martes, 19 de enero de 2010

Fernando Clemot




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Tambien le gusta leer a:
Lobo Antunes, Moravia, Tabucchi, Gide, Quevedo, Vila Matas, Camilleri, Bulgákov, Patrick O'Brien, Saramago, Duras, Camilo José Cela, Roberto Arlt, Vargas Llosa...

Bio-bliografía:
Fernando Clemot nació en Barcelona en 1970.
Su trayectoria literaria se había centrado hasta hace poco en el relato corto habiendo obtenido una veintena de premios entre los que se cuentan el Setenil al mejor libro de relatos en 2009, el Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2006, el Premio Barcarola o el Art Nalón. Algunas narraciones del autor han sido también publicadas al quedar finalistas de los premios FUNCAS (Hucha de Oro) en los años 2004 y 2005, Julio Cortázar de La Habana, el Ciudad de Cádiz o el premio de la UNED.
Ha publicado recientemente el libro de cuentos “Estancos del Chiado” (Paralelo Sur Ediciones, 2009) que obtuvo el premio Setenil  2009 y la novela “El golfo de sus poetas” (Barataria Ediciones, 2009) También ha publicado en lengua italiana, junto a Klaus Zilles, el recopilatorio “En la frontera: I migliori racconti della lettaratura chicana” ( Gran Vía Edizioni: Milano, 2008).

Poetica:
UNA  POÉTICA PERSONAL: DESENTERRAR EL TESORO
Escribir, al contrario que buena parte de los escritores, no ha sido nunca para mí un ejercicio grato, más bien he disfrutado mucho de lo que he escrito pero el acto de la escritura ha representado para mí siempre una fuente de desasosiego. Quizá, en lo bueno y en lo malo, ésta sea una peculiaridad de toda mi producción aunque me gustaría primero explicar cómo llegué a escribir,  y desarrollé este ejercicio que me resulta tan difícil de ejercitar.
Empecé a escribir por accidente y fue gracias a un concurso que organizaba mi anterior trabajo( era funcionario del Ministerio de Economía) era a mediados de los noventa y fue entonces cuando se despertó esta maldita pasión, fue así, un pequeño concurso de la Administración me llevó a ello y he de decir que esta práctica, aunque también ha habido alguna desilusión, casi siempre me ha proporcionado alegrías, pero siempre con la premisa señalada, siempre con lo que he escrito, casi nunca cuando lo escribo.
Sería necesario desvelar o reconocer por qué no disfruto escribiendo y reflexionando sobre ello he llegado a la conclusión de que al escribir desentierro, o mejor dicho, me desentierro: desentierro afectos perdidos y desentierro obsesiones, escarbo buscando mis temores y con frecuencia doy cuerpos a vidas no vividas, tal vez sólo intuidas. El resumen sería éste: escribo siempre sobre lo que conozco y lo que he sentido, sobre mis emociones, aunque alguna vez sean también prestadas. Siempre hablo de lo mío aunque la mayoría de las veces lo ponga en boca de otros.
Otra de las preguntas derivadas sería por qué se escribe si no se encuentra placer en ello. Escarbando de nuevo he llegado a la conclusión de que en la literatura (sea cuento o novela) he encontrado una forma inmejorable de ensanchar nuestras vidas, de acceder a vidas distintas a las que he vivido, vidas más ricas, llenas de encuentros y aventuras que de otra forma no llegaríamos a vivir. He aquí la clave de gozo que encuentro en la escritura, con ella consigo volcar las vidas no vividas en mí, una puerta que cuando se hable es difícil cerrar.
También me gustaría señalar que llegué a descubrir este inmenso goce que se encuentra tras un pequeño sufrimiento (en esto la literatura sería muy semejante a un parto) gracias a algunas lecturas que me estimularon y me señalaron el camino. Fueron muchos pero mencionaré sólo algunos, los que me llevaron más lejos: Moravia, Aldecoa, Tabucchi, Salinger, Bulgákov, Cela, ya de adulto, y de niño Verne, Blyton o Emilio Salgari.
Como despedida dejo algunas normas propias que siempre he cumplido a la hora de escribir un cuento: 
-Empezar a escribir siempre redactando una verdad propia o universal, una verdad que haga sentir al lector que va a leer algo cierto, o como mínimo sentido como tal.
-Tratar de hablar siempre de contextos o situaciones interiorizadas, sentidas u oídas pero siempre personales. Escribir sobre lo que no se conoce no parece la mejor opción para parecer creíble.
Pese a lo arriba señalado, y en contra de lo que pudiera parecer, deseo seguir escribiendo. Siempre ha valido la pena.


