viernes, 31 de diciembre de 2010

Aníbal García Arregui







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Sergio Sastre

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Sergio Sastre
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También le gusta leer:
Me han marcado: Todos los hombres del rey de Robert Penn Warren, La decisión de Sophie de William Styron, Extinción de Thomas Bernhard, Desgracia de J.M Coetzee, El proceso de Kafka, El tercer policía de Flann O’Brian, El bosque de la noche de Djuna Barnes, La pasión según G.H. de Clarice Lispector, Tristana de Benito Pérez Galdós, La fea burguesía de Miguel Espinosa, La espuma de los días de Boris Vian, La mujer justa de Sándor Márai, Papá, dame la mano que tengo miedo de Leopoldo María Panero, Tristes trópicos de Lévi-Strauss…

Bio-bibliografía
Aníbal García Arregui nace en Barcelona en 1982. Es licenciado en Psicología y Antropología y actualmente desarrolla una tesis doctoral en Antropología Amazónica y Antropología de la Tecnología.
Ha publicado diversos relatos en revistas universitarias y artículos científicos en el ámbito académico. Publicó su primera novela, Lora (Belaqva, La Otra Orilla), en 2008. Su segunda novela, Animal secreto, está aún inédita.

Poética
Trato de moverme entre el erotismo de los donuts y la prosa musical de Marcel Proust. Como nunca lo consigo, sólo puedo decir que mi poética es muy diferente a ambas cosas.


Texto


De moratones y agencias literarias: una historia casi real

Barcelona. Madrugada del 3 de enero de 2010. En el interior del metro acaba de terminar una pelea entre dos grupos de jóvenes. 
O quizá no haya terminado: ahora, otra vez, un tipo salta con el puño levantado y la furia de un lobo dibujada en el rostro. Fernando se vuelve hacia el hombre que tiene a su lado, y se compadece del golpe que éste va a recibir en una fracción de segundo. Eso te pasa por provocar cuando todo empezaba a calmarse, piensa Fernando, mientras siente una explosión opaca en las sienes y la luz del mundo que desaparece en la negrura y los gritos.
Por fin las chicas gritan por mí, se dice, antes de perder la conciencia.
Cuando abre uno de sus ojos, Fernando vuelve a escuchar gritos en el metro. Una morena de pelo rizado lo mira con cara de horror. Le limpia la sangre del rostro con un fular palestino. Primero piensa: vas a estropear tu pañuelo, nena, dame un beso y olvídate de la sangre. Pero algo le inhibe: ¿Por qué me mira con espanto? ¿Qué le pasa a mi cara? Finalmente, Fernando se da cuenta de lo sucedido: su ojo izquierdo estaba en la trayectoria del puñetazo. 
No sabe exactamente por qué estaba ahí. Fernando no es un ciudadano altruista. Fernando no es un héroe. Fernando nunca habría sido tan generoso como para interponer su ojo izquierdo entre un desconocido y el proyectil de nudillos de otro desconocido. Fernando es sólo alguien que está siempre en el lugar y el momento equivocados. Su mejor amigo dice que la mala suerte de coincidir en las coordenadas espaciotemporales de los sucesos más patéticos es, también, la causa de que Fernando sea escritor.

Una semana después, con el ojo aún morado, Fernando termina de corregir su segunda novela. No puede esperar. Quiere salir a la calle y buscar un representante. Le invade la engañosa ilusión de la obra recién terminada. Está seguro de su éxito. Le bastará imprimir dos veces su manuscrito para que dos agentes literarios se rindan a sus pies. Luego será él quien elija, piensa, mientras se calza una gorra y sale de casa. Ya en la calle se pregunta: ¿Será poco adecuado presentarme en una agencia con el ojo morado? No, la gente no le da importancia a estas cosas. Y además, el arte es el arte. 
Llama al interfono de la primera agencia. Cree que tienen una camarita. Responde una voz de mujer.
—¿Hola?
—Hola, traigo un manuscrito.
—Ah, lo siento. Es que sólo los recibimos por correo, no personalmente.
Ahora Fernando está seguro: tienen una camarita y no quieren dejarlo entrar por su ojo morado, porque les da miedo.
—Perdona, es que vengo desde los Pirineos especialmente para esto –miente, sólo ha tenido que coger el metro y caminar siete minutos.
Finalmente le abren. Arriba, en la cauta penumbra del pasillo, una chica muy agradable, pero asustada, le dice que tienen una habitación llena de manuscritos. Cuando dice que tardarán por lo menos cuatro meses en dar una respuesta y que casi siempre es negativa, le tiembla ligeramente la voz. A Fernando le tiembla ligeramente el alma, y las piernas.
—¿Merece la pena que os lo deje?
—La verdad, es un mal momento —dice la chica.

Veinte minutos más tarde y con sus dos manuscritos aún bajo el brazo, Fernando llama al interfono de la segunda agencia.
—¿Sí?
—Sí, hola, vengo desde los Pirineos a traer un manuscrito.
Fernando ha aprendido la lección anterior y prefiere mentir directamente. Aunque ahora su comentario le suena un tanto ridículo. Quizá demasiado épico. Por suerte la voz del interfono no se lo tiene en cuenta.
—Mmm, a ver, espera un momento.
Se cuelga el interfono. Fernando espera durante un minuto, quizá dos. Luego, sin  más, suena el timbre que desbloquea la puerta. Fernando entra contento, eufórico, y sube corriendo las escaleras. Cree que ya ha puesto un pie en la gloria.
La puerta de la agencia, sin embargo, está cerrada. Llama al timbre. No tenían camarita pero sí tienen mirilla. Una mirilla desde la que ver el ojo morado de un presunto escritor. Una chica bajita abre la puerta unos centímetros, sin  quitar la cadena de seguridad.
—¿Sí?
—Hola, creo que hemos hablado abajo. Soy el del manuscrito.
La chica no responde. Mira fijamente el ojo morado de Fernando. Él se quita la gorra. De pronto siente la urgencia de parecer lo más formal posible. Le gustaría llevar gafas redondas y un sombrero en la mano. Le gustaría oler a humo de pipa y perfume de caballero y dejar entrever Le monde diplomatique, en su versión francesa, doblado bajo el brazo. Debería haber pensado en disfrazarse antes de salir a buscar representante. Pero ahora ya es tarde para eso. Ahora debe enfrentarse a esa situación con su ojo morado, su gorra sucia en la mano y su aspecto indefinido, de estudiante de letras, que tanto podría ser un digno sucesor de William Faulkner como un psicópata analfabeto y acosador de agentes literarias. Debería haberlo pensado: para triunfar no se puede dejar ese margen de duda.
—Lo siento, ya no recibimos manuscritos.
La chica sigue mirándole con cierto terror en el rostro. Fernando se acerca un paso. Quiere preguntarle por qué. Pero la chica entorna aún más la puerta. Algunos sonidos de la agencia se cuelan por la finísima franja de luz que separa el mundo de los literariamente vivos del pasillo oscuro al que es relegado Fernando. El ojo de la pequeña agente, flotando en la franja de luz, sigue clavado en el ojo morado de Fernando. En un último pensamiento desesperado, Fernando se pregunta si su manuscrito cabría por el minúsculo espacio de la puerta entornada. Pero no, ni siquiera una novela corta cabría por ahí. 
Cuando sale a la calle, cae un intenso aguacero. 
Mientras regresa a casa con sus dos manuscritos bajo el brazo y empapándose de lluvia, Fernando se pregunta si el error ha sido buscar representante con el ojo aún morado. En el fondo todo depende de pequeños detalles, de salir el sábado por la noche, de estar tan cerca de un puñetazo en esa fracción de segundo. O quizá no. Tal vez el problema es del tipo básico, general: hay demasiados escritores y la equivocación es buscar el éxito en un mundo tan competitivo, superpoblado de artistas que venden barata su inteligencia. En todo caso, ¿de qué le sirve haber escrito esa novela?
Fernando se detiene. Una chica que sostiene un paraguas observa el charco que rodea la esquina. Parece atrapada. Analiza las posibilidades de sortear el charco sin mojarse las zapatillas. Tiene el mismo pelo rizado y moreno que la chica que le asistió tras el puñetazo en el metro. Fernando pasa por su lado, sin mirarla. Hunde los pies en el charco. Coloca uno de los manuscritos en el suelo. Apenas sobresalen del agua las últimas diez páginas. Un poco más allá, coloca el segundo manuscrito. También se hunde y sólo asoma la contracubierta de plástico negro y unas pocas páginas. Luego se acerca a la chica y le tiende la mano. Ella sonríe,  pisa un manuscrito y luego el otro. Pasa el charco sin mojarse. Fernando siente que ha escrito la novela más útil del mundo. Por primera vez ha sabido medir las palabras, encerrar su pensamiento en un número perfecto de páginas.
—¿Qué te ha pasado en el ojo? –pregunta la chica.
—Ah, ¿esto? No es nada. Es que dos agentes literarios se pelearon por mi última novela y traté de separarlos.
—Vaya, debes ser muy bueno.
A Fernando le tiemblan las piernas. Siente la plenitud del escritor: por primera vez toman en serio sus mentiras.



