bolsillos, la mirada perdida como el Señor Rovira. Ahora vengo, iré a por el abridor. ¿Dónde tiene el botiquín? En el cajón de la mesa del comedor. No se preocupe. Vuelvo enseguida.
Rita salió. Dejó la puerta abierta de par en par y reapareció la gasolina. Se oían los gritos de los niños. Manuela quería atizar un bofetón a  Enrique y el infante de siete años aprovechaba su mayor envergadura para contener el ataque de su hermana. La niña se lamentaba. La madre intentaba calmarlos con gestos, sin gritar. De repente, el mundo se nubló para Caterina. Sudores, palpitaciones. Empalideció. Sus pupilas se dilataron sobremanera. Tembló por pánico. El blanco de la cocina empezó a transformarse en un magma borroso. Llena su tanque de adrenalina, cuando escucha reggaeton en la cocina. Los objetos perdieron su contorno y el cerebro se llenó de círculos verdes que revoloteaban libres y pesados en un fondo negro con puntitos rosa, oprimiendo el alma de la mujer, presa de un incomprensible delirio pasivo. Diademas rojas. Era incapaz de caminar. Apretó los dientes. Se mordió la lengua. Dio un taconazo al pavimento para intentar calmarse y los dolores se agudizaron. Dios, que angustia. Veía doble, triple, cuádruple. Le clavaban agujas en la testa, zarandeo ficticio de dos mil hombres en celo con ojos saltones, faunos descarriados en la noche. Me han cortocircuitado Cogió la mano de mortero para defenderse de sus tártaros. Daba golpes al éter, paraba su furia y volvía al mármol. Mil suplicios helénicos y una condena de barro. La gasolina. Quema la cabeza, queman las hierbas, al suelo por groseras. Una lama andina las comía y se regocijaba. Cuchillazos de pan en el lóbulo. Se rascó la oreja con ímpetu devastador. No sabía donde se encontraba. ¿Qué hora era? La mano de mortero tapada por el negro guante. Dardos de batucada. ¿Qué haces en esta casa? ¿Y Enrique? Malditos sean los utensilios de cocina. El ruido de la lavadora. La gasolina. Pom pom. Leves percepciones instintivas. Las agujas querían juerga y cosían el interior de la invitada, que aguantaba hasta el límite y retomaba su afán aniquilador. No se quedaría ciega. ¿La habían drogado? No se pierde ni una party de marquesina. Se acicala va para la esquina. No tomaba cocaína desde hacía un par de semanas; en la fiesta de cumpleaños de Clara se desmelenó y mezcló la nieve con vodka. Tiene una familia con hijos de la que cuidar y si usted lo martiriza con su romance no podrá concentrarse en lo que debe y no tendré más remedio que denunciar su acoso. Tiene una familia con hijos de la que cuidar y si usted lo martiriza con su romance no podrá concentrarse en lo que debe y no tendré más remedio que denunciar su acoso. Un destello en la lavadora. Centrífuga tomates del huerto de la tía María de Córdoba. Conmigo ella se pierde. No le rinde cuentas a nadie. Súbele mambo para que mi gata prenda los motores. El jardín del pueblo. Los tomates son rojos. Cogió uno y lo tiró contra la nevera. El líquido descendió por la superficie y unas gotas aterrizaron en el embaldosado. Tengo sed. Rompió con estrépito la botella de vino y bebió a lo bárbaro, manchándose parte del rostro y el abrigo. Es negro. ¿Quién se va a enterar? Como le encanta la gasolina. ¿Mamá donde está Nancy? Luces verdes y un fondo rosa. No tengo ni idea de la muñeca. Cállate, que despertarás a Ricardito. Luces rosas y fondo verde. Más vino. Ya llego señora, ya llego. Gaznates. Su último tragó tiñó de rojo la piedra. Gaznates. Enrique. Los billares. La mano de mortero. No me raptarán. Un jersey verde con renos es la normalidad.


