jueves, 21 de enero de 2010

Gemma Pellicer




Mencionada por:
Sergio Sastre
Álex Chico
Ginés S. Cutillas 

Menciona a:
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También le gusta leer a:
Tomas Bernhard, Samuel Beckett, Harold Pinter, Bertold Brecht, Raymond Carver, John Cheever, Alice Munro, Merce Rodoreda, Quim Monzó, Wislawa Szymborska, Federico García Lorca, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Ramón del Valle Inclán, Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas Clarín, Stendhal (Henri Beyle), Anton Chéjov, Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Augusto Monterroso...

Biobibliografía:
Gemma Pellicer (Barcelona, 1972) es licenciada en Filología Hispánica y Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. En la actualidad vive entre Barcelona y Berlín. Ha cultivado la crítica literaria en el diario Avui y en las revistas Turia, Quimera y Olivar (de la Plata, Argentina). Sus microrrelatos han aparecido en las publicaciones Narrativas, Paralelo 50 y en el diario El liberal, de Santiago del Estero (Argentina), así como en las revistas electrónicas Delirio, Kafka y Letras de Chile, y en las bitácoras Ficción mínima y La nave de los locos. En la actualidad tiene en prensa una antología del cuento español actual, titulada Siglo XXI, hecha en colaboración con Fernando Valls, que publicará la editorial Menoscuarto, y otra dedicada al microrrelato español, desde sus orígenes a nuestros días, todavía en preparación. La Danza de las horas será su primer libro. Mantiene la bitácora personal Sueños en la memoria.

Poética:
El escritor novel
El afanoso escritor se afanaba por evitar las repeticiones sin lograr evitarlas. Con el paso de los años y el aumento de sus desvelos, creyó que podría mejorar su estilo si conseguía pulirlo. En adelante, escribiría con la sobriedad, sencillez y precisión de la lengua clásica, pensó, con su misma propiedad. Quería llegar a un público amplio. Años después, y viendo que los lectores seguían sin acercarse a su obra, decidió cambiar de estrategia. A lo mejor, se dijo, bastaba guiarse por la excelencia, emparentar sus escritos con el mejor estilo áureo español, con su bella y preciada retórica. Hizo dedos componiendo sonetos a la manera de Quevedo y de Góngora, aunque pronto tuvo que abandonar ese estilo alambicado, impropio de un talento mudable como el suyo.
Rondaría los cuarenta el día en que renunció al delicado arte de la poesía para dedicarse a la prosa poética. Tampoco resultó extraño que al cumplir los sesenta abandonara, por falta de fuerzas, el cultivo del teatro y del ensayo, tan estimados en otros tiempos, cuando seguía siendo un joven prometedor. A los ochenta se limitaba a esbozar algún que otro aforismo. Cinco años antes había desechado, por demasiado extensa y digresiva, la novela.
En la actualidad sólo escribe de vez en cuando breves párrafos, seducido por esa distancia media que supone garabatear unas pocas líneas. La duda y la incertidumbre rigen por entero su vida de escritor. Algunos aseguran que ha empezado a conquistar el difícil arte del microrrelato.


Texto/s:

Avaricia
avaricia.
(Del lat. avaritĭa).
1.    f. Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.
DRAE (2001)

Se miró de frente al espejo buscando encontrar lo que tanto añoraba, pero sólo halló el mismo rictus mezquino y de amargura del día anterior, de la semana pasada, de hacía tantos meses. No contenta con la respuesta que aquel espejo olvidadizo le devolvía insistente, procuró reflejarse en él de nuevo, pero volvió a atisbar en su azogue de azufre la misma ausencia redoblada. Como si esas malditas aguas escondieran, a sabiendas, la memoria de otro rostro, acaso el que alcanzara a tener en otra vida, mucho más dulce y serena. Bastaba un ligero parpadeo para que esa imagen perseguida se desvaneciera en ondas aladas. Pero ella no iba a cejar. Mañana volvería a su empeño, a buscarse con la misma insistencia. Y pasado mañana, y al otro, hasta que lograra vislumbrar, al menos, el alcance de lo perdido.


Envidia

envidia.
(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
comerse alguien de ~.
1.    loc. verb. coloq. Estar enteramente poseído de ella.
DRAE (2001)

Cansado de ver cómo languidecían ante la ventana de aquella belleza radiante, el astro rey se emboscó una tarde tras el cristal y cegó para siempre a su fiel cohorte de admiradores.


Gula

gula.
(Del lat. gula).
1. f. Exceso en la comida o bebida, y apetito desordenado de comer y beber.
2. f. ant. Faringe, esófago.
DRAE (2001)

Lleva poco más de media hora masticando y tragando, y no parece que vaya a dejar de hacerlo. En la mesa yacen esparcidos restos de comida china (fideos crujientes), japonesa (sushi del súper), e italiana (spaghetti ai funghi porcini), junto a algunas sobras de hace tres días de una paella recalentada en dos ocasiones, aunque descongelada de una sola vez, y varias bebidas de difícil combinación: cerveza, zumo de mango y un vaso de leche con Cola-Cao para cuando tenga que acostarse. Obsta decir que de un tiempo a esta parte no come con el apetito de antes, sino con desgana y hasta un poco de asco, como si la situación en sí le repeliera, causándole verdadero malestar. Ahora ha pinchado con el tenedor el corazón de una alcachofa ahogada en azafrán que navegaba a la deriva de la paella, toda ella bañada en aceite. Por extraño que parezca, enseguida se ha identificado con esa verdura fría, de hojas pochas y blancuzcas, la única prueba fehaciente de que ingería un "plato típico español, muy rico, cocinado exclusivamente con frescas hortalizas del campo". Cuando dentro de una hora su corazón sufra un pinchazo, languidecerá hasta el ahogo. Una vecina lo encontrará tumbado en el suelo, con el tenedor asesino junto a él, a escasos metros del cuerpo, en mitad de un charco de azafrán.