viernes, 22 de octubre de 2010

Jaume Palau Banús





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Javier Marías 
Juan Marsé 
Alvaro Mutis 
Hernán Rivera Letelier  
Mario Vargas Llosa 
Vila Matas
Gustavo Hernández Becerra 

También le gusta leer a:
Kjell Askildsen, Borges, Dinos Buzzati, Carver, Cheever, José Donoso, Lawrence Durrell, Richard Ford, Jhumpa Lahiri, Thomas Mann, Leonard Michaels, Murakami, Poe, Pascal Quignard, Horacio Quiroga, Salinger, Yourcenar.

Bio-bibliografía
Nací en Tarragona en 1958. He sido socio fundador de distintos colectivos gestados con la intención de dinamizar la vida cultural y artística de mi ciudad, entre ellos el Col·lectiu Vuitanta, L’ Escorxador – Promotora d’Activitats Lúdiques y el Grup Interferències. Master en escritura literaria y guión cinematográfico por la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. He colaborado como narrador en numerosas publicaciones culturales como Ficciones, Gàlens, D’Ard, Gradiva y Palimpsestos, entre otras. He codirigido Tau, Galería de Arte Contemporáneo. He participado en el Festival Underground Blues de Tarragona. He ganado distintos concursos literarios (Inédita 96 –Barcelona, II Certamen literario Bibilioteca Pública de Salou, Minerva –Tarragona, II Edición Premis Maig, de Vila-Real…) Escribo en catalán y castellano indistintamente. He publicado, en solitario, Historias en negro (Bartleby Editores, Madrid 2001) y El amor, ángel terrible (Silva Editorial, Tarragona 2005) y, con otros autores, los siguientes títulos: Quince Líneas, Relatos Hiperbreves (Tusquets, Barcelona 1996), La finestra (Cossetània Edicions, Valls 2002), La foscor (Silva Editorial-Grup Interferències, Tarragona 2004), Oficio de brevezas (Acumán, Toledo 2004), Cambrils, Retrat amb paraules (Ajuntament de Cambrils, Cambrils 2005), y Maig, 10 anys de contes (Perifèric Edicions, Catarroja 2007). 
Algunos de mis relatos han sido propuestos como material de lectura por bibliotecas públicas (Les Corts, Barcelona), en proyectos de innovación educativa (“La creación de lectores: un reto posible”), o en  ponencias de congresos internacionales (II Congreso Internacional de Español para fines específicos. Título de la ponencia: El humor no quita lo específico). 
En la actualidad estoy ultimando un libro de narrativa con el título provisional de “Cinco citas con Cinthya Cid”.

Poética
Yo, como Serrat, también nací en el Mediterráneo. Lo que implica el disfrutar de una especial sensibilidad hacia la luz cambiante de las estaciones, una cadencia de vida, una filosofía de la existencia que prima el ocio sobre el negocio, la plaza a la casa, los afectos sobre los efectos venales, el equilibrio interior sobre la acumulación de dinero y la proyección pública que muchos, lamentablemente, confunden con el éxito.
Me gusta leer, por supuesto. También escribir. Amo la narrativa corta pues, como dijo Gracián, lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Un buen relato tiene que conjugar la máxima información y emoción en la mínima expresión, sin desatender jamás la estética. Para mí, los mejores cuentos deben poseer la concreción, la exactitud y la belleza de una fórmula matemática pues nada en ella hay de inexacto ni de superfluo.
Deseo plasmar en mis relatos la épica cotidiana, el conflicto de intereses, los amores y los temores, los momentos de desdicha, desconcierto o plenitud de la gente normal, que vive en casas normales, integrada en familias normales, que pasa las dificultades normales para llegar a fin de mes y se angustia con la amenaza del paro o con la enfermedad de un ser querido; todo ello mezclado con la angostura de un humor levemente cínico. En este aspecto son relatos escritos a pie de obra, a nivel de calle, pues ella –la calle- es el espejo y paradigma que refleja toda la capacidad de crueldad y de sacrificio, toda la grandeza y toda la miseria, todos los anhelos y todas las frustraciones de los pueblos y su gente.
Por último, expresar un viejo sueño: el de alcanzar una obra valiosa que –según definió Patricio Pron- es toda aquella que posee verdad y sentido.



Textos

EL CORCEL

Amaba que los niños se subieran sobre mi lomo de fuego, sujetándose a mis crines volanderas o a mi cuello altivo. Confieso que aún me gusta. Entonces iniciaba un trote lento que, poco a poco, iba acelerándose hasta convertirse en un brioso galope que les contagiaba el anhelo de aventuras, el vértigo incandescente de la vida.
Ebrio de juventud e independencia, feliz, galopaba.
Mis cascos apenas herían el suelo. ¡Me sentía tan ligero que consideraba el aire mi elemento! Aturdido por mi propio vigor no me hartaba de dar vueltas. El mundo, también la vida, tenían para mí el deslumbrante y acharolado brillo de lo nuevo.
Pero ya anda mi lomo deslucido, mis ojos poseen el blanco velo de las cataratas y menguan, con las fuerzas, las ilusiones. Ya todo me es, o extraño, o indiferente. He tascado el lacerante freno de la derrota.
Al fin he conocido mi destino: no soy más que un caballo de tiovivo que gira en la órbita que impone una incomprensible, secreta y ajena maquinaria.
Como una afrenta ignomiosa sufro en mi lomo el inclemente puyazo que pregona mi condición de esclavo. No obstante alzo mi cabeza con orgullo y no asumo la derrota.
Me sé libre, pues la conformidad aún no me envilece.