Fragmento de El político, perteneciente al libro de relatos El mayordomo de la muerte (Inédito)

Me levanté y ejecuté mi sinfonía sonámbula por Vía dei Giubbonari hacia Campo de’Fiori y la estatua de Giordano Bruno, quemado en la pira pontificia por sus principios. Los uniformados patrullaban contándose los problemas familiares, mi mujer dice que vuelvo tarde a casa, mi padre tiene cáncer, mi hermana se casa este fin de semana, mañana es el cumpleaños de mi ahijado, no sé si pedir el traslado. ¿Y Moro? Lo vi con mis propios ojos, ese cristal sucio y su tez adquiriendo los matices de la decoloración verde, gris y helada. La manta era Burdeos, quizá para disimular el efecto de la ráfaga. Lo mataron con una metralleta porque se encasquetó la pistola. Entre las seis y las siete de la mañana en el parking de un apartamento en las afueras de la capital. Casi les sorprende una profesora de instituto. El silenciador hizo el resto. Condujeron con cautela y aparcaron sin molestias. En 2003 vi a su jefe en París. Mario Moretti. Disertaba con unos amigos en el Trocadero y le reconocí por sus bigotes. ¡Moretti! ¡Moretti! Evitó la llamada. Tenía que suicidarme. El Palazzo Farnese, la embajada francesa, la escena inicial de esa película de Pietro Germi, Un maledetto imbroglio, sí, menudo maldito embrollo en el que me metí sin ser consultado, sólo por descargar y aliviarme. ¿Aliviarme? Era un saco de nervios, el corazón latía como el interior de una bomba H, no corría por pereza, miraba de lado a lado y el cielo parecía una noria vienesa, las imágenes en espiral y mis pies anclados en su caminar. Señores agentes, vayan a Via Caetani, encontrarán el cuerpo que buscan. Sí, en ese coche rojo. ¿Cómo lo sabe? Por favor, acompáñenos a Comisaría, tenemos que efectuar unas averiguaciones sobre su procedencia y actividad. Síganos. Eran una manada dispersa, se susurraban consignas y mi paranoia generaba aspavientos internos. El puente. La Via Giulia y el puente. Atravesé el último obstáculo y helo aquí, Ponte Sisto de mis amores, dame la salvación, aporta el grano que elimine la languidez y dame muerte con un salto de campeón, concédeme coraje y precisión, quiero precipitarme desde tu balcón. Piedra gloriosa, sombría tradición. Hace poco leí que en Madrid pusieron un cristal en Las Vistillas para preservar vidas fatigadas. En Roma nunca lo harían, Unamuno decía que a los levantinos nos ahoga la estética. Opiniones de mesetario. Una y cuarto del mediodía. Aún no existía el top manta ni los zaparrastrosos pidiendo limosna en las estribaciones. Me situé en el término medio de la construcción. Si ese hombre ha muerto a balazos yo puedo ser juez de mi existencia, soy afortunado y ello es un don a considerar, tengo plena potestad para con mi ser, puede que sea un privilegiado que no calibra bien sus impulsos, al fin y al cabo mis padres los que crían malvas y ella se pudre en su bazofia de música, managers y polvos de contratos fallidos con británicos embaucadores, sex-appeal de monedero y esterlina. El Tíber se agitaba por la corriente, intensa, con matices de luna llena pese al imponente sol imperante. Un grupo escolar causó jolgorio entre la multitud por sus plurales insultos a unas monjas que departían animadamente. Dejé que pasaran y llegó una misión religiosa con sus prédicas mojigatas, todos rezando, todos obstruyendo mi adiós y Jesucristo Superstar. Se iban unos y aterrizaban otros más entregados en sus fervores. Sino eran curas eran amigas de compras, sino eran niños eran jóvenes en motocicleta. Lánzate José, cae y olvídalo.

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