Texto/s:

UN CUARENTA Y CINCO LARGO

                    “Los muertos gobiernan a los vivos”
                           Auguste Comte, filósofo.

    El sol tunde en aquel mediodía la Meseta con su fusta de fuego.
    Nada queda al resguardo de la calima, de la sábana alazana que iguala y confunde todo, de la luz que reverbera en bancales y caminos como si se reflejara en una patena bruñida.
    Le deslumbraba ese mismo reflejo enjalbegado al novio al salir de la casa. Ciego se lleva la mano a la frente haciendo de visera y distingue al frente a su hermano Julián con la mirada clavada en la parte inferior de su traje. Tiene el rictus absolutamente desencajado.
    - ¿Cómo te has atrevido? ¡No han pasado ni dos semanas!  - le susurra entre dientes.
    El novio le hace un gesto como quitándole importancia, traga saliva, pero el otro insiste.
    - ¡Nos vas a buscar la ruina a todos!
    Más allá sus hermanas y unos pocos invitados se amontonan bajo el alero de una casa que les hace un poco de sombra; nadie parece haberse dado cuenta del reproche. Intenta afirmar el paso el novio para que no se note que le bailan los pies en los zapatos. Con uno de sus dedos gruesos de labriego se separa el cuello de un traje que le viene pequeño. Imagina que bajo la corbata y la camisa debe correr a sus anchas el sudor, detenido quizás en el pelo de su pecho, como un insecto translúcido que coronara cada hebra con una gota de rocío. Se pone la mano frente a la boca: le apesta el aliento a coñac. Lo más entero que puede coge de su brazo a su hermana Carmen y se pone a la cabeza de la comitiva.
    - ¡No pensé que fueras tan sinvergüenza! -le amartilla de nuevo Julián escupiéndole casi al oído.
    El novio no contesta. Calla y aprieta los dientes mientras observa a los que vienen por detrás. No habrá más de veinte personas; en la iglesia aparecerá el resto. Sus tías y las primas de su madre todavía conservan el luto, andan muy despacio, balanceándose como mecedoras mal ajustadas; por sus caras se diría que acuden a un funeral. Será mejor que no corramos, si no vamos a dejar a alguien atrás, le susurra su hermana.
    Avanzan por la calle Mayor. Tras los visillos se mueve alguna sombra que desaparece rápido. Ya es demasiado tarde... El repecho de la iglesia parece más empinado que nunca. Sobre el cerro tañen unas campanas que suenan a esquila, a óxido y a viejo, a carcoma en las vigas de la espadaña...Demasiado tarde, piensa el novio, y vuelve su vista hacia el punto del que lleva huyendo desde que salió de la casa. Allí, seis palmos más abajo, emergiendo relucientes como el morro de un Buick asoman del dobladillo los condenados zapatos, esos en los que le baila el pie como una mano en un almirez, ese maldito cuarenta y cinco largo que le ha de llevar al cuartelillo.