ESPERANZA VIOLETA

Sentía su cuerpo tibio proporcionándole calor en la otoñal noche, ya fresca. Ofendía su olfato el olor almizclado del sudor de su compañero de cama. Le impedían dormir sus ronquidos iniciados de forma suave y que aumentaban gradualmente de intensidad, produciendo un fragor de rocas en vertiginosa caída ladera abajo.
Pulsó el interruptor de la lamparilla que descansaba sobre la mesita de noche. La pantalla proporcionó una luz tamizada e íntima, suficiente. Contempló al hombre que tenía al lado, admirando la belleza de su cuerpo formalmente perfecto, su rostro que aún conservaba la pureza de los rasgos infantiles. Con la yema de su índice efectuó el recorrido sinuoso de sus labios túmidos y lascivos.
Consultó el reloj. Era ya demasiado tarde. Los ronquidos la desvelaban. Tomó la determinación de propinarle un flojo codazo en los riñones. Mientras cambiaba de postura su compañero dijo con acritud: “¿quieres dejarme dormir, puta?”
Esperanza Violeta sonrió satisfecha: tal como le había asegurado el vendedor, aquel muñeco Made in Japan no tenía nada que envidiar a un hombre.


EL INSPECTOR DE HACIENDA

Cuando Fulgencio Váldez divisó al inspector de Hacienda en un rincón del comedor, con su terno ajado y su maleta de cartón repleta de documentos y legajos, su pelo encaneció de golpe.
Y es que, sí algo asusta a un muerto más que la aparición fantasmal de un vivo es, sin duda, que éste sea un inspector de Hacienda.



UN BUEN HIJO

Muchas noches se le aparecía su madre muerta. Se sentaba en un ángulo a los pies de la cama y se lo quedaba mirando… mirando… sin decir palabra.
Su mirada exhalaba una profunda tristeza.
Una noche le cogió de la mano y le dijo, al fin contenta: ¡Ven!
Él jamás había negado nada a su madre.


¡AL FIN LIBRE!

Tras quince largos años de encierro, el prisionero Lázaro-Wilson Quevedo, único inquilino del penal de máxima seguridad de Luzinda, y condenado a perpetuidad, logró fugarse.
-¡Al fin libre! –exclamó alborozado el también único vigilante encargado de su custodia.


EL DOBLE

¡Vivimos tan tranquilos ignorando que somos nosotros los que acudimos a la llamada de aquél que habita tras el espejo!


CASA DE CITAS


-La pasión es como una llama en nuestra vida: la ilumina al tiempo que la consume.

-El cielo es un destino incómodo para todos aquellos que padecen de vértigo.

-¿Cómo puede haber intimidad si Dios está en todas partes?

-No digáis que es leve la nostalgia: su peso me aplasta.

-¿Acaso con el segundo hombre nació el primer esclavo?

-Sin duda los papeles tienen sexo, si no no se reproducirían tanto.

-A veces el camino mas corto entre dos puntos es una espiral.

-El infortunio, a veces, es como el océano: se ve su principio, pero no se vislumbra su fin.

-En el mitificado mayo del 68 la consigna era: “seamos realistas: pidamos lo imposible”. Ahora, en estos tiempos mucho menos gloriosos y de continuas rebajas sociales que nos ha tocado vivir, el lema debería ser: “seamos utópicos: exijamos lo justo”

-La esperanza ¿es la parte noble del fracaso?

-Y dijo Dios: no es bueno que el hombre esté solo. Y creo los papeles.

-Lo positivo de la gente que habla sola es que, como mínimo, no hay que esforzarse en darle conversación.

-El amor suele ser como una tarjeta de crédito: te da algunas alegrías que acostumbras a pagar –demasiado caras- cuando ya las has olvidado.




miércoles, 16 de junio de 2010

Esteban Gutiérrez Gómez



Mencionado:
Vicente Muñoz Álvarez
Carlos Manzano
Angel Muñoz “Voltios”
Andrés Ramón Pérez Blanco "El Kebran"
Adriana Bañares Camacho

Menciona a:
Oscar Esquivias
Jon Bilbao
Carlos Salem
Alfonso Xen Rabanal
Pepe Pereza
Francisco Javier Irazoki
Miguel Ángel Zapata
José Ángel Barrueco
Víctor García Antón
Hipólito G. Navarro
Vicente Muñoz Álvarez
Marcelo Luján
Patxi Irurzun
Javier Sáez de Ibarra
Mario Crespo
Antonio Crespo Massieu
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Miguel Ángel Cáliz
Jesús Ortega
Juan Bonilla 

También le gusta leer a:
Cortázar, Ignacio Aldecoa, Quim Monzó, Faulkner, John Irving, Carver, Cheever, Hemingway, Chejov, Juan Marsé, José María Merino, Julio Llamazares, Manuel Rivas, Delibes, Rafael Chirbes, Cervantes

Bio-bibliografía 
“Nací en Madrid en 1963. Bacø, mi dúplice y alter ego, nació 17 años después a los controles de Radio Juventud de Madrid y en garitos en los que se gestaban los grupos de rock & roll. Yo siempre soñé ser una estrella del rock. Siempre andaba imaginándome bañado de luz sobre un escenario, haciendo tronar la guitarra de Angus Young. Eso es lo que yo quería ser: un bala perdida, un canto rodado, un vividor. No sé cuándo ni cómo se me quitó la idea de la cabeza, sólo sé que acabé tragado por la literatura y aparecí en éste otro mundo. Dejé atrás los años de radio y los antros aquellos que se llamaban pomposamente a sí mismos locales de ensayo, y me convertí en un onanista del libro, un bebedor solitario, un mentiroso compulsivo. Me convertí en otro creador de ficciones. Aquél mundo corpóreo no era el mío, y escogí mi propio destino. Elegí fracasar. Me declaro cuentista.” 

Esteban Gutiérrez Gómez (n. Madrid; 1963) es un escritor español. Imparte talleres de creación literaria especializados en narrativa breve (cuento, relato y microrrelato), es asesor literario de la Revista Al Otro Lado del Espejo, dedicada en exclusiva a la narrativa breve e impulsor del Manifiesto por el cuento. Su blog El laberinto de Noé está dedicado al mundo de la narración breve.
Bacovicious,  es el blog personal del autor.

Publicaciones:
El laberinto de Noé (La Tierra Hoy, 2008)
El colibrí blanco (EH. Editores, 2009).