 

Pereza
pereza.
(Del lat. pigritĭa).
1. f. Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados.
2. f. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos.
DRAE (2001)

Le bastó levantar la vista para verlo. Inmenso, descomunal y poderoso, magnífico. Aquella era la mejor hora para contemplarlo. Apenas se acercaba el momento, todo lo demás dejaba de interesarle. No había urgencia ni prisa capaz de distraerlo. En apariencia, le gustaba perder el tiempo pero no se trataba de eso. Llegada la hora, lo dejaba todo y se iba al parque para sentarse en el mismo banco del día anterior, si se encontraba libre. Luego, sacaba del bolsillo del pantalón unos prismáticos y los enfocaba. Y se quedaba quieto, petrificado. Podía quedarse así horas enteras. Él decía que le gustaba observar con atención, como lo haría un entomólogo, el leve deslizarse de las horas, que en ocasiones le había parecido apreciar el compás sincopado de los minutos hilvanándose en nubes cambiantes, hasta deshilacharse al cabo de puro algodón; que le fascinaba ver pasar el correr perezoso del tiempo. Eso era todo.


Lujuria
lujuria.
(Del lat. luxurĭa).
1. f. Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales.
2. f. Exceso o demasía en algunas cosas.
DRAE (2001)

Y de pronto, aquel pinchazo en los pulmones, tal vez junto al corazón. Y la certeza de haberla visto asomarse apenas un segundo por encima de la barandilla, su mismo rostro ovalado, su graciosa figura, para luego verla desaparecer. Y desearla.
Saberlo y querer alcanzarla de pronto para que sepa al menos que la viste, que la reconociste entre la multitud con sólo echar un vistazo, que serías capaz de reconocerla entre mil multitudes sin vacilar. Y, enseguida, perderla.
Verla desaparecer entre la marea y el desdén de una multitud imperturbable mientras tu deseo aguarda todavía. Perderla una vez más entre la gente, mientras ese oleaje de dolor que te resistes a acatar te riega el corazón y te inunda los pulmones, dispuesto a embestirte cuantas veces haga falta, para que aprendas de una vez por todas que seguirás deseándola en su ausencia. Como el ahogado que en realidad eres.


Ira
ira. (Del lat. ira).
1. f. Pasión del alma, que causa indignación y enojo.
2. f. Apetito o deseo de venganza.
3. f. Furia o violencia de los elementos.
4. f. pl. Repetición de actos de saña, encono o venganza.
DRAE (2001)

Yo estaba asomado a la ventana cuando lo vi. Parecía un hombre de mediana edad, tal vez fuera mayor o tal vez más joven, no lo sé. Lo que sí puedo asegurarle es que se puso a recorrer la acera de un lado para otro como un león enjaulado, el rostro demudado, como si acabara de padecer una gran contrariedad. Poco antes, había estampado el móvil contra el suelo, así que pensé que quizá se tratara de una riña, tal vez con su mujer. Pero ya le digo, también podría ser que se enfadara porque tenía un mal día o, simplemente, por alguna jugarreta en el trabajo, y ese asesinato que usted anda investigando no guardase ninguna relación con lo que yo presencié. Al poco rato, sí, al cabo de un cuarto de hora más o menos, una mujer delgada de estatura media se bajó del autobús. Del 15. Lo sé porque es el que suelo tomar de camino a casa. Bueno, pues por lo visto, aquel señor tendría mucha urgencia en aclarar sus asuntos con ella, pues en cuanto la vio, enseguida la agarró por el brazo como si no fuera a soltarla fácilmente. A ninguno de los dos parecía importarles lo más mínimo montar una escena en mitad de la calle. Con muchos aspavientos, sí, tal como le digo. De hecho, desde donde yo estaba, sólo pude reconocer unos cuantos insultos y alguna frase malsonante, nada más. Luego, la mujer, que tendría más o menos su edad, todavía tuvo arrestos de propinarle una bofetada que le sirvió para librarse de él y salir huyendo. En dirección opuesta, sí. No, él no la siguió. Tal vez fueran amantes, no sé. Al fin y al cabo, todo me pareció muy normal. Algo violento, es cierto, pero muy normal. Como le digo.


Soberbia

soberbia.
(Del lat. superbĭa).
1. f. Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
2. f. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.
3. f. Especialmente hablando de los edificios, exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa.
4. f. Cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.
5. f. ant. Palabra o acción injuriosa.
DRAE (2001).

Aunque la casa le pareció bien al principio, en privado reconoció que le causaba cierta desazón tener que pernoctar en ella. De hecho, no llevaba un par de semanas invitado cuando tuvo que admitir en público, a su pesar y como hastiado, que se le hacía muy difícil soportar una noche más encerrado entre aquellas paredes. Se escudó en que no dormía bien, en que esas habitaciones de altos techos y dimensiones magníficas lo abocaban sin remedio a un vértigo de noches frías y fantasmagóricas, pobladas por seres de pesadilla. Así pues, hubo que cambiarlo de inmediato. Dos horas más tarde, cuando lo hubieron trasladado a una de las suites del Ritz, dormía feliz al fin, como un pobre bendito.


[Estos ‘pecados capitales’ aparecen recogidos en La danza de las horas, todavía inédito.]

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