    Eran aquellos como podían haber sido otros, sólo eso, ni los más llamativos ni los más enlustrados, unos más en la larga fila de pares impecables que posaban en fila, aparcados como en un autocine de película americana. La mayoría apenas usados, le gustaba al Mayoral llevar unos distintos cada día y sólo parecía tener apartados tres pares que presumía haber comprado en Burdeos por un dineral, le recordaba decir. Oteó en el fondo de aquellas plantillas protegidas por duras lengüetas y leyó en letras doradas, Berlutti, 26 Rue de Marbeuf, Paris, y en los otros con letra solemne adivinó Alden y Allen Edmonds. Aquellos tres pares seguramente valían noventa jornales cada uno y debían calzar a reyes.
    A duras penas pudo convencer a Julián para que le ayudara.
    - Sólo esperas en la puerta, a esa hora no quedará casi nadie.
    - ¡Estás loco! Empiezas a preocuparme.
    Pero allí se quedó, atento pasillo, en la puerta del cuarto donde estaba el Mayoral de cuerpo presente. Eran las tres y no quedaba casi nadie en la sala de vela. Los familiares se habían llevado a la viuda a las habitaciones hacía un rato y solo un par de criadas iban y venían recogiendo bandejas. El viejo estaba rígido y brillante, como si le hubieran dado en la cara el mismo lustre con el que untaba sus botas.
    - ¿Has perdido la cabeza?
    - A nadie hacemos daño, Julián, debe haber más de cincuenta pares...
    Bajo la alacena estaban todos, como formados para despedir a su amo. Costaba adivinar en aquellas piezas de cuero inmóviles los mismos tacones que habían aplastado cigarrillos durante lustros en las salas del casino, las tapas que resonaban cínicas camino del lavabo, que escupían e insultaban, los empeines que avanzaban terribles hacia la puerta del prostíbulo o que evitaban los charcos en la barraca de los aparceros. Nada quedaba allí, no asustaban fuera de los pies del amo. Miró hacia el Mayoral; se diría que se le movía el pecho bajo su traje impecable.
    Trastabilló el novio y tuvo que parar en el primer escalón de la iglesia, entre dos hornacinas tres siglos vacías. Sudaba, notaba los calcetines mojados. En el interior del zapato los dedos buscaron la puntera como si se escurrieran por un tobogán. Medio pueblo en la puerta, con las gorras entre las manos, tan silenciosos como cuando cargaban la caja del Mayoral, dos semanas atrás. No hay nada más irreverente que robar a un muerto, pensó.
    No hacía tanto calor en la iglesia pero seguía sudando. Al fondo esperaba el padre Pascua con el libro extendido. Todos los bancos llenos; a la derecha la familia de la novia, empleados también de la casa. Se plantó frente al altar intentando llevar la caña del pantalón todo lo adelante que supo... Miró hacia abajo pero seguía asomando la pala del zapato. Brillaban el empeine y la lengüeta como los tapacubos de un Chevrolet. Sudaba. Miró al Padre Pascua que dibujó en su óvalo anciano un gesto extraño. ¡Sus ojos parecían ahora clavados en el suelo! ¡Bajo el dobladillo de sus pantalones!
    Sintió acudir a su rostro una ventada de fuego. Intentó calmar los nervios pero la mirada del cura seguía fija. Se habían despejado sus dudas; el adre Pascua se había dado cuenta de que llevaba los zapatos del muerto. Se mordió el labio y sus ojos se cruzaron por primera vez con los del sacerdote que le apuntaba fijo como si su mirada fuera un máuser. Aguantaron así unos instantes, hasta que tras sus gafas creyó distinguir un brillo nuevo, distinto, y en los labios del viejo padre se dibujó una marcada sonrisa. Su mentón le apuntaba algo... Fue bajando lentamente la mirada hasta encontrarse con la casulla y el alba del padre Pascua que él mismo se levantaba. Relucían unos botines de complicados copetes.
    Incrédulo todavía llevó el novio su mirada al rostro del sacerdote y encontró el mismo guiño mordaz de complicidad, con su mentón señalando ahora detrás suyo, hacia la puerta del templo.
    Giró la vista hacia el lugar indicado: la familia de su novia al completo. Rostros ajados en aquellos bancos, labrados todos por un mismo rastrillo de hambre. Bajo la vista; en la primera fila, sobresaliendo de los bombachos de faena, emergían una hilera de enormes zapatones del cuarenta y cinco. Aparcados allí habían Berluttis, Trickers y Allan Edmonds, lustrados sus lomos como el morro de un Buick, un Chevrolet o un Aston Martín.

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