Poética

CUENTISTAS

Los jóvenes cuentistas toman cerveza. Se sienten a gusto acariciando los asientos de terciopelo rojo del café Gijón. De vez en cuando, una explosión de carcajadas rompe el ambiente de apacible tranquilidad que reina en el lugar.
Los jóvenes cuentistas están contentos, satisfechos de cómo les van las cosas. Están allí, en el templo literario de Madrid, para celebrar que tres de ellos han sido seleccionados para el premio Setenil al mejor libro de relatos publicado este año.
Los jóvenes cuentistas no imaginaban que llegaría tan pronto esta oportunidad. Todos ellos proceden de escuelas de creación literaria. Son muchas las escuelas y talleres que ahora se dedican a desarrollar el arte de decir las cosas bien dichas. Ellos coincidieron en alguna, pero ese no es el motivo que les une: se conocieron en foros y por sus blogs de Internet y decidieron que ellos eran el futuro.
Los jóvenes cuentistas tienen algo que decir. Siguen modelos estructurados en clases que fijan el modo de crear intensidad y tensión en el relato, saben que contar un cuento es saber esconder un secreto, que el cuento sobra todo lo accesorio y que lo escrito debe dirigirse al lector sin desviarse de su objetivo de sorprenderle. A eso lo llaman minimalismo. Pero también saben que lo importante es el fondo y todo lo anterior es suprimible si la trama del relato lo precisa. A eso lo llaman efectivismo.
Los jóvenes cuentistas charlan de aquellos principios y se felicitan porque en verdad nunca supusieron que el éxito llegara tan pronto. Se les oye hablar, cuando elevan el tono de voz, para solicitar la atención de los demás sobre tal o cual autor.
Los jóvenes cuentistas discrepan sobre sus influencias, pero convergen en determinar la importancia de Carver, Cheever y el resto de representantes del realismo sucio norteamericano sobre su producción literaria. Se felicitan de haber tendido la oportunidad de leerlos y los califican, sin ningún género de duda, de modelos a  seguir.
Los jóvenes cuentistas, tras una carcajada estruendosa, manifiestan la muerte de Cortázar y sus ensoñaciones, la necesidad de acabar con toda la saga iberoamericana que hizo del relato breve un género menor. Y sólo por un hecho. Lo importante es la realidad y no hay realidad fuera de la realidad –quizás eso lo dijo Carver–.

El viejo cuentista, que ha estado escuchando involuntariamente todas estas conversaciones, levanta la mirada del libro que intentaba disfrutar, y niega con al cabeza algo que sólo él parece saber.
El viejo cuentista ya había renegado antes ante muchas de las afirmaciones que sus jóvenes colegas afirmaban sin dar un resquicio a la duda, pero lo de la muerte no, es demasiado: no ve la necesidad de repudiar a los maestros para intentar superarlos, y mucho menos matarlos.
El viejo cuentista coge la enorme cartera de cuero despellejado que tiene junto a él, mete el libro de relatos que estaba intentando leer y se levanta del asiento aterciopelado con la intención de abandonar el Café Gijón. En ese mismo momento, otra explosión de carcajadas le hace volver la mirada hacia aquel rincón. Los ve tan satisfechos, sentados tan anchos, con los brazos abarcando el respaldo de los asientos y las sonrisas tan a flor de piel; los ve tan pagados de sí mismos; los ve tan perdidos, que decide cambiar de opinión. Camina con su cartera de cuero despellejado colgando de la mano izquierda, casi a ras del suelo, a paso lento, pero seguro, recordando aquella teoría de los lectores macho y los lectores hembra, preguntándose si no habrá también escritores macho y escritores hembra (no tiene ninguna duda al respecto, pero le cuesta reconocerlo).

Los jóvenes cuentistas ven acercarse a un viejo muy alto y de aspecto cansino, barba blanca respetable y ojos calmosos de aguamarina. Dejan por un momento su distendimiento cuando éste se para frente a ellos y pregunta si se puede sentar. Los jóvenes se miran y cruzan sonrisas y, a pesar de que el rostro denota que no es bienvenido, uno de ellos ofrece con la mano, flácida y extendida, un sitio donde sentarse, en un extremo de aquel inmenso sofá corrido de terciopelo rojo.
El viejo cuentista ha apreciado la incomodidad de sus jóvenes colegas, pero está decidido a poner luz en su camino y les observa con detenimiento, negando con la cabeza el ofrecimiento forzado de un café, quedándose prendido de la tersura y el brillo de aquellas caras sin arrugas, de la fruición con la que fuman el tabaco rubio y la mucha rapidez de sus movimientos nerviosos. Tan sólo uno de ellos, una chica de pelo negro y estrechas gafas de pasta blanca, con cara pequeña y ojos vivos, parece observarle como él los observa a ellos.
Los jóvenes cuentistas no reconocen al viejo. Este no se asombra, hace años de todo aquello y, por entonces, el cuento era algo secundario, un paso previo y obligado para pasar a la novela. Por entonces, parece recordar, dedicarse a escribir sólo relatos era algo destinado al anonimato, valorable si acaso, como los cuadros de los grandes maestros impresionistas, algunas generaciones después.

El viejo cuentista se presenta y comenta que no ha podido dejar de escuchar los comentarios, que se alegra como ellos de su futuro éxito, y que él también escribe cuentos. No sólo eso, que los cuentos son su vida.
Los jóvenes cuentistas cruzan miradas y sonrisas de nuevo, alguno se atreve a repasar con mirada inquisitiva su aspecto un tanto desaliñado, incluso a forzar un gesto de hastío. Sólo ella, la morena de ojos vivos y gafas estrechas de pasta blanca, le pregunta de nuevo su nombre y, después, como si el nombre no volviese a decirle nada, le pregunta si ha llegado a publicar algún libro.
El viejo cuentista les habla entonces de aquella época en la que los cuentos se publicaban por semanas en los periódicos, y se cobraba por cuento cedido al editor, de cuando se organizaban noches de filandones en las tabernas más cutres de Madrid y las tertulias duraban varios días –los que duraba el dinero de ese cuento publicado– para desgajar un relato. Les dice que nunca perseguían el éxito, sino el disfrute de su escritura y de la lectura por los demás. Les narra alguna experiencia en juegos florales, y les habla de su amigo Aldecoa, al que ellos parecen reconocer, tan sólo de oídas, por ser marido de una escritora famosa.
El viejo cuentista sigue nombrando cuentistas y, a propósito de Aldecoa, les informa que es un referente del cuento del siglo veinte en España, por su carga social y sus descripciones cinematográficas, y que, de haber nacido en otro país y más exactamente en Norteamérica, hoy estaría considerado al mismo nivel que su admirado Carver.

Los jóvenes cuentistas no dan crédito a lo que oyen. Reniegan con la cabeza, algo cohibidos, preguntándose si merece o no la pena un debate al respecto. Uno de ellos, al parecer por su desparramamiento sobre el sofá, el más ufano, pronuncia con voz altisonante que no admite contestación, que Carver es un Dios.
El viejo cuentista, que admiraba a Carver en su época, hace decenas de años, reconoce que lo es, pero que no es el único. Y deja caer sobre el cristal esmerilado de la mesa la sospecha confirmada de que casi todos sus cuentos fueron manipulados por su editor, dotándolos de esa desazón que los caracteriza. Dice, además, que se corresponde con aquella época norteamericana en la que los perdedores se convierten en héroes tan sólo por vivir día a día, y que eran muchos los que quedaban fuera de la sociedad de consumo y, por tanto, no existían. Y recalca, el viejo cuentista, que de eso hace muchos años y, ahora, todos somos perdedores.
Los jóvenes cuentistas lanzan nombres sobre la misma mesa de cristal con afán vengativo: Cheever, Hemingway, Fante, Bukowski, Barthelme. Hablan atropellándose unos a otros de aquéllas técnicas minimalistas y de teorías como la del iceberg, y de la necesidad de importar esos patrones de escritura por los que camina ahora aquí el cuento moderno.

El viejo cuentista asiente, conforme, y busca en la cartera un pitillo de tabaco negro. Pide permiso con la mirada en el mismo momento de encenderlo, se hace un cenicero provisional con una cuartilla de papel que saca de su bolso y dice, exhalando una gran voluta de humo por la nariz, que todo eso es historia, que deja su poso pero que, centrándose en el cuento norteamericano, ahora se escribe desde el desarraigo familiar que se da en la mayoría de los hogares, desde la sensación contrapuesta de ser dueños del mundo y tener temor por el recuerdo de los  atentados del 11 de septiembre, que ahora hay mucha más libertad para criticar toda aquella deshumanización, y que aunque se escriba desde ese conglomerado de sentimientos, el cuento sigue siendo algo que intenta cambiar la mente del lector. Deja caer, con mucha más suavidad, sobre la mesa nombres clásicos como Don de Lillo y Easton Ellis, y más cercanamente jóvenes consagrados como David Foster Wallace o Dave Eggers o promesas como Brady Udall, Gish Jen, John Fulton o Jhumpa Labari. También se pregunta, para finalizar, si no tendremos nosotros a día de hoy, en España, conforme están las cosas, motivos suficientes para intentar transformar con un cuento la sociedad que nos rodea, más o menos igual que la norteamericana, sin necesidad de invocar Dioses extraños. Y la pregunta golpea el cristal esférico de la mesita, tintineando en todos los oídos.

Los jóvenes cuentistas, en una cascada atropellada, nombran a  y a  y a  y a , y por supuesto que conocen la generación del desarraigo y los posmodernos, y claro que la sociedad no es la misma de entonces y por supuesto que aquí las cosas son parecidas y sí que la crisis del petróleo y sí que se desinfla la burbuja inmobiliaria, y el amor al consumo y que no se ahorra nada y el que pueda coche nuevo y la vivienda que ninguno tenemos y el nuevo concepto de familia y todo se convierte en una tormenta de ideas de las que parecen alimentarse los ojos brillantes e inquietos de la joven mujer morena de gafas blancas que vuelve a preguntarle su nombre y no, no le suena de nada.

El viejo cuentista se levanta, coge la cartera de piel despellejada y se despide con un alzacejas a modo de saludo, sin querer saber los nombres de los allí reunidos. Sin efusiones y despacio, con paso lento pero seguro va alejándose de allí, su cartera llena libros a juzgar colgando de su mano izquierda, casi a ras del suelo, y tan sólo vuelve la cabeza para decir que nunca, nunca, vuelvan a decir que Cortázar está muerto.

(Relato perteneciente al libro inédito “La esfera”)



Textos

Aquel lapicero de Cinzano

Las noches son interminables y ya no se revuelve en la cama como antes. Está quieta, boca arriba, con los párpados apretados a la espera de que los cubra de oro la luz. No quiere dormir. Prefiere pensar, ocupar la mente con el zumbido de las moscas en la cocina, con los ladridos lejanos en el páramo, contando los descorches del yeso de la fachada que caen al suelo –frutos vencidos por la helada-, como la muda vieja de las serpientes. Pero el sueño vuelve y, otra vez, la ve correr por el sendero del río, camino de casa. Entonces, despliega las pestañas como para despertarse, pero la luz no ha llegado. No es que no quiera soñarlo, es que sabe que nunca podrá dar una explicación. Ella lo sabe. Está resignada desde hace mucho. Ella sí, pero la otra, la niña que la habita mientras duerme, no. Noche tras noche, durante más de ochenta años, demandando una respuesta. Como una mortaja, el silencio profundo en el que despunta redentor el rumor de la nevera, vacía y vieja como ella, le hace estremecerse. Son las peores horas, justo antes del amanecer. Las más solitarias y crueles del día. Cierra de nuevo los párpados con fuerza hasta que llegue la hora de poder sentir el calor sobre la piel. Y la niña vuelve con su sonrisa desdentada y su voz de terciopelo, y le guiña un ojo precioso color caramelo para que la siga. Es ella. Ella misma. Se reconoce de nuevo, hace mucho tiempo, antes de aquello. Pide explicaciones, la acusa de hurtar su felicidad. Siempre ahí dentro, siempre igual, al intentar dormir. Ella, la misma. Justo antes, justo la noche antes. ¿Por qué? ¿Qué quieres de mí? No, ya no es posible; las cosas del pasado no se pueden cambiar. Ya me gustaría a mí poder hacerlo, o poder olvidarlo. Y, mientras tanto, la orina caliente sobre sus muslos, resbalando por el plástico del cobertor. Como antes de aquello, como hace años. Nunca nadie lo supo. Entonces nunca. Se levantaba y cambiaba las sábanas, las enjuagaba en la frialdad del agua del pilón y tiraba la paja mojada en el suelo del granero; luego volvía con haces nuevos y brillantes a confeccionar el colchón. Antes de aquello, cuando la vida era diferente, cuando existían los colores. La niña le guiña un ojo y se ríe buscando la complicidad en la travesura de la orina. Al instante, como descendiendo de un vuelo, se ve en el colegio, levitando desde el techo, observando como la niña mira fijamente a Magdalena. Fue a ella a la que quitó el lapicero de colores, su tesoro, aquel regalo que alguien le hizo, la mina arco iris y el grabado de Cinzano. Fuiste tú, le dice Magdalena a la niña, tú. Y, enfurecida, araña su cara con odio una vez más, y le saca los ojos con dos pinturas de madera. Ya no se ríe, la niña de pelo azafrán que tenía vitrales de caramelo, que es ella, ya no se ríe. De repente el calor, la débil luz que reconforta, los párpados acariciados. Y ahora le da miedo no poder mirar. El trino de los pájaros y el despertar del gallo León, le confirman que todo ha pasado. Ya pronto vendrán a rescatarla del tormento. Ya oye la llave que descorre el cerrojo del portal, el cacharrear en la cocina, los pasos suaves de zapatillas venciendo el entarimado del corredor. Con los párpados cerrados, calientes, pero cerrados, escucha recriminaciones cariñosas de voces familiares. Entonces sí, entonces se despide de la niña hasta más tarde, no sabe porqué cogió el lapicero, no sabía el drama que iba a ocasionar un simple lapicero tornasolado de Cinzano, y deja que la levanten de la cama, que la laven y cambien el cobertor de plástico, y deja que curen sus heridas de la cara, sin hacer caso a las advertencias de noches futuras encadenada a una cama del sanatorio, y deja que besen las cuencas vacías de sus ojos.

jueves, 3 de junio de 2010

Pepe Pereza



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Vicente Muñoz Álvarez
Adriana Bañares
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Ana Patricia Moya
Ángel Muñoz “Voltios”
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Vicente Muñoz Álvarez
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Luis Miguel Rabanal
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Adriana Bañares
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Ana Patricia Moya
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Ángel Muñoz “Voltios”
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Javier Belinchón.

Me gusta leer a:
Rafael Azcona, Charles Bukowski, Hubert Selby Jr., Hunter S. Thompson, Edward Bunker, Chuck Palahniuk, Knut Hamsun, Mohamed Chukri, Haruki Murakami, Boris Vian, Italo Calvino, Albert Cossery…

Bio-bibliofrafía
Pepe Pereza, ex actor de cine y teatro.
Cinco libros de relatos:
-    “Putas” publicado a finales del año pasado (en formato digital) en la Revista Groenlandia.
-    “Amores Breves” una editorial lo publicará en octubre del 2012.
-    “Momentos extraños” Inédito.
-    “Los colores de la infancia” Inédito.
-    “Relatos de humo ( y hachís)” Inédito.

Publicaciones en revistas digitales literarias: Agitadoras, Groenlandia, Narrativas, Al otro lado del espejo, Cruce de caminos, La Fanzine, En Sentido Figurado y próximamente en la revista publicada en papel Vinalia Trippers…

Publicaciones en los blogs de los escritores: MJ Romero (Alfaro), David González, Vicente Muñoz Álvarez, Patxi Irurzun, Carla Badillo Coronado, Luís Miguel Rabanal, Alfonso Xen Rabanal, José Ángel Barrueco, Esteban Gutiérrez Gómez, Gsús Bonilla, Javier Das, Begoña Leonardo…

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Textos

EL RECOGEPELOTAS
Manuel García Armas se dedicaba a la política, pero su verdadera vocación era el fútbol. De no ser por una grave lesión que tuvo en la rodilla cuando era joven, se hubiera consagrado de pleno a su deporte favorito. Fue un brillante delantero que sabía regatear en el área sin perder los nervios ni el control del balón, además era rápido como un rayo y durante tres temporadas seguidas fue el pichíchi de la tercera división. Todos los entrenadores que tuvo le auguraron un futuro brillante, pero lo cierto es que la grave lesión le apartó de los terrenos de juego para siempre. Más tarde, según fueron pasando los años se metió en política, pero siempre que le era posible acudía al palco del Bernabéu para animar a su equipo. Ese día en concreto jugaba el Madrid contra el Barcelona. En ese partido se iba a decidir la liga, y todos estaban ansiosos por saber el resultado final. Por ahora ganaba el Barcelona cero tres y tan solo se llevaban jugados treinta minutos de la primera parte. Mal lo tenían los de la capital. O se espabilaban sus jugadores o aquello se iba a convertir en un desastre. Todos los aficionados que llenaban el estadio no perdían ojo de cada jugada, todos excepto Manuel García Armas. Manuel ignoraba lo que ocurría en el terreno de juego. Toda su atención estaba puesta de uno de los recogepelotas. El chaval tendría doce o trece años, era rubio y delgado, desde el palco era lo único que Manuel alcanzaba a apreciar, no distinguía ni el color de sus ojos, ni sus rasgos faciales, pero no era su físico lo que había captado su atención. Su curiosidad se debía a que había advertido una extraña cualidad en él. Parecía como sí el chaval supiese de antemano por donde iba a salir la pelota porque, cuando eso sucedía, ahí estaba justamente él esperándola para devolverla al césped. Luego en lugar de regresar a su zona y sentarse a esperar, el chaval  acudía directamente a un lugar específico del campo y allí se quedaba parado. Al poco tiempo la pelota salía de nuevo por donde él se había situado. Así una y otra vez. Aunque Manuel era un gran entusiasta de los encuentros entre su Madrid y su eterno rival el Barca, no podía quitar la vista del chaval. La cabeza de Manuel no paraba de analizar hipótesis que explicasen la habilidad premonitoria de la que aparentemente el chaval hacía gala, pero no llegó a ninguna conclusión satisfactoria. La única posibilidad era que el chaval tuviese acceso directo a un futuro inmediato. Fuese lo que fuese aquello no era normal. Entonces pasó algo especial que sólo Manuel pudo apreciar: el recogepelotas hizo un gesto contenido de celebración. Manuel no supo a qué se debía hasta que pasaron unos quince segundos y el R. Madrid metió un gol. Manuel ni siquiera lo celebró, estaba tan estupefacto que no pudo. ¿Cómo era posible anticiparse a los hechos?  Eso dentro de los límites de la ciencia no tenía ninguna lógica. Así fueron pasando los minutos hasta que el árbitro pitó el final del primer tiempo. En los descansos Manuel tenía por costumbre acercarse al bar a tomarse una copita de “Torres 5”, pero en esta ocasión prefirió quedarse donde estaba, vigilando al recogepelotas. Aprovechando que tenían el campo para ellos solos, los recogepelotas saltaron al césped y se pusieron a intercambiar unos cuantos pases con un balón. El chaval no parecía distinto a sus compañeros, sin embargo, Manuel intuía que sí lo era, que había algo en él que lo hacía especial y único, un sexto sentido que el resto de los seres humanos no tenemos. Sintió ganas de abandonar el palco y bajar al césped para hacerle infinidad de preguntas: ¿cuál era el secreto de su don, cómo lo había adquirido, le venía dado de nacimiento o, por el contrario, era algo que había potenciado una y otra vez hasta dominarlo de una forma natural?... Pero justo en ese momento, árbitros y jugadores salieron de nuevo al campo dando por inaugurado el segundo tiempo. Al igual que en el primero, el chaval seguía anticipándose a todas las salidas del balón por su zona. A aquellas alturas del partido, Manuel tenía claro que el recogepelotas adivinaba el futuro, por eso cuando le vio apretar los puños y dar un par de pequeños saltitos de satisfacción supo que enseguida llegaría el segundo gol. Y así fue, justo unos segundos después, el R. Madrid marcaba otro gol. Esta vez Manuel sí  lo celebró, aunque sin demasiado entusiasmo porque ya lo había hecho de forma contenida unos instantes antes, con el recogepelotas. Se sintió privilegiado, podía anticiparse al futuro por medio del chaval y eso le gustó. Si pudiese utilizarlo en la política estaba seguro de que su carrera despegaría de manera fulgurante. Si el chaval podía adivinar por dónde iba a salir una pelota, ¿por qué no iba a ser capaz de adivinar los resultados de una votación? Ese pensamiento le abría las puertas de sus ansiadas metas, del éxito y de lo que era más importante, del poder. Con ese chaval a su lado la presidencia del país estaba al alcance de su mano. Justo cuando le estaba dando vueltas a esta idea, sucedió algo que le puso los pelos como escarpias. El recogepelotas estaba a lo suyo y de repente se giró y miró directamente al palco donde estaba Manuel. Durante unos segundos que parecieron eternos, ambos se miraron mutuamente. Manuel estaba aterrado, no podía moverse. De haber podido, hubiera abandonado el palco de inmediato. Sintió cómo la mirada del chaval penetraba en su mente y su cuerpo cómo un escáner de rayos X, apropiándose de sus más íntimos pensamientos. Manuel se considero violado. A partir de ese momento el recogepelotas dejó de anticiparse a los hechos y se comportó como lo haría cualquier recogepelotas. Manuel salió del Bernabéu un cuarto de hora antes de que finalizase el partido. Ya no le importaba si el Madrid ganaba o no la liga, lo único que deseaba era llegar a casa, meterse en la cama, taparse la cabeza con la almohada y sacarse el miedo del cuerpo.

viernes, 28 de mayo de 2010

Ángel Muñoz “Voltios”



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José M. "Vara"
Kebrantaversos
Pepe Pereza

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Pepe Pereza
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Batania
Vicente Muñoz
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José Naveiras
Peter Jensen (Velpister) 

También le gusta leer a:

Gsus Bonilla (pa que mentir), John Fante, Kerouac, Ezra Pound, Buko, Hubert Selby Jr., Allen Gingsberg, Salem, Paasilinna y por supuesto a David Trueba (aunque sé que pueda originar controversia) 

Bio-bibliografía
Realmente poca, muy poca. Tengo publicado un poemario digital con Groenlandia "Ya no leo tebeos de Wonderwoman", y espero dos poemarios más en breve. Además tengo en mente algo con unos relatos cortos.
A fin de cuentas me gusta creer que todavía me queda mucha vida por delante para contar y experimentar. Pues de eso se trata: vida.
He publicado fotos, poemas y relatos en diversos fanzines y revistas literarias digitales y en papel: Agitadoras, Groenlandia, Deshonoris Causa, Hankover y algún otro que olvido a consecuencia del vino y la memoria.
Por cierto, a ratos, soy fotógrafo, aprendiz, pero fotógrafo. 

Poética
Para mi, escribir, es contar, sin ningún tipo de tapujos lo que veo, siento o vivo, bien sea mío o no. Trato de mostrar una realidad muy próxima a todos nosotros, que de próxima, en la mayoría de las ocasiones, la pasamos por alto, y yo no, no quiero que se ignoren esos momentos, detalles o, mejor dicho, fragmentos, que componen un todo y que tantas veces nos cuesta ver y sobre todo digerir. Lo hago en la poesía, en el relato, en la foto y en mi filosofía de vida.
No sé hacerlo de otra manera. 


Textos


llenar la nevera

Totalmente acojonado. Así se encontraba Ahmed en ese momento y durante los últimos veinte minutos.
Allanar el camino y dar con la presa adecuada no le fue fácil, pero menos aún seguirla hasta dar con el lugar y el momento exacto en el que iba a disputarse una prórroga, lo suficientemente arriesgada, como para salir ileso.

Caminaba despacio, titubeando a la hora de colocar los pies y la garrota sobre los adoquines de la acera. Ahmed no quitaba ojo al bolso negro que le colgaba del hombro a la anciana. Le zumbaban los oídos, se le nublaba la vista. Sabía reconocer, de sobra, los signos de la ansiedad. Los dedos de las manos bailaban dentro de los bolsillos de su pantalón gastado presa de los nervios.

Sonó el pitido, el del árbitro que marca el inicio de la prórroga. Aprovechó el instante, el momento en el que la mujer sacó un pañuelo de tela para sonarse los mocos.
La patata le iba a reventar, quería salir por la boca y las arcadas que pretendían apropiarse de él, le cosquilleaban en la garganta.

Calculó mal. Al notar el tirón, la anciana, con una fuerza inusual en una persona de su edad, acercó el bolso más hacia sí, apoyando la espalda contra la pared.
Le temblaban las piernas. ¿Qué coño iba a hacer ahora? Los brazos de carne gelatinosa se aferraban con fuerza al objeto del deseo. De pronto empezó a aullar, a pedir auxilio. No tuvo remedio. Cerró el puño con toda su fuerza y la golpeó violentamente en la boca. Fue un acto reflejo, más que nada para que dejase de gritar. La anciana perdió la conciencia tras recibir el trancazo. Ahmed, con la adrenalina supurando, trincó el bolso de cualquier modo y emprendió la huida, dejando atrás, de cualquiera manera, sin atención, como una marioneta a la que le han cortado los hilos de un tijeretazo, aquel cuerpo decrépito.

Trataba de recuperar fuelle, doblado sobre sí, con las manos en las rodillas, en la oscuridad del portal. Todavía notaba las palpitaciones en las sienes, con menos fuerza, pero ahí seguían.
Se sentó en el primer escalón e inició el recuento del botín: un paquete de kleenex, el estuche manoseado de unas gafas, estampitas de santos y vírgenes, un bolígrafo, una barra de labios casi consumida y un monedero con fotos de carné y doscientos treinta euros. Joder. ¡Doscientos treinta euros! Esbozó una sonrisa. ¿Dónde cojones iría la anciana con tanta pasta? Daba igual. La cuestión es que estaba en su poder.

Vivía en la última planta de un viejo bloque de cuatro alturas. Sin ascensor. Trepó, asiéndose a la barandilla hasta su casa.
Lo primero que hizo al entrar fue buscar a su hermana pequeña, con cuatro años, jugaba en el suelo de un cuarto con muñecas decapitadas y piezas de algún rompecabezas. Acarició su cabeza sin borrar la sonrisa triunfal de su rostro.
Le llamaron desde el otro extremo del pasillo. Su madre. Acudió con paso firme y decidido haciendo una entrada gloriosa con la presa bajo el brazo.

-¿De dónde vienes Ahmed?- agitada por los escalofríos, los labios amoratados y la alta fiebre.

- Un trabajo, madre- mintió.

En ese instante se percató, tarde, de que no se había deshecho del puto bolso para quedarse solo con el dinero. Demasiado tarde.

- ¿Y ese bolso?- tratando de salir bajo el peso de tres mantas para amonestar a su hijo.

- Lo encontré- volvió a mentir.

No era tonta, sabía la procedencia. Y él, Ahmed, sabía que resultaba imposible tomarla el pelo.

- Son doscientos treinta euros, madre- trató de explicar-. Dinero de sobra para comprar medicación y llenar la nevera.
En vista de que no podía incorporarse, débil como estaba, se sentó en el parcheado sofá. Los ojos se le inyectaron de furia, de mal genio.

- ¿Así os educó tu padre?- chilló-. ¿Así os he educado yo?- volvió a interrogar.

-Pero...- balbuceó Ahmed.

- Nada de peros- le cortó tajantemente-. ¡Oh, Karim, Karim, esposo mío!, ¿porqué él no ha de seguir tu ejemplo?- mirando al cielo.

Trató de esconder las manos y el bolso en la espalda. Apartarlos de la mirada de ella y así disminuir su enojo.

- Tu padre era un santo, y jamás, me oyes, jamás robó para llenarnos la nevera- hizo una pausa-, o para conseguir mi medicina, hijo mío.

- No madre, no robó. Y te llenaré la nevera, y te compraré tus pastillas cuando cumpla los dieciseis años- se paró, pensando en lo que iba a decir-. Pero nunca me pondré, en la cintura, bombas, con excusas que no entiendo, para dejar huérfanos a mis hijos.


martes, 25 de mayo de 2010

Ana Patricia Moya Rodríguez



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Andrés Ramón Pérez Blanco "El Kebran" 
Ángel Muñoz “Voltios”
Pepe Pereza 

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Agustín Fernández Mallo
Luis Amézaga
Pepe Pereza
Pablo Morales de los Ríos
Rafael Infantes
María Luisa Fernández
Patxi Irurzun
Andrés Ramón Pérez Blanco
Óscar Varona
Daniel Sergio Pulido
Jorge Carrión
Cristina Peri Rossi
Ana Pérez Cañamares
Carlos Salem
José Ángel Barrueco
Carlos Ardohain
Vicente Muñoz Álvarez
Esteban Gutiérrez 

También le gusta leer a:
Leo todo lo que cae en mis manos, sean libros de autores clásicos, actuales, o cómic. Me han marcado los consagrados, como Lolita (Vladimir Nabokov), Los Infortunios de la Virtud (El Marqués de Sade), La Peste (Albert Camus), El Libro del Buen Amor (Arcipreste de Hita), La Celestina (Fernando de Rojas), La Casa de Bernarda Alba (Federico García Lorca), El Principito (Antonie de Saint-Exupery), Poemas en prosa \ El Spleen de Paris (Charles Baudelaire), los relatos de Franz Kafka y Virginia Woolf, los poemas de Emily Dickinson, Alejandra Pizarnik y Anne Sexton; las obras contemporáneas, como Los Pilares de  la Tierra (Ken Follet), Libros de Sangre (Clive Barker), La Casa de los Espíritus (Isabel Allende), Las Cenizas de Ángela (Frank McCourt), El Cartero (Charles Bukowski), la poesía de Jorge Riechmann, Antonio Orihuela, Luis Alberto de Cuenca, Miriam Reyes, Isla Correyero, Luis Melgarejo, etc; y la novela gráfica, como Box Office Poisson, de Alex Robinson, Como un Guante de Seda Forjado en Hierro, Ghost World y las historietas cortas de Daniel Clowes, Romances de Andar por Casa, de Carlos Giménez, Contrato con Dios, de Will Eisner, los relatos de Osamu Tezuka y Yoshihiro Tatsumi, etc.

Bio-bibliografía
Ana Patricia Moya Rodríguez (Córdoba, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada en Humanidades por la Universidad de Córdoba. Ha trabajado como arqueóloga, profesora de clases particulares, joyera, informática, investigadora de libros antiguos, etc. Actualmente, estudia Master en Textos, Documentación e Intervención Cultural, es pluriempleada y directora \ editora \ coordinadora de Groenlandia, Revista de Literatura, Opinión y Arte en general. Ha publicado un poemario, titulado “Bocaditos de Realidad” (Groenlandia, primera edición del 2008; próximamente, la segunda para el 2010), y en breve, publicará un libro de relatos, “Cuentos de la Carne”. Sus poemas y relatos han aparecido en diversos fanzines y revistas, impresas y digitales, de España e Hispanoamérica, así como en diversos blogs. Participa en la Revista de Literatura Internacional La Más Medula y ocasionalmente en la página Web de la revista Andalocio. Obtuvo un accésit en un Concurso de Relatos Internacional. Ha participado en los Talleres Literarios de Creación Eutopia 2007, Festival de la Creación Joven de Córdoba, impartidos por Espido Freide, Juan José Millas, Andrés Neuman, entre otros escritores. Algunos de sus poemas han sido publicados por el Centro de Estudios Poéticos de Madrid en sus diversas antologías. Sus poemas han sido traducidos al inglés, al catalán y al italiano. Tiene su espacio en Las Afinidades Electivas. Posee libros de poesía y relatos inéditos. Ha aparecido en tres antologías digitales: “Esnifando Letras” (poesía y narrativa), “Póker de Reinas” (poesía) y “Anuncios (Des)clasificados II” (narrativa). En breve, aparecerá en tres antologías literarias impresas, dos de poesía, y otra de narrativa, y algunos de sus textos, aparecerán en plaquettes. Actualmente, participa en dos proyectos de antologías poéticas mexicanas, españolas y chilenas.

Poética
Escribo poesía porque soy pobre (mis sueldos no dan para pastillitas de la depresión). Escribo relatos porque me encanta.


Relatos 

Bragas 
Abro los ojos, perezosa. Me encuentro nuestras bragas encima de la mesita de noche, los sujetadores y el resto de la ropa tirada por el suelo de mi cuarto. A mi lado, está ella, durmiendo, respirando rítmicamente; me gusta mirarle cuando duerme, pero jamás lo confesaré. Me levanto, me pongo una bata y me voy a la cocina. A mi regreso a la habitación, con una taza en la mano, me la encuentro de píe, frotándose los ojos y estirándose. Yo me apoyo en la pared, la observo, en silencio, con curiosidad lujuriosa: es cierto que no tiene un cuerpo espectacular, pero para mis ojos es una mujer bellísima a pesar de su estatura, su barriguita y sus marcadas estrías. Sus imperfecciones me resultan de lo más erótico. Ella me gusta, y lo sabe; me sonríe y comienza, muy coqueta, a vestirse. Le ofrezco quedarse en la cama todo el día si quiere… ella dice no. Le invito a almorzar fuera con unos amigos… y rechaza la oferta… no sé por que me molesto en insistir con insinuaciones porque siempre obtengo un no por respuesta… pero bueno… la fuerza de la costumbre, quizás. Termina de arreglarse, le da un sorbito a mi café, me besa y prometemos vernos la noche del próximo sábado. Con el portazo de despedida, me siento en la cama. Aspiro fuerte por la nariz: su aroma se mezcla con el de la taza. Sí: es una egoísta. Va a lo que va. Sexo… todo es sexo. Estuvo claro desde el principio. A pesar de que llevamos acostándonos meses, somos desconocidas. El roce no hace el cariño, sino el placer. Ella se limita a abrirse de piernas y evitar abrir su corazón. Sí… es egoísta… muy egoísta… pero, pienso, que yo también soy egoísta por pretender quererla.

(Relato de “Nosotras”, inédito) 


Estigmas 
Acudo todos los domingos a la Iglesia, pero yo odio las iglesias: si asisto es para acompañar a mi anciana madre, devota creyente cristiana hasta la médula. Nos sentamos en primera fila para rezar. Mamá repite las palabras del párroco del barrio, recita de memoria las oraciones; yo agacho la cabeza, mantengo la boca cerrada y no me muevo de mi sitio. Me cansa la reiteración de la bondad de Dios, de Jesucristo y de todos los santos. Me cansa tanta hipocresía. Cuando la misa termina, observo con recelo el sangriento crucificado de la pared y al cura, que me sonríe y clava sus grandes y arrugados ojos grises en los míos. La calumnia más triste del mundo estaba allí, junto al hombre del alzacuello: ése era Cristo, ese supuesto ser que ayuda a los inocentes pero que no me ayudó a mí cuando el puto cura me acariciaba la entrepierna antes de comenzar las clases de catequesis. Y mamá, cuando nos vamos de aquel maldito edificio, no se percata de cómo me despido del testigo impasible de mis estigmas, balbuceando en voz muy baja palabras blasfemas mientras aprieto mis puños de pura rabia.  

(Relato de “Fábulas Urbanas”, inédito) 


María y Antonio 
María recibía todos los días un ramo de rosas rojas y blancas en su habitación. Cuando llegaba Antonio, la chica se lo comía a besos. Pero las flores no las mandaba él: se las enviaba su mejor amiga, la mujer con la que se acostaba su novio desde que María ingresó en el Hospital. La amante se sentía culpable por traicionar su confianza, por ser la sustituta de un niñato caprichoso. Y Antonio lo sabía todo, pero prefería callar y abrazar a María en la planta de oncología.

(Relato de “Sobre el Amor y sus Miserias”, inédito) 


Un trato 
Fran y Ana hicieron un trato: si él quería practicar sexo anal, tendría que dejar que ella también le diera por detrás. Y así hicieron: primero fue él, y luego, Ana, armada con veinte centímetros de polla artificial. Al llegar la mañana, ella ya se había marchado, pero se dejó olvidado el arnés y el miembro de látex. Fran se apresuró a tirarlo todo. Le invadió la vergüenza: sintió placer. Pero él no era ningún mariquita. Respiró más tranquilo cuando vislumbró por su calle el camión de la basura que, en cuestión de minutos, se llevaría el secreto de su hombría violada.


La poetisa 
- Toma – la chica se acerca al muchacho y le ofrece un trozo de papel.
- Oh, vaya… - es un poema, escrito a mano - ¿Para ligar escribes poemas, nena?
- Sí… - responde la poetisa, satisfecha y orgullosa.
- Cariño, me da asco la poesía – el chaval convierte el detalle en una bola de papel arrugada y la tira al suelo – Ábrete de piernas mejor: tu coño es el mejor poema que me puedes ofrecer.

(Relatos de “Cuentos de la Carne”, publicación en breve)

©ANA PATRICIA MOYA RODRÍGUEZ